Micelio

SENTENCIA — Tribunal Superior de Bogotá

Radicado: 11001-31-03-044-2008-00445-03

Sala: SALA CIVIL

Ponente: Juan Pablo Suárez Orozco

Fecha: 2016-06-29

Sujetos procesales: LIGIA ROA CEBALLOS / JOSÉ ROBERTO ROA CEBALLOS Y OTROS

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MAGISTRADO PONENTE: JUAN PABLO SU�REZ OROZCO RADICACI�N: 11001-31-03-044-2008-00445-03 PROCESO: ORDINARIO DEMANDANTE: LIGIA ROA CEBALLOS DEMANDADOS: JOS� ROBERTO ROA CEBALLOS Y OTROS ASUNTO: IMPUGNACI�N SENTENCIA S�NTESIS: En el campo de la nulidad, si es ficta la causa del acuerdo de voluntades que las partes verdaderamente celebraron -pues en esa direcci�n confluy� su consentimiento-, el contrato deviene nulo; mientras que en el terreno de la simulaci�n, la convenci�n fingida -pues las partes no quieren vincularse obligacionalmente-, tiene causa aparente, esto es, simular el contrato, m�s no un real m�vil a contratar / La sentencia dictada en un juicio penal, en manera alguna puede revestir el car�cter de res iudicata frente a un asunto en el cual se propende la simulaci�n o nulidad de unos negocios, ya que una cosa es el juzgamiento de un hecho punible, y otra bien distinta es que se pueda lograr por los cauces ordinarios la declaratoria de inexistencia, invalidaci�n o simulaci�n de un determinado negocio jur�dico /No se encuentra legitimado en la causa para impetrar las acciones de simulaci�n y nulidad, el sujeto que no fue parte en las convenciones atacadas, ni acredit� inter�s jur�dico alguno para promover tales s�plicas / En materia civil no es posible emitir una condena en abstracto trat�ndose de frutos naturales o civiles / El juzgador no est� compelido a fallar las excepciones de m�rito propuestas cuando al actor no le asiste el derecho de invocar las s�plicas propuestas, o si el demandado no expuso los motivos en que se apoyaban esos mecanismos de defensa / En virtud de las restituciones mutuas, el bien materia de la negociaci�n ficticia debe retornar al patrimonio de su verdadero propietario, y no al de quien lo enajen� por mandato de aqu�l. Discutido y aprobado por la Sala en sesi�n N� 22, de ocho (08) de junio de dos mil diecis�is (2016).

Decide el Tribunal los recursos de apelaci�n interpuestos por ambos extremos de la litis, en contra de la sentencia de 20 de abril de 2015, dictada en el subexamine por el Juzgado Cuarenta y Cuatro Civil del Circuito de Bogot� D.C. I.

ANTECEDENTES 1.- Ligia Roa Ceballos, en condici�n de �Curadora Provisional� del se�or Carlos Enrique Roa Ardila, convoc� a juicio a Beatriz Eugenia Roa Ceballos, Jos� Roberto Roa Ceballos, Diana Mar�a Roa Santos, Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, Carlos Enrique Roa Montoya, Luz Esther Bola�os Bustamante, Leonor Mar�a Bustamante Mogoll�n y Jos� Humberto Mart�nez Guevara; y luego de reformar la demanda, implor�, principalmente, que se (i) declaren absolutamente simulados los contratos contenidos en las escrituras p�blicas: a) No. 341 del 14 de octubre de 2005 de la Notar�a �nica de Tocaima, �(�) mediante la cual se transfiri� el predio con matr�cula inmobiliaria 307-4163 (�); b) No. 638 del 31 de diciembre de 2005 de la Notar�a �nica de Flandes, �(�) mediante la cual se transfiri� el predio con matr�cula inmobiliaria 307-35306 complementado con los predios con matr�cula inmobiliaria 307-69878 � 307-23654 (cra. 9 # 60/64); y c) No. 343 del 14 de octubre de 2005 de la Notar�a �nica de Tocaima, �(�) mediante la cual se transfiri� el predio con matr�cula inmobiliaria 307-58846 (�).

(ii) En consecuencia de lo anterior, rog� que se dejen �(�) sin efecto y valor jur�dico las compraventas efectuadas (�)� por Carlos Enrique Roa Montoya, Leonor Mar�a Bustamante y Jos� Humberto Mart�nez Guevara. (iii) Se ordene la cancelaci�n del registro de aquellos instrumentos p�blicos. Y (iv) se condene a los demandados en costas. Subsidiariamente, deprec� que se declarara la simulaci�n relativa de las memoradas escrituras p�blicas, o en su defecto la nulidad absoluta de las mismas, con las consecuencias jur�dicas ya indicadas (fls. 284 al 286, cd. 1). 2.- De la documental allegada al tr�mite y de lo esgrimido como fundamento de las pretensiones, se colige que a pesar de que Jos� Roberto y Beatriz Eugenia Roa Ceballos, vendieron a su padre, Carlos Enrique Roa Ardila, el 50% de derechos de cuota de dominio que ten�an respecto del inmueble identificado con matr�cula inmobiliaria No. 307-4163 de la Oficina de Registro de Instrumentos P�blicos de Tocaima, ese negocio nunca se elev� a escritura p�blica por seguridad del comprador; empero, le otorgaron poder a �ste para que transfiriera esos derechos, en virtud de lo cual, los enajen� a su hijo Carlos Enrique Roa Montoya, a trav�s de la escritura p�blica No. 341 del 14 de octubre de 2005 de la Notar�a �nica de Tocaima.

Agreg� que mediante ese instrumento p�blico Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, compa�era permanente de Roa Ardila, le traspas� el otro 50% de derechos de cuota a Roa Montoya, los cuales hab�a adquirido de Roa Ardila, a quien se los hab�an adjudicado por liquidaci�n de la sociedad conyugal que conform� con la se�ora Esther Ceballos de Roa. Igualmente, indic� que Carlos Enrique Roa Ardila tambi�n compr� el predio identificado con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-3506 de la Oficina de Registro de Instrumentos P�blicos de Tocaima, pero dej� como titular del mismo a Diana Mar�a Roa Santos (nieta), a quien le pidi� que le otorgara poder a su compa�era permanente, Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, para que lo enajenara a Enrique Roa Montoya, lo cual se patent� en la escritura p�blica No. 638 del 31 de diciembre de 2005 de la Notar�a �nica de Flandes.

Adicionalmente, expres� que Carlos Enrique Roa Ardila compr� el predio identificado con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-58846 de la Oficina de Registro de Instrumentos P�blicos de Tocaima, por intermedio de Celmira Montoya Gonz�lez, quien a su vez lo transfiri� a su hijo Carlos Enrique Roa Montoya, a trav�s de instrumento p�blico No. 343 del 14 de octubre de 2005 de la Notar�a �nica de Tocaima.

