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H: 5:30 p.m. Manizales, ocho de noviembre de dos mil trece. ASUNTO: Procede la Sala a resolver el recurso de apelaci�n interpuesto por la FISCAL�A en contra de la sentencia proferida el d�a 30 de septiembre de 2011 por el Juzgado Penal del Circuito de Salamina, Caldas, mediante la cual fue absuelto el se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ, luego de que se le procesara como autor de los delitos de TENTATIVA DE HOMICIDIO AGRAVADO y FABRICACI�N, TR�FICO Y PORTE DE ARMAS DE FUEGO.
HECHOS: En la vereda �San Antonio� del municipio de Aranzazu, Caldas, el d�a 14 de octubre de 2008 se llev� a cabo un festival dentro de las instalaciones de la escuela, espacio al que asistieron muchas personas que departieron, festejaron y libaron licor. En la postrimer�a de tal festividad, siendo aproximadamente las 2:00 a.m. se present� una situaci�n an�mala, en la que el se�or Juan Carlos Mar�n Idarraga intentaba huir de la escuela para evitar el ataque que por la espalda y con arma de fuego se desplegaba en su contra; huida que se torn� infructuosa, como quiera que recibi� m�ltiples impactos de bala en su cuerpo que colocaron en vilo su vida, la que no perdi� por la pronta e id�nea atenci�n m�dica que recibi�.
Cuando la Polic�a lleg� al lugar de los hechos, dos de los testigos que estuvieron presentes al momento del embate, refirieron que su autor ya se hab�a ido del lugar pero que se trataba del se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ, raz�n por la que en contra de �l se germin� el proceso que ahora nos ata�e. ACTUACI�N DE INSTANCIA: 3.1. Surtido el procedimiento bajo los par�metros contenidos en la Ley 906 de 2004, ante el Juzgado Promiscuo Municipal de Aranzazu, Caldas, el d�a 12 de octubre de 2010 se realiz� audiencia de formulaci�n de imputaci�n, a trav�s de la cual se le atribuy� responsabilidad al se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA como autor responsable del concurso heterog�neo de conductas punibles de Homicidio agravado [en grado de tentativa] y Fabricaci�n, tr�fico y porte de armas de fuego o municiones, consagradas, respectivamente, en los art�culos 104 y 365 del C.P. En tal oportunidad, el imputado fue declarado persona ausente, raz�n obvia por la que no se abri� la oportunidad para un allanamiento a cargos. 3.2.
A continuaci�n la Fiscal�a present� escrito de acusaci�n, correspondi�ndole el conocimiento del asunto al Juez Penal del Circuito de Salamina, Caldas; funcionario que program� la audiencia para su formulaci�n oral el d�a 24 de febrero de 2011, data en la que fue vanamente recusado, luego de lo cual se retom� la diligencia el 4 de abril de 2011, para que la Fiscal�a endilgara definitivamente el conato de homicidio agravado en concurso con el delito atentatorio de la Seguridad P�blica. 3.3.
El d�a 11 de mayo de 2011 se efectu� la audiencia preparatoria, dentro de la cual se deprecaron y decretaron las pruebas a practicar en el juicio oral que se adelant� los d�as 22, 23 de junio y 25 de julio de la misma anualidad, culminando con un sentido del fallo absolutorio, pese a que la Fiscal�a reclam� con sus alegatos de conclusi�n condena por los delitos de tentativa de homicidio simple y porte ilegal de armas.
LA SENTENCIA El d�a 30 de septiembre de 2011, el Juez de conocimiento profiri� la sentencia absolutoria que correspond�a, aduciendo que la materialidad de la conducta homicida estaba plenamente acreditada, como no lo referente a la responsabilidad del se�or LOAIZA P�REZ, en tanto se cont� con el testimonio de la mam� de la v�ctima que, sin conocer directamente lo sucedido, ofreci� respuestas confusas, tambi�n con el testimonio de dos sujetos que estuvieron en el lugar de los hechos pero quienes adujeron en juicio no haberse percatado de lo sucedido, pues �nicamente supieron de un alboroto que termin� con un herido que llevaron al hospital; y tambi�n con la declaraci�n de servidores de polic�a judicial y otros testigos que no permit�an la determinaci�n del responsable del ataque.
Acerca de los dos testigos presenciales que presentaban inconsistencias entre lo dicho en juicio y en entrevista previa, adujo el a quo que no hab�a lugar a un examen de tales inconsistencias, puesto que las entrevistas acaudaladas en este asunto no pod�an apreciarse por su consecuci�n ilegal, en tanto el art�culo 206 del C�digo de Procedimiento Penal se�ala que ser�n recaudadas por la polic�a judicial, mas no por la polic�a de vigilancia -como aqu� ocurri� al ser tomadas por la patrullera Adriana Tabares, Secretaria de la Estaci�n de Polic�a de Aranzazu-, lo que constituy� un tr�mite irregular, no d�ndose aviso pronto a las autoridades de polic�a judicial, las cuales s� se encontraban en el distrito de polic�a de Salamina, con la posibilidad de arrimar a Aranzazu en un lapso aprox. de 30 minutos.
De esta manera, que la agente de polic�a de vigilancia tomara las entrevistas directamente, antes que informar a las autoridades de polic�a judicial que con prontitud pod�an llegar al lugar de los acontecimientos, no encontr� justificaci�n para el Juez, quien excluy� las entrevistas, quedando as� con pleno vigor lo dicho por los dos testigos en juicio, escenario en el que no aportaron informaci�n relevante para endilgarle responsabilidad al procesado que, en consecuencia, deb�a ser absuelto, ante una ligera o improvisada labor investigativa.
LA APELACI�N Una vez notificada a las partes actuantes la decisi�n en estrados, se les dio la posibilidad de interponer el recurso de apelaci�n contra ella, siendo el representante de la Fiscal�a el �nico sujeto procesal que hizo uso de dicha prerrogativa, reclamando del Tribunal la nulidad del tr�mite o la revocatoria del fallo absolutorio. 5.1.
Para fundamentar la solicitud de nulidad plante� el Agente persecutor que el Juez parti� de una err�nea interpretaci�n del art�culo 384 de la Ley 906 de 2004, porque ante la solicitud expresa de la Fiscal�a para que ordenara la conducci�n de la v�ctima [previamente citado y renuente] a rendir testimonio, desarroll� una equivocada ponderaci�n de derechos con la que desconoci� la prevalencia del inter�s general, no ordenando la conducci�n del testigo principal y, en consecuencia, dejando as� a disposici�n de �ste el esclarecimiento de la verdad dentro de un asunto investigable de oficio, mas no querellable, en el que se toler� que, pese a estar debidamente citado el agraviado, incumpliera su deber de colaboraci�n con la administraci�n de justicia y, por consiguiente, que el proceso se entorpeciera porque simplemente aqu�l no mostr� inter�s, todo lo cual se dio en detrimento de la leg�tima labor acusatoria de la Fiscal�a. 5.2.
De otra parte, para respaldar el pedimento de revocatoria, plante� el Censor que las entrevistas s� se pod�an estimar, atendiendo que el art�culo 201 del C�digo de Procedimiento Penal dispone que en los lugares en que no hubiere miembros de la polic�a judicial, estas funciones las puede ejercer la Polic�a Nacional, lo cual ocurri� aqu�; sumado a que las entrevistas no pueden asemejarse a los elementos materiales probatorios ni evidencia f�sica acera de los cuales la Polic�a Judicial tiene que dar pronto aviso a las autoridades de polic�a judicial.
As�, propuso el Apelante la sustituci�n del fallo absolutorio, a trav�s del cotejo de dos testigos que en juicio fueron reticentes a contestar lo que ya hab�an dicho en unas entrevistas a las que no pod�a rest�rseles absoluto poder probatorio y que, analizadas en conjunto con las dem�s probanzas, permit�an concluir que CARLOS ANDR�S LOAIZA s� fue el responsable, m�xime cuando nos encontramos en un sistema penal en el que los recursos son limitados, lo que hace que no deba exigirse que un polic�a judicial haga presencia para poder adelantar las averiguaciones de un delito.
