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ANTECEDENTES 1. Pidieron los libelistas que se declare que su contraparte es �civil y contractualmente responsable de los perjuicios materiales y morales causados por la inadecuada atenci�n m�dica y diagn�stico err�neo que le dieron a la se�ora Mariela Barahona de Pati�o durante los d�as 1, 4, 6 y 7 de mayo de 1999, haciendo con ello posible su deceso en forma prematura e injustificada�.
Relataron que �desde el 1� de mayo de 1999 la se�ora Barahona de Pati�o solicit� los servicios m�dicos de compensar a trav�s de la Cl�nica San Rafael para que se le tratara un fuerte dolor de cabeza�; que �el diagn�stico m�dico despu�s de varios d�as de observaci�n fue de una cefalea migra�osa, y como tal fue tratada�; que �al s�ptimo d�a de tratamiento el m�dico opt� por ordenarle un T.A.C., pero ya era tarde y la paciente falleci�; que �si el T.A.C., de poco valor econ�mico, se hubiese ordenado desde la primera consulta, se habr�a descubierto a tiempo la causa del dolor de cabeza, y por lo tanto, el tratamiento habr�a sido oportuno y eficaz�; que �tales hechos demuestran claramente actos m�dicos negligentes e imprudentes que ponen de manifiesto el incumplimiento contractual de parte de la EPS y del Hospital San Rafael, pues, pese a que tuvieron tiempo suficiente para practicar los ex�menes que la urgencia demandaba, por no gastar el valor del T.A.C., se omiti� ordenar dicho examen� y que �la se�ora Barahona de Pati�o, adem�s de ama de casa, era modista de profesi�n y para la fecha de su deceso contaba con 48 a�os, 1 mes y 22 d�as de edad, rest�ndole una esperanza de vida de 30.99 a�os de vida�. 2.
LA CONTESTACI�N. El Hospital Universitario Cl�nica San Rafael excepcion� �falta de legitimaci�n en la causa por pasiva�. Asever� que �los perjuicios pretendidos no son imputables a conducta culposa o dolosa del hospital, pues la conducta de este durante la atenci�n brindada a la paciente fue adecuada tanto en el tiempo, como en la clase, porque el diagn�stico se efectu� mediante cuidadoso estudio neurol�gico, teniendo en cuenta la sintomatolog�a que present�.
Compensar EPS excepcion� �inexistencia de relaci�n causa efecto entre los servicios m�dicos prestados y el accidente cerebro vascular que le produjo la muerte a la paciente� y �ausencia de responsabilidad derivada de pacto contractual�. Aleg� que �con los elementos de juicio para el diagn�stico de que dispon�an los m�dicos tratantes de la paciente, resultaba muy dif�cil advertir que un cuadro migra�oso con antecedentes hist�ricos de varios a�os a repetici�n con v�mito y visi�n borrosa evolucionara necesariamente a un accidente cerebro vascular, no obstante lo cual se estim� conveniente el apoyo de la valoraci�n por neurolog�a�; que �no fue por razones de car�cter econ�mico que se hubiera omitido ordenar un TAC desde el comienzo mismo, de la evoluci�n del cuadro cl�nico que presentaba.
Si ello no ocurri�, fue porque el historial cl�nico de la paciente sobre este tipo de episodios a repetici�n no alertaba sobre la necesidad de utilizar este recurso diagn�stico�; que �el caso ameritaba un seguimiento y una valoraci�n de car�cter neurol�gico, la cual le fue ordenada a la se�ora Barahona de Pati�o desde la consulta del 1� de mayo de 1999 en el Hospital San Rafael, pero la paciente, por razones que se desconocen, no tramit� la solicitud de consulta para la pr�ctica de tan importante valoraci�n�.
3. EL LLAMAMIENTO EN GARANT�A. Compensar EPS llam� en garant�a a Health And Care Ltda., quien (representada por curador ad litem) excepcion� �inexistencia de relaci�n sustancial fundamento del llamamiento en garant�a� y manifest� que �se adhiere a las excepciones presentadas por Compensar y el Hospital Cl�nica San Rafael�.
