Micelio

SENTENCIA — Tribunal Superior de Manizales

Radicado: 2009-01512-01

Sala: GLORIA LIGIA CASTAÑO DUQUE

Ponente: Gloria Ligia Castaño Duque

Fecha: 2014-05-28

Sujetos procesales: RECURRENTE: DEFENSOR DEL PROCESADO

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H: 05:30 P.M Manizales, veintiocho (28) de mayo de dos mil catorce (2014). 1. ASUNTO Procede esta Corporaci�n a resolver el recurso de apelaci�n interpuesto por la Defensa frente a la sentencia proferida el d�a 21 de junio de 2012 por el Juzgado S�ptimo Penal del Circuito de Manizales, Caldas, mediante la cual fueron condenados los se�ores YHON JAIBER ARIAS MAR�N y LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO a la pena principal 170 meses y 20 d�as de prisi�n, al ser hallados responsables de la conducta punible de HURTO CALIFICADO AGRAVADO que la Fiscal�a les atribuy�. 2.

HECHOS Tuvieron ocurrencia el d�a 5 de agosto de 2009 en la ciudad de Manizales, m�s exactamente en el barrio �La Francia�, y se contraen a que, siendo aproximadamente las 3:00 p.m., una mujer llam� a la puerta de la residencia de la se�ora Clemencia Uribe, preguntando si tal casa estaba en venta; momento en que �sta abri� la puerta y fue abordada por dos hombres que, junto a la mujer que apareci� inicialmente, ingresaron arbitrariamente a la morada, vali�ndose de un arma de fuego y otra corto-punzante.

Una vez adentro los asaltantes, amordazaron a la se�ora Uribe, gener�ndole lesiones leves durante el acto de apoderamiento de dinero, joyas, alhajas, prendas de vestir, aparatos el�ctricos y otros elementos de su residencia, avaluados por la v�ctima en $100`000.000. Ante tal il�cito la v�ctima interpuso la denuncia con la que aport� informaci�n acerca de las caracter�sticas f�sicas de los dos hombres que entraron a su casa, pudi�ndose determinar producto de las pesquisas que se trataba de YHON JAIBER ARIAS MAR�N y LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO, en contra de quienes se germin� la causa penal que ahora nos concita. 3.

ACTUACI�N DE INSTANCIA 3.1. Surtido el procedimiento bajo los par�metros contenidos en la Ley 906 de 2004, ante sendos Jueces en funci�n de control de garant�as, los d�as 24 de mayo de 2011 y 21 de junio de la misma anualidad se les formul� imputaci�n a ARIAS MAR�N y SALAZAR JARAMILLO respectivamente, sin que ninguno aceptara responsabilidad por el il�cito atribuido, esto es, hurto calificado por la penetraci�n arbitraria y empleo de violencia contra las personas, adem�s de agravado por la coparticipaci�n criminal (arts. 239, 240 nums. 3� y 4�, y 241 num. 10�). 3.2.

En el transcurso de la fase investigativa, la Defensa del se�or YHON JAIBER ARIAS deprec� la sustituci�n de la medida de aseguramiento intramural que pesaba en contra de �ste; pedimento que en primera instancia fue denegado pero en segunda instancia concedido, raz�n por la que se orden� su inmediata libertad. Por su parte, LUIS EDUARDO SALAZAR se encontraba detenido intramuros por otro proceso, pasando posteriormente a purgar la pena impuesta de forma domiciliaria, dados sus quebrantos de salud. 3.3.

Culminada la fase investigativa, present� la Fiscal�a escrito de acusaci�n, correspondi�ndole el conocimiento del asunto al Juzgado S�ptimo Penal del Circuito local, despacho que el d�a 8 de agosto de 2011 celebr� audiencia de formulaci�n de acusaci�n en la que a ambos procesados se les atribuy� definitivamente el delito contra el patrimonio econ�mico atr�s referido. 3.4.

A continuaci�n, esto es, el d�a 13 de octubre de 2011, se efectu� la audiencia preparatoria en la cual se deprecaron y decretaron las pruebas a practicar en el juicio oral que fue llevado a cabo los d�as 17 y 18 de mayo de 2012, y que culmin� con un sentido del fallo condenatorio.