Sobre este mismo t�pico ratific� el Fiscal delegado que el Juez ha interpretado indebidamente la aplicabilidad de las entrevistas, siendo as� como ha terminado sugiriendo que la intimidaci�n y el chantaje constituyen f�rmula expedita para lograr un fallo absolutorio si los testigos se retractan, al omitir que al utilizarse para impugnar la credibilidad y ser objeto de inmediaci�n y contradicci�n pueden llegar a ser insumo importante para determinar la credibilidad de un testigo, siempre y cuando corrobore que la declaraci�n previa s� fue ofrecida por �ste.
Finalmente, acerca de la materialidad de la conducta de porte ilegal de armas, argument� el Impugnante que era equivoco pensar que el �nico medio de prueba v�lido es el certificado expedido por el Departamento de Control y Comercio de Armas, Municiones y Explosivos del Comando General de las Fuerzas Armadas, por lo que atendiendo la libertad probatoria no pod�a soslayarse el informe del m�dico forense en el que, categ�ricamente, se plasm� que las heridas de la v�ctima ten�an como mecanismo causal proyectil de arma de fuego.
CONSIDERACIONES Se constituye en hecho irrebatible que en la madrugada del 15 de octubre del a�o 2008 el se�or Juan Carlos Mar�n Idarraga fue atacado con arma de fuego mientras depart�a en el festival que en tal data se desarrollaba en la escuela de la vereda �San Antonio� del municipio de Aranzazu, recibiendo varios impactos de bala que pusieron en riesgo su vida, la que finalmente se salv� por la eficiente atenci�n m�dica que se le dispens�.
Ahora, para el Juez de primera instancia imperaba absolver al sujeto procesado por estos hechos, argumentando que con ning�n deponente se logr� su se�alamiento, sumado a que las entrevistas en las que otra informaci�n se aportaba no eran susceptibles de estimaci�n por ilegalidad en su consecuci�n. El �rgano Persecutor, inconforme con tal determinaci�n, reclama ahora, de una parte, la declaratoria de nulidad por no haberse ordenado la conducci�n del testigo v�ctima que era fundamental para sacar avante su teor�a del caso; y de otra, ha demandado la revocatoria del fallo, aduciendo que las entrevistas s� fueron legalmente acaudaladas y, por tanto, deb�a ten�rseles en cuenta para dilucidar que los dos testigos presenciales mintieron en juicio y ocultaron lo que sab�an y previamente relataron, esto es, que CARLOS ANDR�S LOAIZA era el responsable del delito de tentativa de Homicidio Simple por el que se pidi� condena, sumado al delito de Porte Ilegal de Armas que tambi�n estaba acreditado, independiente de cualquier certificaci�n de las Fuerzas Armadas.
Pues bien, ante tales antecedentes y motivos de disenso, considera la Sala que la manera correcta de desatar la alzada ser� estudiando, en su orden, los siguientes temas: (i) conducci�n de la v�ctima para que ofrezca su testimonio; (ii) formalidades para la recepci�n de entrevistas; (iii) utilizaci�n de las mismas en la pr�ctica de pruebas y su valoraci�n. Todo lo anterior para adoptar una determinaci�n acerca del (iv) delito contra la Vida, luego de lo cual resultar� oportuno estudiar lo referente a (v) los elementos a probar en el delito de Tr�fico, fabricaci�n o porte de armas de fuego y municiones. 6.1.
Conducci�n de la v�ctima para que ofrezca su testimonio. Al verificar el registro de la audiencia de juicio oral, se constata que la Fiscal�a, argumentando su imposibilidad de lograr la comparecencia de la v�ctima Juan Carlos Mar�n, deprec� su conducci�n en los t�rminos del art�culo 384 del C�digo de Procedimiento Penal, atendiendo que �ste hab�a hecho caso omiso de los m�ltiples llamados que la judicatura le hab�a realizado.
Pues bien, de un cotejo del expediente se advierte que desde el momento en que la fase de juzgamiento inici�, no se logr� entregar una citaci�n directamente siquiera a la v�ctima, por cuanto, en la direcci�n que de �l se ten�a adujeron ya no resid�a, inform�ndose adem�s que ya viv�a en el departamento de Antioquia, sin que se conociera una direcci�n exacta para ubicarlo.
Por lo anterior, se intent� comunicaci�n con familiares y conocidos que le pudiesen informar al se�or Mar�n de la realizaci�n de las audiencias, y por ello es que en el expediente hay varios informes de citadur�a en los que, no se certifica haber tenido comunicaci�n directa con la v�ctima, pero s� se refiere que terceras personas le dar�an a conocer de la realizaci�n de diligencias en un proceso cuyo adelantamiento conoc�a, tanto as� que particip� de �l en sus inicios.
Sumado a lo anterior, a trav�s de la madre de la v�ctima se conoci� que �l sab�a de la convocatoria que la Judicatura le hac�a para que ofreciera su testimonio, pero que se encontraba imposibilitado econ�micamente para un viaje desde Carepa, Antioquia, aspecto que no pas� del mero dicho, en tanto no se constat�. No obstante lo dicho, tambi�n se desprende del discurrir procesal que desde el Juzgado s� se logr� notificar al se�or Mar�n Idarraga acerca de la celebraci�n del juicio oral en el que se requer�a su presencia, as� lo certific� el Juez en audiencia, lo que gener� que el funcionario determinara que su no comparecencia era voluntaria, es decir, no era consecuencia de factores externos sino de un aut�nomo desinter�s en las resultas del proceso, aspecto que tuvo en cuenta el Juzgador para concluir que, al tenor del art�culo 11 del C�digo de Procedimiento Penal, no era procedente su conducci�n. En lo relacionado con tal determinaci�n, la Fiscal�a interpuso recurso de reposici�n que no sali� avante, y hasta hoy a�n reprueba la decisi�n, lo que considera la Sala ha hecho con plena raz�n, puesto que se discurre que el a quo desconoci� que el testimonio del se�or Juan Carlos Mar�n no se requer�a para lograr satisfacer sus pretensiones privadas, de las que parec�a renunciar t�citamente, sino que se solicitaba para esclarecer un important�simo asunto de orden p�blico en el que la sociedad tiene inter�s en que se conozca lo realmente ocurrido y que se haga justicia. De ah� que se trate de un delito investigable de oficio, independiente de las aspiraciones de la v�ctima.
Y no es que tales aspiraciones deban obviarse o pisotearse, pero es que tampoco puede ser el inter�s o desinter�s de la v�ctima en la resoluci�n del caso el aspecto a evaluar para buscar el esclarecimiento de la verdad, siendo as� como aquella encomiable labor de persecuci�n asignada a la Fiscal�a de aquellas conductas m�s reprobables socialmente, no puede truncarse por la voluntad de la persona sobre la que recae el delito.
Lo anterior para decir que en este asunto ello fue lo que ocurri�, pues nos hallamos ante un indebido examen de ponderaci�n en tanto el Juzgador sobrevalor� a la v�ctima y, en consecuencia, le dio indebido poder sobre el futuro de la acci�n penal, omitiendo que su titular es la Fiscal�a, parte principal en el proceso penal que en este caso consideraba indispensable la concurrencia de la v�ctima, prop�sito leg�timo y legal que fue desestimado de manera err�nea.
Desestimaci�n con la que, en �ltimas, se desconoci� que el hecho de ser agraviado no necesariamente dispensa del deber que como ciudadano se tiene de atender al llamado de la administraci�n de justicia cuando se es citado como testigo, para aportar informaci�n que coadyuve la pretensi�n estatal, que no particular o privada, de lograr una convivencia pac�fica y un orden justo.