Tambi�n, se�al� que tales negociaciones son simuladas, pues se efectuaron por medio de terceros, porque Roa Ardila, al parecer, hab�a sido amenazado por grupos al margen de la ley, aunado a que Celmira Montoya Gonz�lez carec�a de recursos para adquirir bienes, as� como Roa Montoya, ya que era empleado de la Contralor�a General de la Rep�blica, y solo percib�a como salario $920.237.

A�adi� que Carlos Enrique Roa Ardila fue declarado interdicto por el Juzgado Primero Promiscuo de Familia, por padecer de demencia senil, condici�n de la que se aprovech� Roa Montoya, para �(�) hacerle creer que le compraba los bienes, �pag�ndoselos en efectivo` (�)�. Del mismo modo, manifest� que Roa Montoya hipotec� el bien identificado con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-4163, y tal propiedad se encuentra embargada con ocasi�n de proceso ejecutivo que le adelanta su suegra Mar�a Leonor Bastamente Mogoll�n, y el esposo de ella, Jos� Humberto Mart�nez Guevara.

Asimismo, sostuvo que el primero en menci�n vendi� el inmueble identificado con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-58846. Por �ltimo, asever� que Roa Montoya con ocasi�n de esas negociaciones no s�lo defraud� el patrimonio de su padre, sino tambi�n �(�) la sociedad patrimonial que constituyeron ROA ARDILA y CELMIRA MONTOYA, en raz�n de la uni�n marital de hecho (�)� (fls. 281 al 284, cd.1). 3.- El demandado Carlos Enrique Roa Montoya, al enterarse del litigio, contest� el libelo y solo acept� que Roa Ardila no solemniz� las compraventas a su nombre, porque quer�a vender los bienes adquiridos de manera inmediata; se opuso a las aspiraciones, y en ese orden plante� las excepciones denominadas �la gen�rica del art�culo 306 del C�digo de Procedimiento Civil, inexistencia de acuerdo para la pretendida simulaci�n, ineptitud de la demanda, falta de legitimidad por activa y por pasiva�, sin se�alar los hechos en que las fundamentaba (fls. 110 al 112, cd. 1).

Sumado a lo anterior, formul� denuncia de pleito en contra de Diana Mar�a Roa Santos, Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, Beatriz Eugenia y Jos� Roberto Roa Ceballos, por haber adquirido de ellos, los bienes objeto de las convenciones censuradas. Vinculaci�n procesal admitida por este despacho, mediante prove�do de 3 de diciembre de 2012, al zanjar la alzada formulada contra la decisi�n que la deneg� (fls. 9 al 15, cd. 5).

Por su parte, Jos� Humberto Mart�nez Guevara y Leonor Mar�a Mogoll�n se resistieron a las pretensiones deprecadas, y esbozaron que ellos adquirieron el predio identificado con matr�cula inmobiliaria 307-69878 (matr�cula inmobiliaria que se abri� con base en la No. 307-35306, y en la No. 307-28654, tras englobar varios predios), pero que tal negociaci�n no es simulada, toda vez que ellos contaban con recursos para sufragar esa negociaci�n. Adem�s, formularon las mismas exceptivas propuestas por Roa Montoya, sin expresar, tampoco, los supuestos en que se soportaban esas defensas; proceder que tambi�n realiz� Mar�a Celmira Montoya Roa, quien aduj� que el predio que figur� como propiedad de Diana Mar�a Roa Santos, lo hab�a adquirido ella y no Roa Ardila, como se dijo (fls. 194 al 196 y 204 al 206 cd. 1).

A su turno, Jos� Roberto Roa Ceballos, Diana Mar�a Roa Santos y Beatriz Eugenia Roa Caballos se allanaron a la demanda; sin embargo, a las dos �ltimas en menci�n, se les tuvo por no contestada en tiempo (fls. 260 al 262, 276 y 278, cd.1) 4.- En desarrollo de la audiencia establecida en el art�culo 101 del C�digo de Procedimiento Civil, la demandante precis� que �(�) la pretensi�n segunda es el predio con matr�cula inmobiliaria 30735306 ubicado en el parque principal de Tocaima, que se englob� con otro predio 30769878 y 30735306 (�) la simulaci�n absoluta tambi�n (�)� (fls. 412 y 413, cd. 1).

Adelantada la etapa probatoria y de alegatos de conclusi�n, el juzgador profiri� fallo de primera instancia, por medio del cual dispuso tener por no probadas las exceptivas planteadas por algunos encartados, y declar�, �nicamente, la simulaci�n absoluta de la escritura p�blica No. 06 del 16 de enero de 2006 de la Notar�a �nica de Tocaima, por medio de la cual Celmira Montoya Gonz�lez, como apoderada de Carlos Enrique Roa Ardila, vendi� a favor de Luz Esther Bola�os Bustamante el lote rese�ado con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-28654.

Seguidamente, determin� que como esa decisi�n �(�) afecta los actos jur�dicos posteriores contenidos en las escrituras p�blicas Nos. 240 del 13 de agosto de 200634 y 290 de 24 de septiembre de 200635, otorgadas en la Notar�a �nica de Agua de Dios; la primera publicada en la anotaci�n No. 11 del F.M.I. 307-28654, No. 11 del Folio 307-35306 y No. 2 del F.M.I. 307-69878 y, la segunda, en la anotaci�n 3� del F.M.I. 307-69878 (�)�, orden� a Luz Esther Bustamante Bola�os, Carlos Enrique Roa Montoya, Leonor Mar�a Bustamante Mogoll�n y Jos� Humberto Mart�nez Guevara restituir el inmueble ubicado en la carrera 9� No. 4 � 60 de Tocaima, a favor de la sucesi�n de Carlos Ardila Roa.

Asimismo, neg� las dem�s s�plicas demandatorias, as� como los frutos civiles implorados por la parte actora; se abstuvo de resolver sobre la denuncia de pleito formulada por Carlos Enrique Roa Montoya y orden� el levantamiento de la inscripci�n de la demanda (fls. 1240 al 1266, cd. 1). II. LA SENTENCIA APELADA Para adoptar la decisi�n ahora confutada, el a quo consider� que el gestor del debate no se encontraba legitimado para demandar la simulaci�n absoluta de la escritura p�blica No. 341 del 14 de octubre de 2005, mediante la que Mar�a Celmira Montoya, Jos� Roberto y Beatriz Eugenia Roa Ceballos vendieron el inmueble con matr�cula inmobiliaria No. 307-4163, a Carlos Enrique Roa Montoya, porque no atac� los contratos en virtud de los cuales adquirieron los primeros en menci�n el predio, ya que �(�) era perentorio el ataque a dichas escrituras, al cernirse en ellas la veracidad de una compra, pero ocultando a su verdadero autor, y que implica para este supuesto, una adquisici�n con claros visos de nulidad relativa, pues dicho acto contaba con su voluntad, solo que cubierto estaba su real interesado: Carlos Enrique Roa Ardila (hombre de paja) (�)�.