4. EL FALLO RECURRIDO. El juez a quo deneg� todas las pretensiones. Sostuvo que �el tratamiento dado a la fenecida se�ora Barahona de Pati�o fue el que la metodolog�a m�dica �seg�n lo expuesto por el perito y no controvertido por la parte demandante- ha establecido para casos similares, debi�ndose relievar que, en todo caso, s� se realiz� la tomograf�a axial computarizada (TAC), pues fue gracias a ella que se pudo advertir la condici�n de la paciente� y que �el extremo actor obvi� su deber de demostrar que el TAC se deb�a realizar desde la primera consulta y tampoco demostr� que de haberse realizado con anterioridad dicho procedimiento, otras hubieran sido las consecuencias del tratamiento�. 5.
LA APELACI�N. La parte actora aleg� que �no se puede afirmar que no se prob� la culpa m�dica, cuando la demandada no aport� la prueba documental que se halla en su poder y que era su deber legal aportar�; que �no se puede poner en boca del perito, por simple respeto, afirmaciones que �l no hizo en su experticio (�), lo que �l conceptu� fue que en casos tan complejos como este, se requer�a de sustento, esto es, ex�menes que confirmaran o infirmaran el diagn�stico provisional�; que �he procurado en forma humilde ilustrar al juzgador sobre el n�cleo del problema jur�dico con las ense�anzas que el Dr. Marcelo J. L�pez Mesa nos da en su obra Tratado de Responsabilidad M�dica, que no fue tenida en cuenta por el juzgador de primera instancia, las cuales resultan coherentes con la jurisprudencia nacional si se toma en forma �ntegra y no sesgada, como se hizo en la sentencia recurrida� y que �no se valoraron los testimonios de Paulo Cesar, William Alexander y Jenny Mariela Pati�o Barahona�.
CONSIDERACIONES 1. Verificada la ausencia de irregularidades que comprometan la validez de la actuaci�n, anuncia la Sala que se confirmar� el fallo apelado, por encontrar de recibo sus principales argumentaciones f�cticas y jur�dicas, especialmente, en lo que ata�e a la falta de prueba de la negligencia que los demandantes le atribuyeron a su contraparte, por la labor de diagn�stico que ellas efectuaron a la se�ora Barahona de Pati�o en los primeros d�as del mes de mayo de 1999. 2.
A voces de la jurisprudencia, por regla general a la que no escapa el litigio sub lite, �la responsabilidad por el acto m�dico propiamente dicho, envuelve un reproche culpabil�stico respecto de la diligencia, pericia y cuidados exigibles al facultativo. El nivel de esa exigencia se configura, principalmente, a partir de lo que establecen las reglas de la Iex artis ad hoc, que constituye, en ese orden de ideas, el primordial criterio de valoraci�n de la conducta m�dica, junto con un patr�n de comparaci�n que no es otro que el obrar de un buen profesional.
As� las cosas, no puede exigirse del m�dico algo m�s, como una diligentia diligentissimi propia de la culpa lev�sima, sino la correcci�n que se espera de un buen profesional de su especialidad, es decir de quien acata debidamente los preceptos que gobiernan su ciencia, pero tampoco menos�. Tambi�n se ha dicho que para �el surgimiento de la responsabilidad civil es menester la concurrencia �ntegra de sus elementos estructurales conforme a su clase o especie, cuya demostraci�n, salvo norma expresa contraria, corresponde al demandante� y, en igual sentido, que �trat�ndose de la responsabilidad civil extracontractual m�dica, indispensable es demostrar sus elementos, en particular el acto o hecho da�oso, imputable a t�tulo de dolo o culpa, el da�o y la relaci�n de causalidad, cuya carga probatoria corresponde al demandante, sin admitirse �un principio general encaminado a establecer de manera absoluta una presunci�n de culpa de los facultativos�. 3.