M�xime si se trata de un delito de gran envergadura que, iterase, es investigable de oficio. Y a prop�sito de ello, sea del caso mencionar que ni siquiera cuando se trata de un delito querellable, el agraviado est� legitimado para hacer un desplante a la audiencia, puesto que incluso en trat�ndose de tales ilicitudes, se espera que la v�ctima sea responsable y asista, cuando menos, a dimitir de su reclamo de justicia, y no que evada sus responsabilidades, como aqu� ocurri�.
As� las cosas, habr� de rubricar la Sala que, en este caso, se estaba ante un testigo que pese a ser citado se neg� a comparecer, clara contingencia que hac�a viable que el Juez, sin miramientos por tratarse de la v�ctima, acudiera a la medida especial que consagra la Ley para asegurar su comparecencia, como era ordenar su conducci�n por parte de la Polic�a Nacional para que fuera tra�do a la sede de la audiencia. Tal fue un yerro del Juzgador que no puede tildarse de insignificante, sino que afect� la pr�ctica de la prueba testimonial previamente decretada, siendo as� como se actualiza el elemento trascendencia que en principio legitimar�a el acudir al remedio extremo de la nulidad.
No obstante, tan grave sanci�n no se decretar�, porque acudiendo a par�metros de l�gica y criterios pragm�ticos, se colige que pasados m�s de dos a�os desde el juicio oral, gran dificultad generar�a volver a conseguir la concurrencia de los testigos; de otra parte, de lograrse la asistencia del agraviado, dadas las circunstancias, dif�cilmente podr�a esperarse que haya decidido cambiar de postura y por ello no puede formarse un buen pron�stico de su deponencia y, finalmente [siendo lo m�s importante] como quiera que con la presente decisi�n se revocar� parcialmente la decisi�n absolutoria adoptada primigeniamente, se considera inane repetir una pr�ctica de pruebas que, como pasar� a exponerse, desde un comienzo fue suficiente para proferir un fallo de condena. 6.2.
Formalidades para la recepci�n de entrevistas. Como bien es sabido le corresponden a la Fiscal�a General de la Naci�n las averiguaciones acerca de los hechos que revistan las caracter�sticas de delito, teniendo a su mano para tan relevante deber numerosas herramientas legales que facilitaran encauzar la indagaci�n, entre las que est�n las entrevistas, las cuales, a solicitud del Fiscal delegado o por prop�sito aut�nomo de los agentes de polic�a judicial, pueden tom�rsele a las personas que aparezcan como v�ctimas, testigos presenciales de la conducta punible o que posean informaci�n valiosa y �til que esclarezca el asunto y/o sirva para darle rumbo al plan metodol�gico.
En todo caso, independientemente de la teleolog�a que tenga asignado este medio t�cnico de indagaci�n e investigaci�n, lo que no puede perderse de vista es que la validez de la entrevista se encuentra supeditada a que sea tomada en un marco de legalidad, respetando los derechos, tanto de quien es investigado, como de quien es entrevistado.
En este sentido, el Legislador estableci� que para su pr�ctica deben observarse las reglas t�cnicas pertinentes, lo que seg�n el Manual T�cnico de Polic�a Judicial que cre� el Consejo Nacional de la Polic�a Judicial, implica para el entrevistador: (i) emplear medios id�neos para la recolecci�n y conservaci�n de sus resultados; (ii) respetar el derecho a no auto-incriminarse;
(iii) realizarla en un ambiente privado, c�modo y que brinde confianza; (iv) informar el motivo y prop�sito de la diligencia; (v) no tomar juramento, pero s� lograr la identificaci�n plena del entrevistado; (vi) permitirse ofrecer un relato espont�neo, sin la elaboraci�n de preguntas sugestivas; (vii) elaborar preguntas complementarias para aclarar dudas, y al final (viii) verificar la informaci�n recaudada, colocarla de presente al entrevistado y hacerle firmar en constancia. Visto lo anterior se encuentra que tales par�metros buscan la consecuci�n de datos relevantes, sin tratarse de f�rmulas dirigidas que colmen de solemnidad a la diligencia de entrevista, lo que es de esperarse de un acto investigativo informal en el que no se toma juramento y lo �nico que se espera es conseguir informaci�n �til, claro est�, sin desconocer garant�as fundamentales.
Pues bien, se hace referencia a lo precedente para decir que en el presente asunto nos hallamos ante dos entrevistas en las que se utiliz� el formato de polic�a judicial asignado para tales efectos, quedando as� correctamente protegido su contenido por escrito, pudi�ndose abstraer de �l que de los entrevistados se tomaron los datos personales, se les inform� el motivo de la diligencia, no se obtuvo informaci�n que los incriminar�, como tampoco a familiares, y se les permiti� que ofrecieran una versi�n espont�nea de los hechos, luego de lo cual se ahond� en detalles sin direccionar las respuestas, para finalmente tomar la firma de aquellos que, como de manera veros�mil lo adujo la entrevistadora en juicio, se encontraban en pleno uso de sus facultades mentales y conscientemente supieron del contenido de las entrevistas, las cuales firmaron a voluntad.
De esta manera, las entrevistas fueron conseguidas sin traumatismos o alteraciones en la forma como com�nmente se realizan y obtienen, siendo motivo de controversia el hecho de que fueran tomadas por una patrullera de la Polic�a Nacional, mas no por un activo de la Polic�a Judicial. Sobre el particular quiere apuntar la Sala que, en efecto, al tenor del art�culo 206 del C�digo de Procedimiento Penal, las entrevistas est�n enlistadas como uno de los actos urgentes e investigativos de conductas punibles, lo que significa que est�n llamadas a ser tomadas �nicamente por servidores de polic�a judicial, siendo as� irregular el hecho de que se obtengan a trav�s de la gesti�n de un gendarme no adscrito a una unidad de investigaci�n criminal.
Empero, no significa lo anterior que las entrevistas puedan adquirir validez exclusivamente cuando son tomadas por polic�a judicial, encontr�ndose la excepci�n en el hecho de poder ser diligenciadas por la Polic�a Nacional en aquellos lugares que no hubiese policiales de investigaci�n; a lo que se suma que la Defensa tambi�n puede, a trav�s de investigador privado, realizar entrevistas, lo cual ratifica que no es necesariamente el sujeto entrevistador el que otorga legitimidad a la entrevista, sino m�s bien el respeto de las garant�as que el acto demanda.
Y claramente no es lo anterior la apolog�a de la informalidad en las entrevistas, pero s� es la advertencia de que no puede depender la legalidad de la entrevista de la exclusiva contingencia de qui�n la toma, raz�n por la que, si bien es irregular que un polic�a de vigilancia [y no judicial] tome la entrevista, siendo ello un bache en la investigaci�n, no puede considerarse de tal entidad como para excluir sus resultados, cuando se ha respetado la t�cnica para su consecuci�n y, sumado a lo anterior, aparece que la intervenci�n del agente de la Polic�a Nacional no es caprichosa o irrazonable, sino que obedeci� al hecho de que en la zona no hab�a un servidor de Polic�a Judicial cercano. De esta manera, no desconoce la Sala que pasadas aproximadamente 15 horas desde la ocurrencia de un il�cito que se present� en la madrugada, era coherente que la polic�a judicial de Salamina ya estuviese en Aranzazu para atender el caso, pero la realidad es que ello no acaeci� [sin conocerse si por negligencia de la Polic�a Nacional que deb�a informar acerca del asunto o de la SIJIN que deb�a trasladarse], raz�n por la que una patrullera de la Polic�a Nacional en atenci�n a lo dispuesto por el par�grafo del art�culo 201 del C.P.P., queriendo lograr informaci�n �til, despleg� el acto urgente de entrevistar a dos testigos presenciales, haci�ndolo con apego a la t�cnica que debe atenderse a la hora de entrevistar.