Desde esa perspectiva, sostuvo que �(�) si bien Roa Ardila est� legitimado para poner al descubierto que �l es el verdadero propietario �simulaci�n relativa-, su pretensi�n queda hu�rfana al no dirigirla, en primer lugar hac�a el negocio que ocult� su verdadera condici�n, para as�, a rengl�n seguido, y cobijado bajo la calidad de vendedor, dirigir su pretensi�n simulatoria absoluta, hac�a la venta que hiciera por medio de la escritura No. 341 de 10 de octubre de 2005 de la Notar�a de Tocaima (�)�.

Seguidamente, indic� que el promotor de la controversia tambi�n carec�a de legitimidad para demandar la simulaci�n absoluta de los instrumentos p�blicos Nos. 638 de 31 de diciembre de 2005 y 343 del 14 de octubre de 2005, por medio de los cuales, respectivamente, Diana Mar�a Roa Santos y Celmira Montoya Gonz�lez, le vendieron a Carlos Enrique Roa Montoya, las propiedades identificadas con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-35306 y 307-58846, por cuanto no implor� la simulaci�n relativa de los negocios mediante los cuales �ste adquiri� los memorados predios para aqu�llas enajenantes, para as� abrir la brecha y contar con inter�s que lo faculte a controvertir los actos a trav�s de los cuales se trasfirieron tales inmuebles a Roa Montoya.

A continuaci�n, destac� que no puede afirmarse que existe cosa juzgada por haberse condenado a Carlos Enrique Roa Montoya y a Luz Esther Bola�os Bustamante por el delito de estafa, como consecuencia de la denuncia formulada por Roa Ardila, toda vez que con ello se �(�) castig[�] una conducta punible �enga�o mediante maniobras en contra de su progenitor y suegro respectivamente para obtener provecho il�cito-, mientras que con la acci�n civil se pretende desentra�ar la calidad de propietario por parte de Roa Ardila de los bienes objeto de contienda y su claro deseo de no trasferir en propiedad sus bienes sino en confianza con ocasi�n de una condena pronunciada en su contra (�)�.

De igual manera, asever� que a Roa Ardila le asiste legitimidad para atacar el contrato contenido en la escritura P�blica No. 06 de 16 de enero de 2006, por haber sido �l directamente quien -mediante poder otorgado a Celmira Montoya-, le vendi� el bien identificado con matr�cula inmobiliaria No. 037-28654 a Luz Ester Bola�os Bustamante, c�nyuge de su descendiente Roa Montoya.

Luego, esboz� que al englobar Roa Montoya, el predio con folio No. 307-35306 con el inmueble con folio No. 307-28654, dio lugar a la matr�cula inmobiliaria No. 307-69878, y a continuaci�n, se�al� que �(�) se configura[ba] la legitimaci�n en la causa por pasiva [para censurar la convenci�n antes referida], pues los demandados Luz Esther Bola�os Bustamante, Carlos Enrique Roa Montoya, Leonor Mar�a Bustamante Mogoll�n y Jos� Humberto Mart�nez Guevara, son quienes hicieron parte en los negocios jur�dicos que se desencadenaron sobre el predio que primigeniamente se rese�aba con el folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-28654 (�)�.

Acto seguido, puntualiz� que se coleg�a la simulaci�n absoluta del negocio consagrado en el instrumento p�blico No. 06 de 16 de enero de 2006, de los siguientes indicios: i) relaciones parentales entre Luz Esther Bola�os y Carlos Enrique Roa Montoya (esposos), Leonor Mar�a Bustamante (madre de aqu�lla), y Jos� Humberto Mart�nez (esposo de �sta); ii) la falta de pago por las enajenaciones del inmueble con folio No. 307-28654, dado que las certificaciones bancarias y dem�s pruebas documentales no acreditaron tal suceso; iii) la modalidad de poderes para la venta de sus bienes de Roa Ardila; iv) la incapacidad econ�mica de los demandados para adquirir inmuebles; v) la ausencia de movimientos bancarios de los encartados en la �poca en que se celebraron las compraventas; vi) la carencia de la necesidad del vendedor de disponer de sus bienes; y vii) la confianza que Roa Ardila le ten�a a su hijo Roa Montoya.

En ese orden, adujo que resultaban afectados los negocios jur�dicos posteriores realizados respecto de aqu�l predio. Sin embargo, refiri� que no acced�a a la restituci�n de frutos civiles producidos por ese inmueble, comoquiera que no se demostr� su causaci�n y cuant�a. Finalmente, expres� que se absten�a de resolver sobre la denuncia de pleito, por la desestimaci�n de las dem�s s�plicas invocadas.

III. LA APELACI�N 1.- Los dos extremos de la litis impugnaron la providencia emitida en primer grado. 2.- La parte actora adujo que su desacuerdo radica en que el a quo le neg� �(�) plenos efectos civiles a la condena penal (�), puesto que evidentemente existe cosa juzgada material, entendiendo que la Jurisdicci�n de la Naci�n es una sola.

Aunque especializada por ramas, no siendo posible que se profieran sentencias contradictorias (�)�. Desde esa �ptica asever�, que el juez �(�) descart� cualquier efecto de la sentencia penal debidamente ejecutoriada sobre el fallo que se profiere, olvidando que en lo penal se produjo la condena de CARLOS ENRIQUE ROA MONTOYA y LUZ ESTHER BOLA�OS BUSTAMANTE, por la tipificaci�n del delito de ESTAFA (�)�. 3.- Asimismo, replic� que �(�) las decisiones penales generan per se una nulidad absoluta de los actos escriturarios por objeto y por causa il�citos de los mismos, puesto que van en contrav�a de la ley y por ello esos actos no producen efecto alguno, sin que pueda ratificarse ni purgarse por el paso del tiempo (�)� 4.- Tambi�n, insisti� en que Carlos Enrique Roa Ardila se encuentra legitimado para implorar la simulaci�n absoluta o relativa, y la nulidad absoluta de los actos contenidos en las escrituras atacadas, ya que con ellos, se le caus� un detrimento patrimonial. 5.- Por �ltimo, arguy� que si el juzgador no encontr� acreditados los frutos causados por el bien objeto del negocio que declar� absolutamente simulado, debi� ordenar su �devoluci�n�, y disponer que se estimara la cuant�a de estos, �(�) mediante incidente, dando aplicaci�n (�) al inciso segundo del art�culo 308 del (�)� C�digo de procedimiento Civil (fls. 74 al 84, cd. 11). 6.- El extremo pasivo implor� que esta instancia �(�) se pronuncie sobre las excepciones de m�rito propuestas, en cuanto a las escrituras de las cuales se solicit� la nulidad y no se decret� la misma por falta de legitimaci�n por activa (�)�. 7.- Adem�s, asever� que el fallador dict� una sentencia �extra-petita o ultra petita�, porque declar� la simulaci�n absoluta de un contrato de compraventa, cuando se demand� la �(�) declaratoria de nulidad de [unas] escrituras (�)�. 8.- En adici�n, se�al� que el bien materia de la convenci�n que se declar� simulada, debe volver a manos de Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, ya que fue �(�) quien [lo] trasfiri� y [lo] entreg� (�)�. 9.- Finalmente, cuestion� que no se hubieran fijado unas agencias en derecho proporcionales a la pretensi�n acogida (fls. 85 y 86, cd. 11).