En los precisos t�rminos en que fue propuesta la demanda, el �xito de la acci�n indemnizatoria en estudio estaba supeditado a que la parte actora hubiera demostrado a cabalidad, que, de conformidad con la lex artis, la particular sintomatolog�a que presentaba la se�ora Barahona de Pati�o el 1� de mayo de 1999, ameritaba una labor de diagn�stico m�s exhaustiva de la que efectivamente acometieron los m�dicos del centro de urgencias de la Cl�nica San Rafael que la atendieron ese d�a (que incluyera la pr�ctica de la Tomograf�a Axial Computarizada que echaron de menos los demandantes) y, adem�s, que de haberse atendido a la paciente en esa forma, se hubieran podido evitar (o hacer menos probables) las complicaciones que ocasionaron el fallecimiento de la paciente el 7 de mayo del mismo a�o. 3.1 A espacio se ver� en seguida que las probanzas que obran a folios, en vez de refrendar el sustrato f�ctico de la demanda, muestran que las labores de diagn�stico y tratamiento que acometieron los m�dicos tratantes el 1� de mayo de 1999, se ajustaron a lo que la ciencia m�dica exig�a para esos casos.
A esta altura del discurso, conviene destacar que �el diagn�stico, es una tarea compleja, en la que el m�dico debe afrontar distintas dificultades, como las derivadas de la diversidad o similitud de s�ntomas y patolog�as, la atipicidad e inespecificidad de las manifestaciones o sintom�ticas, la prohibici�n de someter al paciente a riesgos innecesarios, sin olvidar las pol�ticas de gasto adoptadas por los �rganos administradores del servicio.
As� por ejemplo, la variedad de procesos patol�gicos y de s�ntomas (an�logos, comunes o ins�litos), dif�ciles de interpretar, pueden comportar varias impresiones diagnosticas que se presentan como posibles (�) y, en tal medida, como la ciencia m�dica ni quienes la ejercen son infalibles, ni cosa tal puede exig�rseles, s�lo los yerros derivados de la imprudencia, impericia, ligereza o del descuido de los galenos dar�n lugar a imponerles la obligaci�n de reparar los da�os que con un equivocada diagnosis ocasionen (�).
En todo caso, y esto hay que subrayarlo, ese error debe juzgarse ex ante, es decir, atendiendo las circunstancias que en su momento afront� el m�dico, pues es l�gico que superadas las dificultades y miradas las cosas retrospectivamente en funci�n de un resultado ya conocido, parezca f�cil haber emitido un diagn�stico acertado�. Ahora, por ser ostensible la especial dificultad que encarna la adecuada valoraci�n de discusiones como la que hoy se decide, no debe perderse de vista que �cuando de asuntos t�cnicos se trata, no es el sentido com�n o las reglas de la vida los criterios que exclusivamente deben orientar la labor de b�squeda de la causa jur�dica adecuada, dado que no proporcionan elementos de juicio en vista del conocimiento especial que se necesita, por lo que a no dudarlo cobra especial importancia la dilucidaci�n t�cnica que brinden al proceso esos elementos propios de la ciencia ( ).
En otras palabras, un dictamen pericial, un documento t�cnico cient�fico o un testimonio de la misma �ndole, entre otras pruebas, podr�n ilustrar al juez sobre las reglas t�cnicas que la ciencia de que se trate tenga decantadas en relaci�n con la causa probable o cierta de la producci�n del da�o que se investiga ( ) quedar� al abrigo de la decisi�n judicial, pero tomada con el suficiente conocimiento aportado por esas pruebas t�cnicas a que se ha hecho alusi�n, la calificaci�n que de culposa o no se d� a la actividad o inactividad del profesional, en tanto el grado de diligencia que le es exigible se sopesa y determina, de un lado, con la probabilidad de que el riesgo previsto se presente o no y con la gravedad que implique su materializaci�n, y de otro, con la dificultad o facilidad que tuvo el profesional en evitarlo o disminuirlo, asuntos todos que, en punto de la ciencia m�dica, deben ser proporcionados al juez a efectos de ilustrarlo en tan especiales materias�.