Todo ello adem�s bajo el crisol del art�culo 113 de la Constituci�n Pol�tica, que a las autoridades p�blicas, pese a la existencia de precisas funciones, les impone la gen�rica de colaboraci�n arm�nica para la realizaci�n de los fines del Estado, lo que legitima que una servidora de la Polic�a Nacional actuara en aras de acaudalar la informaci�n que permitiera esclarecer un asunto de inter�s colectivo.
Y, ciertamente, se ratifica y se reitera lo irregular de tal proceder; sin embargo, no puede ello conducir a determinar la exclusi�n de lo acaudalado, en tanto que -categ�ricamente- ha determinado la jurisprudencia que no toda contradicci�n al ordenamiento jur�dico o incumplimiento de los requisitos legales dan cabida a la exclusi�n de la prueba y/o su p�rdida de valor suasorio. �La prueba ilegal se genera cuando en su producci�n, pr�ctica o aducci�n se incumplen los requisitos legales esenciales, caso en el cual debe ser excluida, como lo indica el art�culo 29 Superior. �En esta eventualidad, corresponde al juez determinar si el requisito legal pretermitido es esencial y discernir su proyecci�n y trascendencia sobre el debido proceso, toda vez que la omisi�n de alguna formalidad insustancial, por s� sola no autoriza la exclusi�n del medio de prueba.� En reiteradas oportunidades ha dicho tambi�n la Corte Suprema de Justicia: �En efecto, el art�culo 29 de la Constituci�n Pol�tica, rector del debido proceso, en la parte final contiene la regla general de exclusi�n probatoria, donde se determina que toda prueba obtenida con violaci�n a este principio es nula de pleno derecho. �De anta�o, la Sala se viene ocupando del tema y ha dejado dicho que la exclusi�n opera de diversas maneras y genera consecuencias distintas, seg�n obedezca a si se trata de prueba il�cita o prueba ilegal. �Se entiende por la primera �il�cita-, la obtenida: a) con desconocimiento de los derechos fundamentales de las personas, tales como: i) dignidad humana, ii) debido proceso, iii) intimidad, iv) no autoincriminaci�n, v) solidaridad �ntima y; b) la sometida para su producci�n, pr�ctica o aducci�n a torturas, tratos cueles, inhumanos o degradantes, sea cual fuere el g�nero o la especie del medio de convicci�n as� logrado. �Esta clase de prueba sin otra consideraci�n, de manera forzosa debe ser excluida y no podr� hacer parte de los elementos de persuasi�n sometidos al escrutinio racional del juez en la adopci�n de la decisi�n del asunto bajo su discernimiento, actividad primaria de verificaci�n de la validez, donde el operador de justicia no puede anteponer su discrecionalidad, so pretexto de la prevalencia de los intereses sociales. �En otro sentido, la segunda clase de prueba �ilegal o irregular-, se genera, cuando en su producci�n, pr�ctica o aducci�n en los actos de investigaci�n se desconocen los presupuestos legales esenciales, pero a diferencia de la anterior, s�lo debe ser excluida como lo indica el art�culo 29 superior, cuando el juez determine, que el requisito pretermitido le es fundamental, carencia que trasciende hasta soslayar el debido proceso, pues la simple omisi�n de formalidades y previsiones legislativas insustanciales por s� solas, no facultan la supresi�n del medio de prueba�.
(Negrillas y subrayado por fuera del texto original). La idea contenida en el aparte subrayado fue tenida en cuenta por el Juez de primer nivel en la parte considerativa del fallo, cuando cit� la sentencia 31127 del 20 de mayo de 2009 en la que tambi�n se dijo que la pretermisi�n o afectaci�n legal deb�a ser esencial para ocasionar la exclusi�n del elemento de prueba acaudalado.
Pero sin concluir, como lo hace ahora esta Sala, que ninguna garant�a fundamental del encartado o de los entrevistados se estaba transgrediendo, as� como que el hecho de que la patrullera de la Polic�a Nacional hubiese tomado las entrevistas en nada afect� el debido proceso, como quiera que, adem�s de haber respetado los c�nones t�cnicos para la realizaci�n de una entrevista, ha quedado evidenciado no obr� de manera antojadiza o caprichosa, sino porque en el municipio en que ejerc�a sus funciones no hab�a polic�a judicial, la que deb�a desplazarse desde Salamina.
Aspecto este �ltimo difuso, como quiera que el art�culo 201 del C.P.P. reza que �en los lugares del territorio nacional donde no hubiere miembros de polic�a judicial de la Polic�a Nacional, estas funciones las podr� ejercer la Polic�a Nacional� sin que haya una claridad si cuando la norma habla de los lugares del territorio se refiere a nivel municipal [como lo entendi� la patrullera entrevistadora] o a nivel de distrito policial.
De acuerdo, pues, a lo que viene de exponerse, debe concluirse que las dos entrevistas tomadas por la patrullera Adriana Tabares Yepes no deb�an excluirse y, por consiguiente, s� ten�an y tienen la vocaci�n suficiente para hacer parte del plexo probatorio, constat�ndose que su consecuci�n fue inusual, pero sin ser ello trascendental para afectar la legalidad de tales medios de prueba, ni socavar el debido proceso del procesado y mucho menos colocar en vilo las garant�as de los entrevistados que, por voluntad propia, decidieron en tal oportunidad colaborar ante la autoridad para el esclarecimiento del caso. 6.3.
Utilidad de las entrevistas en la pr�ctica de pruebas y su valoraci�n judicial. Evidenciado que no deb�an excluirse el par de entrevistas leg�timamente empleadas en este caso, resulta entonces necesario proceder a pronunciarnos acerca de la utilidad que bajo nuestra sistem�tica de juzgamiento pueden llegar a tener. 6.3.1. Pues bien, legalmente se ha establecido que las entrevistas s�lo poseen dos precisas finalidades en la pr�ctica de pruebas en juicio oral, cuales son: refrescar la memoria del testigo e impugnar su credibilidad; aspectos que, d�gase con contundencia, son innegables, pero que no se oponen al criterio, seg�n el cual, ellas constituyen tambi�n importante elemento de juicio para dilucidar lo realmente ocurrido, todo lo cual perfila que cuando son ingresadas en legal forma y garantiz�ndose los principios de inmediaci�n, publicidad y contradicci�n, integran el testimonio con el que se les ha presentado.
De esta forma es que la jurisprudencia acerca de las entrevistas ha determinado que, siempre y cuando, (i) sean legalmente aducidas en juicio, (ii) queden sujetas a contradicci�n y (iii) su contenido sea discutido por las partes, puede asign�rseles valor suasorio [m�s all� de su simple utilidad para impugnar credibilidad] para convertirse en importante base para sustentar una acusaci�n o respaldar la inocencia del procesado.
As�, que las entrevistas no sean fortalecidas y/o confirmadas en la audiencia de juicio oral y p�blico por los testigos que las rindieron, no significa que inexorablemente est� vedada su valoraci�n como prueba dentro de la actuaci�n, pues su introducci�n legal en la fase probatoria y su controversia por las partes, las convierte en medios de conocimiento aptos para ser estimadas por el Juez de conocimiento, eso s�, de acuerdo con las reglas de la sana cr�tica.
Al respecto la jurisprudencia ha indicado: �Es palmario que si ante el �rgano de indagaci�n e investigaci�n dijo una cosa y en la audiencia de juicio oral y p�blico dijo otra (u opt� por no responder absolutamente nada �aqu� alg�n testigo tuvo esa actitud), el testimonio como evidencia del juicio que es, articulado con la evidencia que se suministre al proceso (entrevista, documento, acta, reconocimiento, video, etc.), y con el dicho del �rgano de investigaci�n e indagaci�n (Polic�a Judicial, experto t�cnico o cient�fico, testigo acreditado, etc.), ofrecen de hecho un di�logo a partir del cual es leg�timo hacer inferencias probatorias a la luz de la contemplaci�n material de la prueba testimonial, documental, etc.. �Esa es la esencia del papel del juez! (�) �El proceso penal es y sigue siendo un proceso dial�gico (Sentencia del 19/06/2003; rad.