IV. CONSIDERACIONES 1.- No se presenta, en el sub-judice, duda alguna acerca de la concurrencia de las condiciones necesarias para que el proceso tenga existencia jur�dica y validez formal, como que se hallan presentes los presupuestos procesales exigidos para la decisi�n de fondo. Tampoco, se observa vicio alguno del cual pueda derivarse nocividad procesal capaz de anular la actuaci�n. 2.- Preliminarmente, debe precisarse que la presente alzada ser� desatada atendiendo los puntos concretos de desencuentro con el fallo de primera instancia, tra�dos a la vista por los extremos opugnadores como contrarios a sus intereses, conforme lo dispuesto en el art�culo 350 del C�digo de Procedimiento Civil -subrogado por el canon 320 del C�digo General del Proceso- �preceptiva [que] ordena al promotor de la apelaci�n que le exprese al juez de segundo grado, de modo espec�fico, los motivos de insatisfacci�n que tiene frente a la resoluci�n judicial objeto de su lamento, en pos de que emita respuesta en torno a ese �mbito.� 3.- Efectuada la anterior acotaci�n, se abordar� el estudio puntual de cada una de las inconformidades planteadas por los partes involucradas en este litigio. 3.1.

En primer lugar, se duele el convocante a juicio porque, en su sentir, �la conducta simulatoria por parte de Roa Montoya y Bola�os Bustamante, no solo se encuadr� dentro de una actividad tendiente a simular actos jur�dicos, sino que tambi�n rebas� dichos l�mites civiles para tipificarse en una actuaci�n eminentemente delictiva, cual ser�a la rese�ada como ESTAFA, situaci�n que corrompi� todo el discurrir contractual y que no deja dudas de que todos los negocios realizados tuvieron como �nico motivo defraudar el patrimonio del all� denunciante y aqu� demandante.

Las decisiones penales generaron per se una nulidad absoluta de los actos escriturarios por objeto y causa il�citos de los mismos, puesto que van en contrav�a de la ley y por ello estos actos no producen efecto civil alguno sin que puedan ratificarse ni purgarse por el paso del tiempo.� (fl. 8 cd. 12). Acerca de la anterior censura, primeramente debe decirse que, pese a la ambig�edad con que fueron formuladas las pretensiones, no cabe duda de que est�s se orientaron a atacar las compraventas realizadas por CARLOS ENRIQUE ROA (�) LEONOR MAR�A BUSTAMANTE MOGOLLON Y JOSE HUMBERTO MARTINEZ GUEVARA (�)� (fls. 221, 222, 267 y 267 cd. 1), mas no las escrituras contentivas de dichos actos jur�dicos, cuya invalidez tiene origen en causas particulares, como las contenidas en el art�culo 999 del Decreto 960 de 1970, que no fueron planteadas en el libelo incoativo, ni debatidas en el tr�mite del proceso.

Por lo tanto, tal inconformidad constituye un hecho nuevo, tra�do por el demandante en la alzada, respecto de la cual su contraparte no tuvo la oportunidad de pronunciarse. No obstante, si se entendiera que lo realmente perseguido por el recurrente es fustigar los contratos celebrados por los demandados, se observa la confusi�n conceptual en la que se sostiene el reproche, comoquiera que son entremezclados los efectos de la nulidad y de la simulaci�n, cuando se indica, a rengl�n seguido, que [l]a profusa prueba arrimada al proceso y especialmente (�) la proveniente de la Jurisdicci�n Penal, no dejan duda de ninguna naturaleza de que todos los negocios sobre los bienes del demandante tuvieron como �nica finalidad y ella fue dentro del �mbito del derecho civil, la de simular dichos negocios jur�dicos sobre los bienes que quedaron en cabeza de quienes ni por asomo ten�an las condiciones morales o econ�micas para adquirirlos.

La actividad del Juzgador no debi� ser otra que la de aniquilar los contratos y volver todo al estado anterior (�).�(fl. 8 cd. 12). Para deshilvanar dichas imprecisiones, se exige diferenciar que en el campo de la nulidad, si es ficta la causa del acuerdo de voluntades que las partes verdaderamente celebraron -pues en esa direcci�n confluy� su consentimiento-, el contrato deviene nulo; mientras que en el terreno de la simulaci�n, la convenci�n fingida -pues las partes no quieren vincularse obligacionalmente-, tiene causa aparente, esto es, simular el contrato, mas no un real m�vil a contratar.

De all� que no sea atendible la r�plica del opugnante relativa a aplicar los efectos anulatorios que habr�an generado, �per se� �las decisiones penales� sobre los contratos simulados, pues en este evento la causa il�cita explica la apariencia de tales actos. Acerca de la situaci�n comentada, la Corte Suprema de Justicia en sentencia de 26 de enero 2006, radicado 1994-13368, puntualiz�: (�) es �til memorar que en el derecho patrio toda obligaci�n surgida de un contrato bilateral, debe tener una causa real y l�cita, que seg�n la doctrina mayoritaria se vislumbra en el inter�s concreto que impulsa a cada una de las partes a celebrar el respectivo negocio jur�dico, sin identificarse con la contraprestaci�n, como inicialmente lo sostuvo la escuela cl�sica.

Si ese m�vil es ficticio, aparente o artificial, o est� prohibido por la ley, o es contrario al orden p�blico, o a las buenas costumbres (art. 1524 C.C.), el contrato, aunque verdadero �pues las partes quisieron celebrarlo y efectivamente lo celebraron-, ser� nulo, en los primeros eventos porque la causa es irreal, en los segundos por il�cita.