En esta tramitaci�n, se recaud� un dictamen pericial (que no fue objetado por ninguna de las partes, fl. 408) que elabor� Gabriel Alfonso Centanaro Meza (neur�logo y miembro de la Federaci�n M�dica Colombiana, fl. 35), quien, auscultado espec�ficamente sobre la atenci�n m�dica brindada a la se�ora Barahona de Pati�o en el periodo comprendido entre el 1� y el 7 de mayo de 1999, destac� que �ante un paciente que se presente con signos y s�ntomas como cefalea, visi�n borrosa y v�mito con antecedentes cl�nicos de este tipo, que se han presentado con repetici�n durante varios a�os, es pertinente el diagn�stico de una cefalea de tipo migra�a y el tratamiento adoptado fue el adecuado� y que �teniendo en cuenta el cuadro cl�nico presentado de cefalea, n�useas y v�mito sin hallazgos de s�ntomas o signos neurol�gicos, el cual se ha presentado de la misma forma en episodios recurrentes durante varios a�os, no es mandatorio realizar una tomograf�a axial computarizada de cr�neo en la primera consulta.
Sin embargo, teniendo en cuenta la presentaci�n de un paciente mayor de 40 a�os, es prudente solicitar una valoraci�n especializada por Neurolog�a, la cual efectivamente se solicit� en este caso. Si el cuadro cl�nico persiste sin cambios y no ha sido posible la valoraci�n especializada, es prudente, aunque no mandatorio, solicitar una tomograf�a (�).
En este caso se solicit� esta valoraci�n� (fls. 401 y 402). Tambi�n puntualiz� el perito m�dico que �en una cefalea migra�osa cr�nica (como la que presentaba la paciente), el TAC s�lo se realiza, de acuerdo a consensos internacionales (Gu�as Basadas en la Evidencia Cient�fica de la Academia Americana de Neurolog�a), si hay hallazgos de signos neurol�gicos anormales, cambio en el patr�n de los ataques, cl�nica no compatible con migra�a o cefalea tensional y signos de hipertensi�n endocraneana�; que �con base en los signos y s�ntomas cl�nicos presentados por la paciente el d�a 1� de mayo de 1999, no estaba indicada la realizaci�n de un TAC en ese momento, ya que el examen f�sico y neurol�gico de la paciente era normal y se trataba de una cefalea cr�nica� y que �atendiendo los antecedentes cl�nicos de la paciente y la evoluci�n presentada (tampoco) se considera imperativo la toma de un TAC para el d�a 4 de mayo de 1999, pues la consideraci�n respecto a la realizaci�n de este examen depende de la aparici�n de signos o s�ntomas neurol�gicos, signos de hipertensi�n endocraneana o el cambio del patr�n de la cefalea presentada y no depende de la persistencia del dolor�.
Finalmente, asever� el neur�logo Centanaro Meza que �el 7 de mayo de 1999, la paciente acude a urgencias con signos y s�ntomas neurol�gicos nuevos, por lo que era necesaria la consideraci�n de un diagn�stico distinto al de la migra�a y la realizaci�n de un Tac era pertinente y urgente. Es de anotar que de acuerdo a la evoluci�n previa hasta entonces, no era posible predecir la aparici�n de un accidente cerebrovascular hemorr�gico en esta paciente y es muy poco probable que este hubiese aparecido antes del 7 de mayo, puesto que en su presentaci�n inicial, el accidente cerebrovascular hemorr�gico siempre se acompa�a de signos y/o s�ntomas neurol�gicos y/o signos de presi�n endocraneana, los cuales no hab�an sido vistos en la paciente hasta entonces.
Adem�s, la probabilidad de que un accidente cerebrovascular hemorr�gico sea precedido por cefalea continua de varios d�as de evoluci�n, es muy baja� (fls. 403 y 404). Como se ve, el juez a quo no incurri� en los errores de valoraci�n que, respecto a la prueba t�cnica en cita, le atribuy� la parte apelante. Como lo sostuvo dicho fallador, fue muy enf�tico el calificado experto al explicar porqu�, en el caso de la se�ora Barahona de Pati�o, no se impon�a efectuar, en las visitas que tuvieron lugar los d�as 1� y 4 de mayo de 1999, el examen radiogr�fico que echaron de menos los demandantes.