No. 18483) y la esencia del papel del juez radica en auscultar la credibilidad de todos los medios de conocimiento legalmente establecidos (pruebas directas, documentos, testimonios directos e indirectos, videos, cintas magnetof�nicas, pruebas de referencia, inferencias l�gicas, etc.) todo ello dentro del marco de la Constituci�n, la ley y el respeto de los derechos fundamentales (Auto de casaci�n del 02/11/2006, rad.
N�m. 26089). �Por ello, la Sala expresa su criterio en el sentido de que las pruebas legalmente aducidas a la audiencia del juicio oral y p�blico por el representante del �rgano de Indagaci�n e Investigaci�n a trav�s de testigos de acreditaci�n, despu�s de aportadas leg�timamente y puestas a la orden de la controversia, son pruebas del proceso y por consiguiente apreciables seg�n los criterios de cada medio de convicci�n, tanto como el testimonio de persona renuente, cuya contemplaci�n material es susceptible de conjurarse con la versi�n que suministre el testigo de acreditaci�n. �Es por ello por lo que formatos de entrevistas, las actas de reconocimiento fotogr�fico, las actas de reconocimiento a trav�s de fotograf�as, los videos relativos a reconocimientos a trav�s de fotograf�as y en fila de personas (Arts. 205, 206, 252, 253, 275) que fueron aducidos y admitidos por el Juez como prueba en la audiencia del juicio oral, son medios de conocimiento susceptibles de apreciaci�n por el juez del caso a trav�s de las reglas que rigen cada medio de convicci�n en concreto. �De otra parte, es cierto que las entrevistas adquieren valor para efectos de la impugnaci�n de la credibilidad del testimonio al tenor de lo previsto en el numeral 4 del art�culo 403 del CPP; no obstante, cuando se est� ante un testigo que reh�sa responder el interrogatorio del fiscal, el interrogatorio de la defensa, el interrogatorio (excepcional) del juez, habr� de predicarse que no fue exitosa la impugnaci�n de la credibilidad del testigo ejercitada por los sujetos procesales en los contrainterrogatorios, sin perjuicio de la facultad de contemplar la prueba leg�tima, entendida en su contexto de �medio de conocimiento� (elemento material probatorio, evidencia f�sica o cualquier medio t�cnico o cient�fico que no viole el ordenamiento jur�dico), legalmente aportado como prueba en la audiencia de juicio oral y p�blico�.
En respaldo de lo dicho, la Corte Suprema de Justicia en Providencia 25.738 del d�a 09 de noviembre de 2006 M.P. Sigifredo Espinosa, sentenci�: �Es claro para la Sala, como lo fue para el Fiscal y la Procuradora Delegada que intervinieron en la audiencia de sustentaci�n del recurso de casaci�n, que a trav�s de �ste mecanismo no se puede introducir la declaraci�n previa como prueba aut�noma e independiente, pues como claramente lo expone la ley, la finalidad de su utilizaci�n es aportar al juicio un elemento que permita sopesar la credibilidad de las afirmaciones del testigo en el juicio oral.
Pero lo que no puede admitirse es que el juez tenga que sustraerse por completo al conocimiento que obtiene a trav�s de ese medio legalmente permitido, cuando previamente, con su lectura y contradicci�n, se han garantizado los principios que rigen las pruebas en el sistema de que se trata. �Es cierto que el citado art�culo 347 se�ala que la informaci�n contenida en las exposiciones o declaraciones �no puede tomarse como una prueba�, pero esa prohibici�n parte del presupuesto de que sobre ellas las partes no hayan ejercido el derecho de contrainterrogar, facultad que al tenor del art�culo 393 tiene por finalidad �refutar, en todo o en parte, lo que el testigo ha contestado�, como clara expresi�n del derecho de contradicci�n. �Por lo tanto, en el caso de que en el juicio oral un testigo modifique o se retracte de anteriores manifestaciones, la parte interesada podr� impugnar su credibilidad, leyendo o haci�ndole leer en voz alta el contenido de su inicial declaraci�n. Si el testigo acepta haber rendido esa declaraci�n, se le invitar� a que explique la diferencia o contradicci�n que se observa con lo dicho en el juicio oral.
V�ase c�mo el contenido de las declaraciones previas se aportan al debate a trav�s de las preguntas formuladas al testigo y sobre ese interrogatorio subsiguiente a la lectura realizada las partes podr�n contrainterrogar, refutando en todo o en parte lo que el testigo dijo entonces y explica ahora, actos con los cuales se satisfacen los principios de inmediaci�n, publicidad y contradicci�n de la prueba en su integridad. �Si se cumplen tales exigencias, el juez puede valorar con inmediaci�n la rectificaci�n o contradicci�n producida, teniendo en cuenta los propios datos y razones aducidas por el testigo en el juicio oral.
Se supera de esta forma la interpretaci�n exeg�tica que se pretende dar al art�culo 347 del C�digo de Procedimiento Penal, pues lo realmente importante es que las informaciones recogidas en la etapa de investigaci�n, ya por la Fiscal�a o ya por la defensa, accedan al debate procesal p�blico ante el juez de conocimiento, cumpliendo as� la triple exigencia constitucional de publicidad, inmediaci�n y contradicci�n de acuerdo con el art�culo 250, numeral 4� de la Carta Pol�tica�.
(Resaltado Nuestro). Con lo visto se obtiene entonces que las entrevistas, bajo el respeto de los principios que informan la pr�ctica de pruebas en la actual sistem�tica penal [inmediaci�n, publicidad y contradicci�n], pueden ser estimadas por el Juez encargado de sentenciar y, consecuencialmente, ser tenidas en cuenta para la decisi�n: Por un lado, para concluir que se est� ante un testigo voluble que no respeta la verdad y que es capaz de aportar informaci�n falaz, y de otro lado y de una forma m�s compleja, para poder eventualmente evidenciar a trav�s de una evaluaci�n conjugada con las dem�s probanzas cu�l es la versi�n a la que se le debe asignar cr�dito: si a aquella ofrecida en juicio o a la aportada con antelaci�n. De ah� que en numerosas providencias la Corte Suprema de Justicia haya concluido que el testimonio ofrecido en juicio, ni siquiera cuando se trata de una retractaci�n, deja sin validez lo dicho en la entrevista, porque no es cierto que lo expresado en la vista p�blica sea inapelablemente vinculante; por el contrario, el juez tiene la carga de analizar las circunstancias de los dichos en audiencia para determinar si ellos son producto de un inter�s de decir la verdad, o tergiversar la contenida en la entrevista o declaraci�n jurada previamente ofrecida.
Impera por consiguiente para la Sala concluir que, si bien las entrevistas no son pruebas aut�nomas, al ser introducidas legalmente y confrontadas con las respuestas dadas por los testigos, es viable abstraer de ellas -en una apreciaci�n global con los dichos vertidos en juicio- que los testigos mienten ante el juez, pudiendo adquirir valor lo consignado en las entrevistas, it�rese, no de forma independiente sino fruto de una estimaci�n integral con el testimonio y las dem�s pruebas obrantes en el dossier que permiten llegar a la eventual conclusi�n de que el contenido de las entrevistas se corresponde con la realidad. 6.3.2.