Pero es indiscutible que el contrato existi� y que fue ley para las partes, al punto que si se satisfizo la prestaci�n correspondiente, no podr� repetirse lo pagado si se descubre que, a sabiendas, se contrat� bajo causa il�cita (art. 1515 ib.). Cosa distinta acontece en los negocios simulados, en los que las partes no quisieron obligarse, o lo hicieron en t�rminos distintos de los que refiere el respectivo contrato.

En ellos, de manera particular en la simulaci�n absoluta, stricto sensu, no hay ley contractual propiamente dicha, porque la farsa o pantomima no obligan, ni al amparo de ellas pueden construirse protot�picos lazos obligacionales. En palabras breves, el contrato simulado intr�nsecamente no vincula, justamente porque se trata de una mentira.

Y aunque es lo usual que se simule un contrato teniendo las partes una finalidad espec�fica, ese m�vil no es, no puede ser, el designio que constituye la t�pica causa para contratar, precisamente porque las partes no quisieron hacerlo, sino apenas aparentar. Por eso el motivo que induce a simular es causa de la simulaci�n, que no de contrato alguno. Sobre este particular, ha precisado la Sala que �la nulidad sustantiva, en cualquiera de sus especies, no puede predicarse sino de actos jur�dicos propiamente dichos, es decir, de los que tienen una real formaci�n� (G.J. LXXVII, p�g. 792).

Por consiguiente, �mientras en los contratos serios la causa il�cita engendra la nulidad de �stos, en los negocios simulados la ilicitud del m�vil o causa simulandi, no produce la misma consecuencia extintiva. En tales negocios, la causa simulandi, l�cita o il�cita, sirve para explicar el porqu� de la ficci�n o del enga�o a terceros, pero no tiene repercusi�n alguna sobre la validez o la ineficacia del contrato real u oculto, el cual tiene una causa propia que lo rige y que determina su validez o su nulidad� (se subraya;

Sent. de 24 de febrero de 1994; cfme: CCXXXVII, p�g. 347). Con otras palabras, �[m]ientras que la causa il�cita destruye o est� en aptitud de destruir el negocio jur�dico por raz�n del vicio cong�nito que en s� lleva, la causa simulandi no produce semejante resultado respecto del convenio real disfrazado, el que, considerado aisladamente, debe tener su propia causa �l�cita o il�cita-, a virtud de la cual genera, con independencia de la causa simulandi, efectos en derecho, o carece de ellos, seg�n sea la calidad de su misma causa� (G.J. LXXVII, p�g. 793; cfme: LXXVIII, p�gs. 556 y 845) (se subraya). 3.2.

En cuanto ata�e a la queja del demandante, edificada en que el juzgador desconoci� los �(�) plenos efectos civiles a la condena penal (�), es pertinente relievar que la sentencia dictada en el escenario punitivo en contra de Roa Montoya y Luz Esther Bola�os, en manera alguna puede revestir el car�cter de res iudicata frente al asunto en litigio, ya que una cosa es el juzgamiento de un hecho punible, y otra bien distinta es que se pueda lograr, por los cauces ordinarios, la declaratoria de inexistencia, invalidaci�n o simulaci�n de un determinado negocio jur�dico; asuntos que precisamente por disparidad de causa, objeto y partes, no cumplen con los presupuestos de la mencionada instituci�n procesal; ep�logo que impone memorar que �(�) en lo concerniente a la incidencia de la �cosa juzgada penal� en el �proceso civil� que verse sobre asuntos contractuales, derivada aquella especialmente de las medidas adoptadas en el �proceso penal� en procura del �restablecimiento del derecho� a la v�ctima, si bien ninguna duda subsiste en cuanto al car�cter definitivo de tales decisiones, en virtud del principio de unidad de la jurisdicci�n, se advierte que el �juez civil� tendr� que pronunciarse sobre los temas de la controversia planteados como pretensiones o frente a los cuales se halle facultado para decidir (�) y que no hubieren sido solucionados a partir de lo dispuesto por el �juez penal�, a fin de garantizar el acceso efectivo a la administraci�n de justicia consagrado en el canon 229 de la Constituci�n Pol�tica (�)�. 3.3.- De otra parte, ning�n reproche merece el juzgador por haber estimado que Carlos Enrique Roa Ardila no se encontraba legitimado para implorar las s�plicas esbozadas, pues no todas las personas est�n facultadas para pedir que determinados negocios jur�dicos sean declarados simulados o nulos, ya que el legislador como la jurisprudencia reservaron esa facultad, en principio, a quienes los celebraron y, de manera excepcional, a los terceros que tengan inter�s en ello, conforme pasa a verse.

La Sala de Casaci�n Civil, sobre la legitimidad para deprecar la simulaci�n de un acto, ha dicho: �(�), [e]n lo concerniente a la legitimaci�n para solicitar la simulaci�n, de tiempo atr�s y en forma reiterada ha sostenido esta Corporaci�n que son titulares no s�lo las partes que intervinieron o participaron en el acto simulado, y en su caso sus herederos, sino tambi�n los terceros, cuando ese acto fingido les acarrea un perjuicio cierto y actual: �Puede afirmarse, que todo aquel que tenga un inter�s jur�dico protegido por la ley, en que prevalezca el acto oculto sobre lo declarado por las partes en el acto ostensible, est� habilitado para demandar la declaraci�n de simulaci�n. Ese inter�s puede existir lo mismo en las partes que en los terceros extra�os al acto, de donde se sigue que tanto aquellas como �stos est�n capacitados para ejercitar la acci�n. Mas para que en el actor surja el inter�s que lo habilite para demandar la simulaci�n, es necesario que sea actualmente titular de un derecho cuyo ejercicio se halle impedido o perturbado por el acto ostensible, y que la conservaci�n de ese acto le cause un perjuicio� (G.J. tomo CXIX, p�g. 149).

(�) En raz�n de la naturaleza de la acci�n simulatoria puede decirse entonces que podr� demandar la simulaci�n quien tenga inter�s jur�dico en ella, inter�s que �debe analizarse y deducirse para cada caso especial sobre las circunstancias y modalidades de la relaci�n procesal que se trate, porque es �sta un conflicto de intereses jur�dicamente regulado y no pudiendo haber inter�s sin interesado, se impone la consideraci�n personal del actor, su posici�n jur�dica, para poder determinar, singulariz�ndolo con respecto a �l, el inter�s que legitima su acci�n� (G.J. tomo LXXIII, p�g.212)� (cas. civ., sentencia del 27 de agosto de 2002, expediente N�6926;

(�). �En un caso en el que el Tribunal, para desestimar la acci�n de simulaci�n intentada, adujo, entre otros motivos, la falta de inter�s del all� demandante, la Corte, en el fallo de casaci�n que desestim� el recurso extraordinario, puntualiz�: �Y lo anterior se entiende con mayor facilidad, si se recuerda que �en los casos en que la ley habla del inter�s jur�dico para el ejercicio de una acci�n, debe entenderse que ese inter�s venga a ser la consecuencia de un perjuicio sufrido o que haya de sufrir la persona que alega el inter�s�; es m�s, con ese perjuicio �( ) es preciso que se hieran directa, real y determinadamente, los derechos del que se diga lesionado, ya porque puedan quedar sus relaciones anuladas, o porque sufran desmedro en su integridad�.