Tambi�n el perito expuso, a espacio, cu�l era el adecuado procedimiento (diagn�stico y terap�utico) que deb�a ofrec�rsele a la paciente dada su condici�n m�dica. Dicho tratamiento, en t�rminos generales, se ajusta al que dispensaron los galenos adscritos a las entidades demandadas, seg�n se colige de la historia cl�nica que las demandadas aportaron a este proceso, documental que, contrario a lo que sugiri� la censura, involucra todos los registros y anotaciones que se efectuaron respecto a la atenci�n brindada a la paciente durante los d�as 1�, 4, 6 y 7 de mayo de 1999.
A lo anterior se a�ade que la rigurosa consulta de los dem�s elementos de prueba, arroja la ausencia de confesi�n u otra probanza id�nea (testimonial, documental, o de naturaleza distinta), que desvirtu� lo afirmado por el perito Centanaro Meza, cuyo dictamen (�nica prueba t�cnica que se recaud� en este proceso), armoniza con la historia cl�nica de la se�ora Barahona de Pati�o, en lo que concierne a los temas de indiscutida incidencia en la suerte de este litigio, atinentes a los s�ntomas que entonces presentaba la paciente; al diagn�stico a que ellos dieron lugar y los ex�menes y tratamientos que le fueron prescritos (fls. 476 a 507).
No sobra a�adir (por ser un tema que trajo a cuento la censura) que, para efectos probatorios, en este asunto no ofrec�an mayor incidencia las declaraciones que rindieron los se�ores Paulo Cesar, William Alexander y Jenny Mariela Pati�o Barahona, principalmente, por cuanto dichos declarantes integran el extremo actor de este litigio y, en tal medida, las manifestaciones que ellos hubieran efectuado en esta tramitaci�n no tienen naturaleza �testimonial� (como se sostuvo en el memorial de apelaci�n), sino que constituyen declaraciones de parte que, en cuanto resulten favorables a sus intereses procesales, no son de recibo.
No se olvide que, �con arreglo al principio universal de que nadie puede hacerse su propia prueba, una decisi�n no puede fundarse exclusivamente en lo que una de las partes afirma a tono con sus aspiraciones. Ser�a desmedido que alguien pretendiese que lo que afirma en un proceso se tenga por verdad, as� y todo sea muy acrisolada la solvencia moral que se tenga.
De ah� que se haya dicho que es principio general de derecho probatorio y de profundo contenido l�gico, que la parte no puede crearse a su favor su propia prueba. Quien afirma un hecho en un proceso tiene la carga procesal de demostrarlo con alguno de los medios que enumera el art�culo 175 del C�digo de Procedimiento Civil, con cualesquiera formas que sirvan para formar el convencimiento del Juez.
Esa carga, que se expresa con el aforismo onus probandi incumbit actori no existir�a, si al demandante le bastara afirmar el supuesto de hecho de las normas y con eso no m�s quedar convencido el Juez� (CSJ, sent. de 12 de febrero de 1980). Ahora, si en simple gracia de discusi�n se dejara a un lado lo que reci�n se advirti� y se asumiera que le asiste raz�n a los prenombrados declarantes en cuanto manifestaron que, con anterioridad al mes de mayo de 1999, la se�ora Barahona de Pati�o nunca hab�a presentado los s�ntomas que la llevaron a acudir en esa �poca al Hospital Universitario Cl�nica San Rafael, lo cierto es que tal contingencia, per se, no es suficiente para comprometer la responsabilidad civil de las demandadas, pues, como ya se dijo, el perito Centanaro Meza destac� insistentemente que entre el 1� y el 6 de mayo de 1999, la paciente no present� se�ales que pudieran asociarse a patolog�as neurol�gicas, por manera que ning�n reproche cabe efectuar a las demandadas por no haber practicado, en ese espec�fico periodo, la Tomograf�a Axial Computarizada �TAC- (examen que s�lo se realiza, de conformidad con lo que anot� el experto, frente a �signos neurol�gicos anormales, cambio en el patr�n de los ataques, cl�nica no compatible con migra�a o cefalea tensional y signos de hipertensi�n endocraneana�, fl. 403).