Ante lo expuesto en precedencia, para adoptar una determinaci�n de fondo respecto al asunto que ahora nos convoca, sea pertinente iniciar apuntando que este proceso se germin� y dentro de �l se present� escrito de acusaci�n, porque la Fiscal�a contaba con testigos presenciales o directos de los hechos, los cuales se trajeron al juicio oral para que respaldaran su primigenia incriminaci�n, sin embargo, ello no ocurri�, toda vez que en la audiencia, m�s que ratificarse de lo dicho en sus entrevistas, no agotaron esfuerzos en recalcar que no hab�an visto nada, que pese a su presencia las circunstancias les impidieron identificar al responsable del embate, y que nada pod�an decir en concreto, porque ni siquiera recordaban que se hubiese percutido arma alguna.
En efecto, el se�or Carlos Alberto Hincapi� cuando fue interrogado en la vista p�blica expres� que s� estuvo en el festival pero que no se dio cuenta de nada, m�xime porque cuando comenz� el altercado fue ingresado a un sal�n de la escuela, lo que le impidi� observar que ocurr�a afuera; mientras que el se�or Jaime Arnoldo �lvarez L�pez, adujo que como presidente de la junta de acci�n comunal y encargado del �gape, para el momento de los hechos ya se encontraba recogiendo las mesas, actividad que debi� suspender porque advirti� un alboroto del que dijo no vio nada particular, refiriendo �la verdad es que no me fij� bien que fue lo que pas�.
Como quiera que estos eran los dos testigos con los que contaba la Fiscal�a [adem�s de la renuente v�ctima] para respaldar su acusaci�n, de un cotejo aislado de sus deponencias en la audiencia de juzgamiento, no quedar�a salida distinta que ratificar la decisi�n de primera instancia, concluy�ndose que hubo una ri�a en la escuela de la que no se conocieron los implicados.
Sin embargo, tal ligereza a la hora de estimar este par de testimonios resulta inadmisible, siendo necesario en consecuencia, el despliegue de un an�lisis m�s juicioso en el que sus dichos sean evaluados bajo los par�metros contenidos en el art�culo 404 del C.P.P., pero adem�s en el que se tenga en cuenta a los dem�s testigos que, sabido es no pose�an conocimiento del hecho, pero s� tuvieron contacto directo con aquel par que, en �ltimas, recularon en su se�alamiento.
Al analizar el comportamiento y las respuestas ofrecidas en juicio, tanto por Carlos Alberto Hincapi� como por Jaime Arnoldo �lvarez, f�cil se avizora que ambos adoptaron una postura evasiva, queriendo prescindir de cualquier respuesta que diera luces sobre el asunto, torn�ndose as� en unos declarantes que dejaron al descubierto, no su desconocimiento de los hechos, sino su prop�sito de ocultar la verdad, en un interrogatorio en el que fue excesivo y, por tanto, notorio su designio evasivo, negando cualquier conocimiento sobre el particular.
Y no es que el negar recordar o el expresar no tener conocimiento acerca de un hecho conduzca a la conclusi�n de que el testigo oculta lo que sabe, sino que en este caso s� puede verificarse tal situaci�n, porque no se est� ante unos testigos que informaran parte de lo que sab�an y explicaran la raz�n por la que no conoc�an otros aspectos, sino que fueron unos testigos que habiendo estado en el lugar de los hechos, ante la mayor�a de cuestionamientos, casi mec�nicamente, refer�an �no recuerdo�, aceptando s� su presencia pero negando cualquier conocimiento sobre el altercado al que anteriormente se hab�an referido circunstanciadamente.
Lo anterior queda respaldado por el hecho de que ambos testigos, pese a saberse que estuvieron en el teatro de los acontecimientos, no s�lo negaron haber visto al agresor, sino que tambi�n negaron haber escuchado disparos. Tan notorio suceso no pod�a pasar desapercibido, m�xime cuando ya no hab�a m�sica y el fest�n estaba en su ocaso, sin embargo, los dos testigos negaran haber escuchado disparos elemento de inconmensurable val�a para deducir que en juicio no ten�an intenci�n distinta que limpiarse las manos en este asunto, buscando perder aquella calidad de testigos directos, para que se les tuviese como unos desprevenidos asistentes al festival que poco o nada pudieron ver de un conocido ataque con arma de fuego que dentro de la escuela se present�.
Ello es inconcebible, porque si la fiesta estaba culminando y pocos asistentes quedaban -as� lo dijo Jaime Arnoldo �lvarez- en un espacio no muy grande, c�mo admitir que dos personas que se encontraban en el patio en el que se inici� el ataque, nada pudieron conocer, no escucharon disparo alguno -pese a que fueron varios- y �nicamente tienen para decir que al parecer hubo un alboroto.
Este tipo de respuestas, cotejadas con aquella forma de responder de los testigos, encaminada a dejar la sensaci�n de que exiguo era su conocimiento de lo ocurrido y de ello poco recordaban, deja al descubierto que a la audiencia de juicio oral asistieron con el prop�sito, quiz� no de faltar a la verdad, pero s� de callarla, lo que se ratifica al analizar las respuestas que aportaron cuando fueron cotejados con sus previas entrevistas.
En efecto, cuando este par de testigos fueron confrontados con las entrevistas inicialmente rendidas, no aportaron una respuesta satisfactoria que justificara su ostensible cambio de versi�n y, por el contrario: (i) Carlos Alberto Hincapi� neg� haber rendido previamente una entrevista, y luego de que se vio obligado a aceptar que el d�a de los hechos s� declar�, mut� su tipo de respuestas para decir que no recordaba nada de lo que inicialmente dijo, para luego de ser inquirido admitir que �nicamente ratificaba parte de la entrevista, pero que la otra no, curiosamente negando cualquier se�alamiento;
(ii) por su parte, Jaime Arnoldo �lvarez, dijo no recordar haber hablado con polic�as en la madrugada de los hechos, as� como dijo que tampoco rememoraba haber rendido alguna entrevista, lo que hizo entendible porqu� ante cada confrontaci�n con el contenido de la entrevista adujo �no recuerdo�, forma f�cil de evitar que se ahondara en sus contradicciones, pero que sirve ahora para que esta Colegiatura entienda que en el juicio oral quiso callar, tanto as�, que neg� la existencia de un lesionado e, it�rese, dijo no recordar que hubiera habido disparos, explicando de forma inveros�mil que �son cosas a las que uno no le presta atenci�n�, como si las balaceras fueran propias de su cotidianidad.
Todo ello, d�gase con contundencia, a pesar de que se constat� que s� estuvo en el lugar de los hechos, en tanto, para fortuna de la Judicatura, se aport� al dossier �lbum fotogr�fico en el que aparec�a el se�or Arnoldo, ofreci�ndole una vez m�s su versi�n de lo ocurrido al polic�a judicial encargado de la diligencia, oportunidad en que indic� el lugar en el que �l se encontraba para el momento del ataque y el preciso sitio en el que �ste se present�.
Y a prop�sito de tal diligencia de elaboraci�n de �lbum fotogr�fico, d�gase que, sorprendentemente, tambi�n quiso negar el testigo su participaci�n en ella, pese a lo dilucidadoras de las fotograf�as en las que �l aparec�a se�alando el lugar en el que �l se encontraba y en el que ocurri� el ataque, clara situaci�n que resalta el hecho de que Jaime Arnoldo �lvarez en juicio ya no quer�a referirse a los hechos.
En efecto, inicialmente neg� cualquier participaci�n en la elaboraci�n de fotograf�as, pero cuando se le pusieron de presente y al verse en las im�genes no tuvo otra opci�n que recular, pero ya diciendo que no recordaba que era lo que estaba se�alando en ellas, pero que en todo caso, no era nada referente a su ubicaci�n ni la del atacante.