As� se ha expresado �sta Corporaci�n, a�adiendo que �el derecho de donde se derive el inter�s jur�dico debe existir, lo mismo que el perjuicio, al tiempo de deducirse la acci�n, porque el derecho no puede reclamarse de futuro ( ) en las acciones de esa naturaleza tales principios sobre el inter�s para obrar en juicio se concretan en el calificativo de leg�timo o jur�dico, para significar, en s�ntesis, que al intentar la acci�n debe existir un estado de hecho contrario al derecho� (G. J. LXII P. 431)� (Cas.

Civ., sentencia del 17 de noviembre de 1998, expediente No. 5016)�. Igualmente, en el fallo de 5 de septiembre de 2001, exp. 5868, sobre la aludida tem�tica, se expuso: �(�) La naturaleza de la simulaci�n, que al fin de cuentas es una acci�n de prevalencia, (�), ha determinado que tanto la doctrina como la jurisprudencia, se hayan preocupado de elucidar qui�nes tienen inter�s para el ejercicio de tal acci�n, pues lo cierto es que el contrato no puede quedar expuesto a que cualquier persona que tuviera conocimiento del acto, pudiera asistirle inter�s para hacer prevalecer la verdad.

Concretamente la jurisprudencia de la Corporaci�n ha exigido para ese efecto que el demandante exhiba un inter�s jur�dico, serio y actual, que no es otra cosa que la titularidad de un derecho cierto cuyo ejercicio se halle impedido o perturbado por el acto ostensible, que por ser fingido su declaraci�n de simulaci�n se reclama (G.J. CXCVI, 2� semestre, p�g. 23)�.

Tambi�n, ha se�alado la memorada Corporaci�n, respecto de la legitimaci�n para pedir la nulidad de un acto: �(�) la raz�n de ser de la posibilidad de que un tercero pueda perseguir la invalidaci�n de un negocio jur�dico que le es ajeno, radica en que pueda defender sus particulares derechos o prerrogativas, cuando dicho negocio las lesiona, surge ostensible, entonces, que el �inter�s� contemplado en el art�culo 1742 del C�digo Civil hace referencia a ese agravio y que, por lo tanto, las �nicas personas, distintas a quienes lo realizaron, que tienen legitimidad para reclamar la nulidad absoluta de un acto o contrato, son aquellas que, como consecuencia de su celebraci�n, sufren un perjuicio cierto (Cas.

Civ., sentencia del 17 de noviembre de 1998, expediente No. 5016). Vistas as� las cosas, es pertinente a�adir que el inter�s por el que se indaga �no es distinto al presupuesto material del inter�s para obrar que debe exhibir cualquier demandante, entendiendo por este el beneficio o utilidad que se derivar�a del despacho favorable de la pretensi�n, el cual se traduce en el motivo o causa privada que determina la necesidad de demandar, que adem�s de la relevancia jur�dico sustancial, debe ser concreto, o sea existir para el caso particular y con referencia a una determinada relaci�n sustancial; serio en tanto la sentencia favorable confiera un beneficio econ�mico o moral, pero en el �mbito de la norma analizada restringido al primero, y actual, porque el inter�s debe existir para el momento de la demanda, descart�ndose por consiguiente las meras expectativas o las eventualidades, tales como los derechos futuros� (Cas.

Civ., sentencia 031 del 2 de agosto de 1999, expediente No. 4937; negrillas fuera del texto). En suma, como en reciente fallo lo se�al� la Sala, �[e]n punto del referido �inter�s�, es del caso precisar que la estructuraci�n del mismo, para que legitime al tercero en la petici�n de �nulidad absoluta� de un pacto en el cual no intervino, a m�s de econ�mico, debe ser serio, concreto, actual y ostentar una determinada relaci�n sustancial de la que aquel haga parte, e igualmente que en tal nexo tenga incidencia tanto el contrato cuestionado, como la sentencia que deba emitirse en el juicio de invalidez� (Cas.

Civ., sentencia de 31 de agosto de 2012, expediente No. 11001-31-03-035-2006-00403-01; se subraya) (�)�. Por consiguiente, aplicadas las anteriores premisas jurisprudenciales al asunto subjudice, se evidencia que el actor no se encontraba legitimado en la causa para pretender la simulaci�n o la nulidad, planteadas de manera principal y subsidiaria, respectivamente, toda vez que �l no fue parte en las compraventas atacadas, ni acredit� inter�s jur�dico alguno que lo habilitara para reclamar su simulaci�n o invalidaci�n, pues no demostr� que quienes le enajenaron los inmuebles objeto de convenciones refutadas a Roa Montoya, actuaban como personas interpuestas y que en realidad �l era el verdadero contratante, para que as� le asistiera el derecho de controvertir esas negociaciones, efectuadas en posible desmedro de su patrimonio. 3.4.- Ahora, la inconformidad cimentada en que el fallador debi� condenar en abstracto al pago de los frutos causados por el bien objeto del negocio declarado simulado absolutamente, y liquidar su cuant�a mediante el incidente regulado por el art�culo 308 del C�digo de Procedimiento Civil, no tiene acogida, porque, de un lado, no se acredit� la causaci�n de los frutos producidos por el inmueble materia de la convenci�n simulada, para de all� radicar en el juez el deber de indagar la cuant�a de los mismos; y de otro, por cuanto la posibilidad de condenar en abstracto por concepto de frutos, fue expulsada del ordenamiento jur�dico por el Decreto 2282 de 1989, conforme lo han puntualizado la jurisprudencia y la doctrina nacional, seg�n las cuales: �(�) Es, pues, indisputable que la posibilidad jur�dica de emitir condena in-genere ha desaparecido.

La norma es categ�rica cuando determina que la condena por [pago de frutos, intereses, mejoras, perjuicios y otra cosa semejante, debe hacerse por cantidad y valor determinados (�)�. �(�) Hasta junio primero de 1990 y como resultado de lo que se hab�a consagrado en el derogado art�culo 307 del C. de P.C., se permit�a la posibilidad de que un juez pudiera dictar sentencia condenatoria en abstracto en aquellos casos en los cuales estaba demostrada la obligaci�n del demandado de pagar una suma de dinero por concepto de perjuicios, intereses, frutos, mejoras �u otra cosa semejante�, pero no era viable establecer de manera exacta el monto correspondiente en el momento de proferirse el fallo, es decir, cuando exist�a una deficiencia en la actividad probatoria a cargo del demandante, se le daba una segunda oportunidad para que se cumpliera con la carga de probar cuant�a. (�).