Queda visto, entonces, que la foliatura no muestra que, a la luz de la ciencia m�dica, era evidente que el estado de salud y la sintomatolog�a que present� Mariela Barahona de Pati�o entre el 1� y el 7 de mayo de 1999, ameritaba diagn�sticos y tratamientos distintos a los que prescribieron los galenos que durante ese interregno la asistieron. 3.2.
De hecho, los demandantes no acreditaron que el cuerpo m�dico del Hospital Universitario Cl�nica San Rafael, se equivoc� al dictaminar que la paciente sufr�a de �cefalea hemicr�nea izquierda puls�til�; ni que para el 1� de mayo de 1999 ella ya presentaba el �accidente cerebrovascular hemorr�gico� que produjo su fallecimiento. Por el contrario, de las probanzas que s� se practicaron, emerge que la atenci�n m�dica que se dispens� a la se�ora Barahona de Pati�o en dicho centro m�dico, ofrec�a idoneidad respecto de la sintomatolog�a que para ese entonces presentaba, la cual, ya se advirti�, no inclu�a ninguna se�al asociada con una patolog�a neurol�gica severa.
En el escenario que as� se configur�, los planteamientos doctrinales que los demandantes trajeron a cuanto en su escrito de alegatos de conclusi�n y al sustentar su alzada, no resultan incompatibles con lo que hasta aqu� se ha dicho. Ciertamente, las pautas te�ricas que se ofrecen en los extractos citados por los inconformes, est�n encaminados a evidenciar que, ante pacientes con patolog�as de dif�cil diagn�stico, la ciencia m�dica impone a los galenos tratantes la obligaci�n de agotar todos los mecanismos a su alcance para �descartar hip�tesis y llegar a un diagn�stico correcto o por lo menos aproximado� (fl. 532) y, como viene de verse, en esta tramitaci�n, la parte actora no demostr�, ni que los s�ntomas que presentaba la se�ora Barahona de Pati�o los d�as 1�, 4 y 6 de mayo de 1999 eran confusos o ambivalentes, ni tampoco que los antecedentes de la paciente ameritaban una atenci�n m�dica diametralmente distinta de la que le fue brindada por las demandadas. 3.3.
Para abundar en razones, bueno es advertir que as� se asumiera que la diagnosis que se le efectu� a la se�ora Barahona de Pati�o en el Hospital Universitario Cl�nica San Rafael el 1� de mayo de 1999 no fue la m�s acertada, tal circunstancia, por s� sola, tampoco hac�a pr�spera la demanda. Se insiste: no todo error de diagn�stico es constitutivo de responsabilidad civil, sino s�lo aqu�l en que no habr�a incurrido un profesional prudente y diligente, puesto en las mismas condiciones en que se encontr� el personal m�dico que atendi� a la paciente, yerro grave que en esta oportunidad no se avizora, y que tampoco cabe tener por acreditado, �nicamente, a partir del infortunado desenlace que a la postre se verific�.
En �ltimas, lo que aqu� se ve es que la se�ora Barahona de Pati�o recibi� de las demandadas (por conducto de un personal m�dico suficientemente capacitado para el efecto) una atenci�n m�dica, cuya oportunidad y pertinencia, respecto a la evoluci�n que fue presentando la paciente y a la luz de las pruebas recaudadas, se muestra acorde con las pautas que establece la lex artis, para casos como ese, por manera que anduvo afortunado el juez de primera instancia al abstenerse de acoger el reclamo indemnizatorio que formularon los demandantes.