Atendiendo lo dicho, se encuentra entonces que no es �ste de esos casos en los que ante las contradicciones del testigo con declaraciones previas, no se logra dilucidar cuando dijo la verdad y cuando minti�, sino que en el sub examine, refulge que en la audiencia de juicio oral, tanto el se�or Hincapi� como el se�or �lvarez adoptaron una postura reacia a colaborar, pudi�ndose explicar as� el porqu�, (i) de sus dubitaciones en la vista p�blica, (ii) las respuestas inveros�miles con las que negaron haber percibido el atentado, (iii) la descarada negaci�n de haber participado en entrevistas, y luego de ser confrontados (iv) su intenci�n de alegar no recordar lo que en ellas informaron.
Todo ello con el prop�sito de que su inicial se�alamiento no tuviera confirmaci�n, lo que se ratifica al advertir que ambos testigos se mostraron alterados cuando se les colocaron de presente las respectivas entrevistas firmadas por ellos, y acerca de las cuales se pronunci� la entrevistadora en juicio, para apuntar que todas las respuestas fueron espont�neas y provenientes de unos sujetos que se percib�an en sus cinco sentidos y que no fueron compelidos a declarar, sino que lo hicieron de forma espont�nea.
Como no ocurri� en juicio, espacio en el que callaron, quiz�, por an�logos motivos por los que la v�ctima no quiso asistir pese a tener inter�s directo en el proceso y sus resultas. 6.3.3. As� las cosas, los testimonios rendidos en juicio por el par de testigos aludidos no eran fiables, como s� lo son las versiones que ofrecieron de forma libre el mismo d�a de los hechos, cuando no hab�a habido oportunidad para un escenario de presiones, amenazas, o acuerdos, a trav�s de unas entrevistas que: (i) fueron legalmente aducidas en juicio, (ii) estuvieron sujetas a contradicci�n y (iii) su contenido fue discutido y, luego de la impugnaci�n de la credibilidad, admitido por los testigos como rendidas por ellos.
Y siendo ello as�, seguidamente debe apuntarse que habiendo ingresado como parte del testimonio, gozaban y gozan del sello de idoneidad que la Fiscal�a reclam� para quebrar la presunci�n de inocencia del acusado, porque adem�s de tratarse de verdaderas pruebas introducidas al juicio con respeto al debido proceso, fueron la cre�ble sindicaci�n por parte de dos testigos presenciales de los hechos que, de manera independiente, aportaron una versi�n an�loga en la que, sin titubeo, se se�al� a CARLOS ANDR�S LOAIZA como responsable del atentado contra la Vida que ahora nos ata�e. Efectivamente, ambas entrevistas categ�ricas resultan al se�alar que aproximadamente a las 2:00 a.m. del 15 de octubre de 2008 escucharon como del lugar en el que depart�an tanto Juan Carlos Mar�n como CARLOS ANDR�S LOAIZA son� un disparo, luego de lo cual el primero se par� e intent� huir, lo que hac�a para evitar el ataque que con arma en mano desplegaba el primero, quien sigui� disparando hasta cuando la v�ctima, malherida cay� a la carretera, mientras el agresor era aplacado por varias de las personas que a�n estaban en el festival.
Y a lo categ�rico de lo informado por ambos testigos, debe adicionarse que en sus versiones no se advierte contradicci�n o divergencia alguna y, por el contrario, se halla como ambos de an�loga manera refirieron que primero hubo un disparo, seguidamente el agredido intent� escapar de su agresor, quien lo persigui� para seguirlo atacando con el arma por la espalda, ocasion�ndole heridas que hicieron que cayera sobre la carretera, mientras algunos asistentes buscaban controlar el �nimo pendenciero del se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA, sujeto que fue se�alado tajantemente, esto es, sin vacilaci�n alguna, tanto por uno como por el otro entrevistado.
Par de entrevistados que en tal oportunidad fueron circunstanciados, tal como era de esperarse por su especial y �privilegiada� posici�n en el teatro de los hechos; como no lo fueron en un juicio oral en el que no explicaron su cambio de versi�n, sino que infructuosamente buscaron negar el haber participado de las entrevistas que, finalmente, debieron admitir s� ofrecieron y firmaron, pero buscando sembrar en el Juzgador la duda de su verdadero conocimiento sobre los hechos, claro est�, haci�ndolo de una mala manera, pues tuvieron la desfachatez de negar haber sabido de un herido y, peor a�n, haber escuchado disparos, acerca de los que inveros�milmente se atrevieron a decir no recordaban bien �porque ello son cosas que se olvidan�.
As� las cosas, hay certeza de un ataque con arma de fuego sobre la humanidad del se�or JUAN CARLOS MAR�N, pero tambi�n la hay acerca de su ejecutor, como quiera que desde un comienzo fue se�alado LOAIZA P�REZ por aquellos que tuvieron posici�n privilegiada para percibir directamente lo ocurrido, tal como se lo dijeron al policial que inicialmente lleg� a la escuela, patrullero Gustavo Adolfo Ruiz, quien en juicio ratific� que tanto Jos� Arnoldo �lvarez como Carlos Alberto Hincapi� se le acercaron a referirle lo ocurrido y a indicarle quien era el responsable.
En esa medida, impera la revocatoria del fallo en cuanto al delito de tentativa de homicidio por el que pidi� condena la Fiscal�a [sin agravantes por falta de su acreditaci�n], ratificando que se logr� determinar cuando los dos testigos presenciales aportaron informaci�n veraz, siendo en juicio la oportunidad en que callaron lo que sab�an y, por el contrario, encontr�ndose en las entrevistas ofrecidas el d�a de los hechos unas versiones circunstanciadas y objetivas, en las que refirieron los detalles de un ataque que no resulta admisible que no hayan visto dada su posici�n en el teatro de los acontecimientos. 6.4.
Del delito de Tr�fico, fabricaci�n o porte de armas de fuego y municiones, y los elementos a probar. Cuando se analiza el tipo penal consagrado en el art�culo 365 del C�digo Penal, inmediatamente se avizora que el Legislador, en lo tocante al porte de armas, no estuvo interesado en punir cualquier tipo de tenencia, sino s�lo aquella que est� deslegitimada, es decir, aquella que no est� amparada por un permiso de autoridad competente.
As�, para la configuraci�n del atentado contra la Seguridad P�blica al que venimos refiri�ndonos no basta que el agente traiga consigo un arma de fuego, sino que adem�s es indispensable constatar que tal conducta no se encuentra respaldada jur�dicamente por una expresa autorizaci�n de la autoridad encargada de otorgar los permisos para porte, lo cual significa para el presente asunto, que no se realiza un pleno e id�neo juicio de adecuaci�n t�pica con la verificaci�n de que el procesado portaba un arma de fuego, puesto que tambi�n era imprescindible acreditar que no contaba con un permiso para ello.
En este sentido, en el sub examine se equivoca la Fiscal�a cuando reclama la acreditaci�n de la conducta punible de Porte ilegal de armas, atendiendo a la determinaci�n m�dico-legal del mecanismo causal de las lesiones de la v�ctima [proyectil por arma de fuego], en tanto, aunque ello es relevante, no es suficiente, dado que en nada sirve para determinar el elemento normativo del art�culo 365 del C.P. que reza: �el que sin permiso de autoridad competente��.
Tales permisos, bien se sabe, son concedidos por el Gobierno, a trav�s del Comando General de las Fuerzas Militares, ente que maneja una base de datos para el control de quienes poseen el correspondiente permiso para porte de armas y municiones, lo que apareja que a la Fiscal�a s� le era dable conseguir una certificaci�n que dejara al descubierto si LOAIZA P�REZ estaba o no autorizado para llevar un arma, omisi�n que claramente jug� y juega en disfavor de su pretensi�n incriminatoria respecto del delito de Fabricaci�n, tr�fico y porte de armas de fuego o municiones acerca del que, indiscutiblemente, debe ratificarse la absoluci�n. 6.5.