Es as� como el tr�mite del art�culo 308 vino a convertirse en una actuaci�n que se daba a menudo y no de manera excepcional como se le previ� y, adem�s, implicaba una duraci�n muchas veces mayor que la del mismo proceso, razones por las cuales se cre� la necesidad de establecer una profunda modificaci�n al sistema, la cual se plasma en lo que hoy es el art�culo 307 que le impone al juez la perentoria obligaci�n de dictar sentencia en concreto al establecer que �La condena al pago de frutos, intereses, mejoras, perjuicios u otra cosa semejante, se har� en la sentencia por cantidad y valor determinados�, es decir, se suprimi� la seg�n oportunidad que exclusivamente para demostrar el monto de la condena se confer�a (�)�. 3.5.- En lo tocante al embate efectuado por el extremo pasivo, sobre el pronunciamiento de las excepciones de m�rito plantadas, es necesario precisar que en el juzgador tiene el deber de fallar los mecanismos de defensa propuestos por el demandado, siempre y cuando el impulsor del pleito se encuentre legitimado para impetrar la acci�n propuesta, y el encartado exponga los motivos en que apoyan las exceptivas.

Sobre el particular la Sala de Casaci�n Civil, ha manifestado: �(�) Por modo que, de ordinario, en los eventos en que el derecho no alcanza a tener vida jur�dica, o, para decirlo m�s el�pticamente, en los que el actor carece de derecho porque este nunca se estructur�, la excepci�n no tiene viabilidad (�) De ah� que la decisi�n de todo litigio deba empezar por el estudio del derecho pretendido �y por indagar si al demandante le asiste.

Cuando esta sugesti�n inicial es respondida negativamente, la absoluci�n del demandado se impone; pero cuando se halle que la acci�n existe y que le asiste al actor, entonces s� es procedente estudiar si hay excepciones que la emboten, enerven o infirmen� (G. J. XLVI, 623; XCI, p�g. 830). �(�) D�bese convenir, entonces, que en estrictez jur�dica no cab�a pronunciamiento expreso sobre lo que no fue una verdadera excepci�n, habida consideraci�n de que -ins�stese- �cuando el demandado dice que excepciona pero limit�ndose, ( ) a denominar m�s o menos caprichosamente la presunta excepci�n, sin traer al debate hechos que le den sentido y contenido a esa denominaci�n, no est� en realidad oponiendo excepci�n ninguna, o planteando una contrapretensi�n, ni por lo mismo colocando al juez en la obligaci�n de hacer pronunciamiento alguno al respecto�; de donde se sigue que la verdadera excepci�n difiere en mucho de la defensa com�n consistente en oponerse a la demanda por estimar que all� est� ausente el derecho peticionado; y es claro tambi�n que �a diferencia de lo que ocurre con la excepci�n cuya proposici�n ( ) impone la necesidad de que el juez la defina en la sentencia, la simple defensa no requiere una respuesta espec�fica en el fallo final; sobre ella resuelve indirecta e impl�citamente el juez al estimar o desestimar la acci�n� (CXXX, pag. 19) (�)�.

Desde esa �ptica, no tiene recepci�n en esta instancia la r�plica de los convocados, comoquiera que en el asunto de los autos, el juzgador no est� compelido a efectuar pronunciamiento sobre los medios exceptivos planteados, porque al actor no le asiste el derecho de impetrar las s�plicas esbozadas, como qued� visto, y en todo caso, aun cuando se hubiera acreditado que aqu�l ostentaba legitimaci�n para promover este juicio, los encartados no se�alaron los fundamentos de las excepciones de m�rito, para que recayera en el juez el deber de analizarlas. 3.6.- Desde otro paraje, se quejan algunos de los convocados porque, en su criterio, el a quo dict� una sentencia �extra-petita o ultra petita�, al declarar la simulaci�n absoluta de un contrato de compraventa, cuando se demand� la �(�) declaratoria de nulidad de [unas] escrituras (�)�.

Sin embargo, no puede atribu�rsele al fallador de primer grado el desatino endilgado, pues a pesar de que en las tres primeras aspiraciones se implor� �[d]eclarar sin efecto y valor jur�dico (�) por simulaci�n absoluta (�)� unos instrumentos p�blicos, no es dable desconocer que, expresamente, en el libelo demandatorio se peticion�, en los numerales 4� y 5� de las pretensiones, �(�) declarar que las compraventas realizadas por CARLOS ENRIQUE ROA (�.) LEONOR MAR�A BUSTAMANTE MOGOLLON Y JOSE HUMBERTO MARTINEZ GUEVARA (�) fueron simuladas (�)� (fls. 221, 222, 267 y 267 cd. 1).

Desde esa �ptica, resulta claro que el juez de primer grado abord� la s�plica del accionante, acatando el deber de interpretar la demanda, el cual se impone cuando el libelo no ofrezca la claridad y precisi�n necesarias en el planteamiento de las pretensiones y de los hechos que les sirven de fundamento, con el fin de darle prevalencia al derecho sustancial en orden a emitir un pronunciamiento que zanje, en el sentido que legalmente corresponda, la controversia respectiva.

Con este miramiento, el Tribunal entiende que lo rogado por el extremo actor fue la simulaci�n del contrato y no de la escritura contentiva de esa convenci�n, y que por ende, no se configura la inconsonancia alegada. Respecto a ese tema, la Corte Suprema de Justicia, ha se�alado: �(�) Cuando el juez advierta ambig�edad, vaguedad o anfibolog�a de la demanda a punto de no expresar con exactitud su sentido pr�stino, sea por la complejidad del asunto, sea por cualesquiera falencia o defecto de suficiencia t�cnica, terminol�gica o descriptiva, �para �no sacrificar el derecho material en aras de un culto vano al formalismo procesal� (CCXXXIV, 234), est� obligado a interpretarla en busca de su sentido genuino sin alterarlo ni sustituirlo, consultando la prevalencia del derecho sustancial, el acceso a la administraci�n de justicia y la soluci�n real de los conflictos (�)� (C.S.J. Sent. de 19 de septiembre 2009, Exp. 17001-3103-005-2003-00318-01).