No se olvide que �la obligaci�n profesional del m�dico no es, por regla general, de resultado sino de medio, o sea que el facultativo est� obligado a desplegar en pro de su cliente los conocimientos de su ciencia y pericia y los dictados de su prudencia sin que pueda ser responsable del funesto desenlace de la enfermedad que padece su cliente o de la no curaci�n de �ste.
(�). Como lo observa Sabatier (Renn� Sabatier, Trait� de la responsabilit� civil en droit francais), el m�dico no se compromete a curar al enfermo sino a poner los medios t�cnicos encaminados a este fin. 4. No prospera, por ende, la apelaci�n en estudio. DECISI�N En m�rito de lo expuesto, el Tribunal Superior de Bogot�, administrando justicia en nombre de la Rep�blica y por autoridad de la Ley, CONFIRMA la sentencia que el 14 de enero de 2015 profiri� el Juzgado Quinto Civil del Circuito de Bogot�, en el proceso ordinario promovido por Guillermo Pati�o Salamanca y Mar�a del Pilar, Juan Carlos, Sandra Patricia, Paulo Cesar, William Alexander y Yenni Mariela Pati�o Barahona contra Compensar EPS y el Hospital Universitario Cl�nica San Rafael.
Costas de segunda instancia a cargo de los demandantes. Liqu�dense por la Secretar�a de este Tribunal, incluyendo como agencias en derecho la suma de $1�000.000, seg�n lo estima el Magistrado Ponente. Cumplido, rem�tase el expediente al juzgado de origen. Notif�quese y c�mplase Los Magistrados OSCAR FERNANDO YAYA PE�A MANUEL ALFONSO ZAMUDIO MORA JORGE HERN�N VARGAS RINC�N CSJ., sent. de 8 de agosto de 2011, exp. 2001 00778 01 CSJ., sent. de 17 de abril de 2011, exp. 00533 CSJ., sent. de 8 de agosto de 2011, exp. 2001 00778 CSJ., sent. de 26 de noviembre de 2010, citada en fallo de la misma corporaci�n del 8 de agosto de 2011, exp. 00778 CSJ, sent. de septiembre 26 de 2002, exp. 6878. Ver fls. 476 a 507, incluyendo los �res�menes� de la historia cl�nica obrantes a folios 476 a 478. Fls. 166 a 2016 CSJ., sent. de marzo 5 de 1940, XLIX, No. 1953-1954, p�gs. 115-121 OFYP 2001 03132 01 PAGE 13 ?@vwz{�������������������� 5 < > B O \ d k � 9 A K O ] k � � � � � � ���������ɾװ�װ�ש�ש���������ތ�hTh�W�5�hTh-hThk�hThhThaw�hThUy@hThThTh'E�h\�hThzhTh!ghTh�W�hTh�W�OJQJhTh�W�OJQJaJhTOJQJaJ4 ?@Slm������ � � � �������������������gdUy@$ &F �d�a$gd1 � $d�a$gd����`��d�gd�� $d�a$gd��$dha$ �C�"gd�<� &F �dh� � � � � ����I����IJLMNPW���������Ծ��ߠߕߕ��ti^t^t^S^�hThn|amH sH hThig?mH sH hTh�AWmH sH hTh-mH sH hTh�-8mH sH hTh�mH sH hTh�b�mH sH h\�mH sH hThQDmH sH hTh�hmH sH hThmH sH hTh�f�mH sH hTh��mH sH hTh��mH sH hTh'E�mH sH hTh�W�mH sH � ��NO����������������������d�`��gdy��`�� $d�1$7$a$gdAN�$��dh1$7$`��a$gdig? $d�1$7$a$gd�)r $dh1$7$a$$��dh1$7$`��a$gd�-8$��d�1$7$`��a$gd1 �$��dh1$7$`��a$W\��z������FN,4:;?AGWZf�����������߾����������zo�do�o�YN��hThAN�mH sH hTh_mH sH hTh��mH sH hTh,rmH sH hTh�B�mH sH hTh�`6�mH sH hThy6�mH sH hThymH sH hTh�`mH sH hTh�W�mH sH hThZzmH sH hThT_�mH sH hTh�(nmH sH 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