Tasaci�n de la pena. Se colige que la revocatoria del fallo absolutorio de primer nivel es parcial, por cuanto �nicamente se impondr� condena por uno de los dos delitos endilgados, cual es, el homicidio simple [en grado de tentativa] por el que la Fiscal�a finalmente reclam� condena en sus alegatos de clausura, al considerar ausente la prueba de las agravantes endilgadas.
Dicho lo anterior, hemos de apuntar entonces que el art�culo 103 del C�digo Penal, que consagra el homicidio simple, contempla una pena que oscila entre 208 y 450 meses de prisi�n, montos que obviamente se decrecen ante el elemento amplificador del tipo concerniente a la tentativa, la que en t�rminos del primer inciso del art�culo 27 de la Ley 599 de 2000, hace que en el sub examine el l�mite m�nimo de pena quede fijado en 104 meses [mitad de 208], mientras que el m�ximo quedar� en 337,5 meses [tres cuartas partes de 450].
Teniendo fijados los l�mites m�nimo y m�ximo, ser�a del caso proceder a fijar el �mbito de movilidad, fraccionarlo en cuatro y seguidamente establecer los cuartos punitivos, pero como quiera que nos encontramos ante un asunto en el que del agente nada se dijo acerca de circunstancias gen�ricas de mayor o menor punibilidad y el l�mite m�nimo es elevado, la Sala optar� por imponer, dentro del primer cuarto, el m�nimo de pena aplicable, quedando as� la sanci�n a purgar por el conato contra la Vida en ciento cuatro (104) meses de prisi�n. Por otra parte, tambi�n se le impondr� como pena accesoria la inhabilitaci�n para el ejercicio de derechos y funciones p�blicas por igual lapso, conforme a lo establecido en los art�culos 51 y 52 de la Ley 599 de 2000.
Por �ltimo, habr� de establecerse que, dada la cantidad de pena fijada en la Ley para el delito de homicidio tentado, as� como la pena efectivamente impuesta en el sub judice, se torna improcedente la concesi�n de cualquier sustituto o subrogado penal a favor del sentenciado. En m�rito de lo expuesto, el TRIBUNAL SUPERIOR DE MANIZALES, SALA DE DECISI�N PENAL, administrando justicia en nombre de la Rep�blica y por autoridad de la ley, RESUELVE:
PRIMERO: CONFIRMAR PARCIALMENTE la sentencia proferida el d�a 30 de septiembre de 2011 por el Juzgado Penal del Circuito de Salamina, Caldas, en cuanto absolvi� al se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ del delito de Tr�fico, fabricaci�n o porte de armas de fuego y municiones, atendiendo lo discurrido en la parte motiva de esta providencia.
SEGUNDO: REVOCAR PARCIALMENTE la sentencia aludida que por v�a de apelaci�n se ha revisado en cuanto absolvi� al procesado del delito de homicidio en grado de tentativa, para en su lugar, CONDENAR al se�or CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ, de condiciones civiles y personales conocidas en la actuaci�n, como autor responsable del delito de �Homicidio simple� consagrado en el art�culo 103 del C�digo Penal, y en grado de tentativa, a la pena principal de ciento cuatro (104) meses de prisi�n. Igualmente se le condena a la pena accesoria de interdicci�n en el ejercicio de derechos y funciones p�blicas por igual lapso.
TERCERO: Atendiendo las consideraciones realizadas, SE NIEGA la concesi�n tanto de la suspensi�n condicional de la ejecuci�n de la pena como del mecanismo sustitutivo de la prisi�n domiciliaria. En consecuencia, se ordena LIBRAR de manera inmediata ORDEN DE CAPTURA en contra de CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ (art�culo 450 inciso 2� del CPP).
CUARTO: Notif�quese la presente decisi�n a las partes, inform�ndoles que en contra de la misma procede el recurso extraordinario de casaci�n. Notif�quese y c�mplase Los Magistrados, GLORIA LIGIA CASTA�O DUQUE JOSE FERNANDO REYES CUARTAS DENNYS MARINA GARZ�N ORDU�A Johana Franco Herrera Secretaria El acta de la audiencia de declaratoria de persona ausente, formulaci�n de imputaci�n e imposici�n de medida de aseguramiento se halla de folio 47 a 49 del expediente. Obra en el expediente que el Juez Penal del Circuito de Salamina fue recusado por la Defensa, al haber conocido en funci�n de control de garant�as y en segunda instancia lo concerniente a la imposici�n de medida de aseguramiento, pero esta Sala la declar� impr�spera al advertir que no conoci� de fondo el asunto, como tampoco cotej� elementos con vocaci�n de prueba, raz�n por la que no hab�a comprometido su criterio y, en consecuencia, le era dable conocer el asunto. Manual �nico de Polic�a Judicial, aprobado en sesi�n del 13 de mayo de 2005 por el Consejo Nacional de Polic�a Judicial.
Su contenido puede hallarse en la p�gina oficial de la Fiscal�a General de la Naci�n o en la siguiente direcci�n de internet: http://www.dmsjuridica.com/Docs/Manuales/manualPolicia.pdf Corte Suprema de Justicia. Sentencia del 2 de marzo de 2005. Rad: 18.103. Corte Suprema de Justicia. Sentencia del 1� de julio de 2009. Rad: 26836. Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci�n Penal, sentencia de 8 de septiembre de 2007.
Radicaci�n 26.411. En asunto an�logo dijo la Corte Suprema de Justicia: �Acorde con la tesis jurisprudencial sostenida por la Sala a partir de la sentencia de casaci�n del 9 de noviembre de 2006, reiterada posteriormente en otros pronunciamientos, las declaraciones del testigo anteriores al juicio, usadas en �ste para la impugnaci�n de credibilidad, se integran al testimonio junto con las explicaciones aducidas por el declarante en torno a las razones de su contradicci�n. En el presente caso, por tanto, la entrevista ante la polic�a judicial rendida por W�lter Valencia Pulgar�n, qued� integrada a la prueba testimonial al utilizarse en el juicio para el fin atr�s se�alado y porque sobre la misma se permiti� a los defensores el ejercicio del derecho de contradicci�n a trav�s del contrainterrogatorio�. P�gina PAGE 34 de NUMPAGES 38 Sistema Acusatorio: 2008-00085-02 CARLOS ANDR�S LOAIZA P�REZ Tentativa de homicidio y Porte ilegal de armas Revoca parcialmente Rep�blica de Colombia Tribunal Superior de Manizales Sala Penal 78KLMh��������� ! � � � � : ����������ub�٘ٮٮ�Mٮ�(hu�h� �CJOJQJ^JaJmH sH %hIh:5�CJOJQJ^JaJmH sH h��h� �OJQJ^JmH sH "hIh:CJOJQJ^JaJmH sH +h�:|h� �5�CJOJQJ^JaJmH sH "h� �CJOJQJ^JaJmH sH (h�:|h� �CJOJQJ^JaJmH sH h� �%h� �5�CJOJQJ^JaJmH sH %h�wO5�CJOJQJ^JaJmH sH 78Mh������n o w x ���������������$��dh`��a$gd� �$ &F ����dh^�`�a$gd� � $dha$gd� �$��dh^��a$gd� �gd� �$dh&dP��a$gd� � $dha$gd� �:; < a b j o w x �EVd���� IJwyz�����������´�������|�|�|����g`J+h�9�h� �5�CJOJQJ^JaJmH sH h�9�h� �(h��h� �CJOJQJ^JaJmH sH h�%1CJOJQJ^JaJh�#CJOJQJ^JaJh "�CJOJQJ^JaJhX(sCJOJQJ^JaJh� �CJOJQJ^JaJh� �%h� �5�CJOJQJ^JaJmH sH "h� �CJOJQJ^JaJmH sH (h�8h� �CJOJQJ^JaJmH sH x rsI J xz��JK<=������������������$��dh`��a$gdpw$��dh`��a$gd� �gd}8$��dh`��a$gd�fgd� �$ &F ����dh^�`�a$gd� 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