Por eso, destac� la Corte en la misma decisi�n, �(�) la labor judicial interpretativa de la demanda, implica un an�lisis serio, fundado y razonable de todos sus segmentos, �siempre en conjunto, porque la intenci�n del actor est� muchas veces contenida no s�lo en la parte petitoria, sino tambi�n en los fundamentos de hecho y de derecho� y �[n]o existe en nuestra legislaci�n procedimental un sistema r�gido o sacramental que obligue al demandante a se�alar en determinada parte de la demanda o con f�rmulas especiales su intenci�n, sino que basta que ella aparezca claramente en el libelo, ya de una manera directa o expresa, ya por una interpretaci�n l�gica basada en todo el conjunto de la demanda� (XLIV, p. 527;

XIV, 488 y 833; LXI, 460; CXXXII, 241; CLXXVI, 182 y CCXXV, 2� parte, 185). Por lo anterior, el defecto de claridad del libelo genitor de un proceso, puede y debe disiparse mediante su interpretaci�n racional, l�gica, sistem�tica e integral y s�lo �cuando la demanda sea tan vaga que (�) no permita indagaci�n de su real sentido, lo que corresponde es que se la desestime como inepta� (CLXXXVIII, 169).� (�)� (Sent.

Cas. Civ. No. 084 de 27 de agosto de 2008; subrayas de la Sala). (C.S.J. Sent. de 19 de septiembre 2009, Exp. 17001-3103-005-2003-00318-01). 3.7.- En cuanto a la restante censura de los llamados a juicio, debe decirse que no anduvo desafortunado el a quo en ordenar que el inmueble materia de la convenci�n simulada, volviera a manos de la sucesi�n de Carlos Enrique Roa Ardila, y no de Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez, pues es apenas l�gico que el bien materia de la negociaci�n ficticia, en virtud de las restituciones mutuas que deben operar en ese evento, retorne a su verdadero propietario, y no a manos de quien lo enajen� por mandato de aqu�l. En ese sentido la Corte Suprema de Justicia, ha indicado: �(�) En la acci�n de simulaci�n, que es el caso de autos, la ley, no ha reglamentado expresamente las consecuencias que deben desprenderse en el evento de que haya que impon�rsele al demandado la obligaci�n de restituir la cosa a su verdadero due�o y se confronten las mismas circunstancias o hechos mencionados; pero se comprende f�cilmente que la soluci�n a que debe llegarse al respecto es la misma que la ley consagra en las aludidas acciones de nulidad, reivindicatoria y rescisoria, no s�lo porque subsisten los mismos motivos de equidad que para �stas la han determinado, sino porque razones de analog�a imponen al juzgador el deber de aplicar las leyes que regulan casos o materias semejantes (art. 8�, Ley 153 de 1887), y tambi�n porque las disposiciones sobre prestaciones mutuas tienen tal generalidad que de suyo son aplicables para regular las indemnizaciones rec�procas, en todos los casos en que un poseedor vencido pierda la cosa y sea obligado a entregarla a quien le corresponde� (G.J. LXIII, p�g. 658) (�)�. 3.8.- Finalmente, la inconformidad planteada frente a las agencias en derecho, fijadas por el juez de primer grado, es pertinente advertir al extremo pasivo que -seg�n lo previsto en el inciso 2� del art�culo 393 del C�digo de Procedimiento Civil, aplicable al caso-, tal reclamaci�n �nicamente es procedente �(�) mediante objeci�n a la liquidaci�n de costas (�)�. 4�- De todo cuanto viene de decirse y no hallando prosperidad los motivos de discrepancia blandidos por los impugnantes, se confirmar� el fallo de primer grado, sin efectuar condena en costas en esta instancia, ante las resultas del proceso.

V. DECISION: En m�rito de lo expuesto, el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogot� D.C., en Sala Civil de Decisi�n, administrando Justicia en nombre de la Rep�blica de Colombia y por autoridad de la Ley, RESUELVE:

PRIMERO. CONFIRMAR la sentencia de procedencia y fecha anotadas, de acuerdo con las razones expuestas en los considerandos.

SEGUNDO. SIN CONDENA en costas en esta instancia.

TERCERO. Una vez cobre ejecutoria este prove�do, ordenar la DEVOLUCI�N del expediente al despacho de origen. NOTIF�QUESE Y C�MPLASE JUAN PABLO SU�REZ OROZCO Magistrado (044200800445-03) GERM�N VALENZUELA VALBUENA Magistrado (044200800445-03) LUIS ROBERTO SU�REZ GONZ�LEZ Magistrado (044200800445-03) 34Por la que Carlos Enrique Roa Montoya �englob� el predio que le vendiera Mar�a Celmira Montoya Gonz�lez con poder de Diana Mar�a Roa Santos a Carlos Enrique Roa Montoya, que corresponde al lote ubicado en la carrera 9� No. 4 -64 de Tocaima, con folio de matr�cula inmobiliaria No. 307-35306, con el lote anteriormente aludido (matr�cula inmobiliaria No. 307-23564), obteniendo el folio de matr�cula No. 307-69878. 35 Por la que Carlos Enrique Roa Montoya vendi� a Leonor Mar�a Bustamante Mogoll�n y Jos� Humberto Mart�nez Guevara, el predio identificado con matr�cula inmobiliaria No. 307-69878.  C.S.J. Cas.

Civil. Sentencia 1 de agosto de 2014. Exp.11001-31-10-013-2005-01034-01  Este principio emana del art�culo 228 de la Constituci�n, en armon�a con el precepto 1� de la Ley 270 de 1996, en cuanto se�ala que �la Administraci�n de Justicia es la parte de la funci�n p�blica que cumple el Estado encargada por la Constituci�n Pol�tica y la ley de hacer efectivos los derechos, obligaciones, garant�as y libertades consagradas en ellas, con el fin de realizar la convivencia social y lograr y mantener la concordia nacional�  CSJ.

Cas. Civil. 13 dic. 2013. Exp. 01651-01.  Se elimina lo subrayado en el texto original.  C.S.J. Cas Civil. 18 sep. 2013. Exp. 2005-00027-01.  En este sentido, esta Corporaci�n estudiando un asunto de similares contornos, consider� que �(�) no se acced[�a] a la restituci�n de los frutos civiles producidos por el inmueble de marras, dado que no se acredit� su causaci�n, ni mucho menos su cuant�a, pese a que tal labor era del resorte exclusivo de los demandantes (art. 177, C. de P. C.) (�)� (Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogot� D.C., 22 feb. 2010.

Exp. 2005 00635 01).  C.S.J. as. Civil. 29 de noviembre de 1993.  L�PEZ BLANCO, Hern�n Fabio. Instituciones de Derecho Procesal Civil Colombiano. Parte General Tomo I, s�ptima edici�n, Dupr� Editores, p�gs. 585 y ss.  C.S.J. Cas. Civil. 3 mar. 2015. Exp. 2007-00600-02.  C.S.J. Cas. Civil. 12 dic. 2000. Exp. 5225.     PAGE  Ordinario 11001310304420080044503 de Carlos Enrique Roa Ardila en contra de Carlos Enrique Roa Montoya y otros. 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