4. LA SENTENCIA Superado el anterior discurrir procesal, el d�a 21 de junio de 2012 se profiri� el fallo con el cual se conden� a ambos procesados como responsables de hurto calificado agravado a la pena principal de 170 meses y 20 d�as de prisi�n, sin la concesi�n de subrogado o sustituto punitivo alguno, por no cumplimiento del factor objetivo para su otorgamiento.

Inicialmente se pronunci� el a quo sobre la materialidad de la conducta, expresando que estaba plenamente acreditada con la denuncia interpuesta, con la que la v�ctima dio a conocer las circunstancias del hurto que al interior de su casa ocurri�, sumada a la experticia con la que se acreditaron las lesiones que sufri� y la inspecci�n t�cnica hecha al lugar de los hechos, d�ndose cuenta de la residencia invadida y la caja fuerte que fue abierta.

En torno a la responsabilidad del par de acusados, expres� el Juez que la prueba militante era escasa pero contundente y efectiva, pues la se�ora Clemencia Uribe, v�ctima del reato, desde un comienzo tuvo claras las caracter�sticas morfol�gicas de los dos sujetos que entraron a su casa, lo que pod�a hacer pues estuvieron siempre a su vista durante el hurto, siendo as� como con la denuncia demostr� que sus se�alamientos gozaban de contundencia, la que tambi�n certific� el perito en morfolog�a de la Polic�a Nacional que, en juicio, expres� que el retrato hablado no se hace si el testigo duda, pero que en este caso la mujer no vacil� al aseverar que pod�a caracterizarlos, m�xime cuando s�lo hab�an pasado tres d�as desde el il�cito.

Ratific� lo anterior el Juez haciendo alusi�n a que la v�ctima expres� que la imagen de los ladrones le qued� marcada como fuego, siendo as� como tambi�n en la SIJIN los identific� en un banco de fotograf�as que se le mostraron, revalidando adem�s sus se�alamientos en una posterior diligencia de reconocimiento fotogr�fico, denotando siempre sinceridad, la que de igual forma tuvo en el reconocimiento en fila de personas en el que expres� que no estaba segura de se�alar a ninguno de los sujetos expuestos, pues aunque uno se le parec�a, se ve�a diferente, como suelen hacer algunos delincuentes, que buscan cambiar sus condiciones f�sicas para no ser identificados en las distintas diligencias de reconocimiento.

Pese a todo lo anterior, para el Juez fue sumamente relevante el se�alamiento que en audiencia hizo la v�ctima de LUIS EDUARDO SALAZAR, refiri�ndose a �l como un �ladr�n muy querido�, as� como fue importante la aseveraci�n que realiz� en el sentido de que cuando iba para la diligencia observ� a YHON JAIBER que sal�a de las instalaciones, sinti� el mismo temor que el d�a del hurto, clara sindicaci�n producto de una prueba �nica que, como se expuso con la sentencia, puede ser suficiente para el hallazgo de la verdad y para desvirtuar la presunci�n de inocencia. As� se responsabiliz� a ambos procesados de un hurto que era calificado por la irrupci�n arbitraria en la morada de la v�ctima, adem�s de que se logr� con violencia f�sica y moral sobre ella, que tambi�n era agravado por el obrar mancomunado de los autores del latrocinio, sin que haya lugar a la deducci�n del agravante contenido en el art. 267 del C�digo Penal, pues nunca se acredit� que lo hurtado sobrepasara el valor de 100 salarios mensuales vigentes para el a�o 2009. 5.

LA APELACI�N Una vez notificada a las partes actuantes la decisi�n en estrados, se les dio la posibilidad de interponer el recurso de apelaci�n contra ella, siendo los abogados defensores de ambos procesados los sujetos procesales que hicieron uso de dicha prerrogativa, sustentando su disenso de forma escrita. 5.1. El Defensor del se�or LUIS EDUARDO SALAZAR plante� que con el testimonio �nico de la se�ora Clemencia Uribe no se lograba determinar la responsabilidad de su prohijado, en tanto, como enfermera profesional y con formaci�n especial para determinar estatura, peso y morfolog�a, no ofreci� claramente las caracter�sticas de LUIS EDUARDO, pues lo calific� como bajito, de ojos muy oscuros, cabello casta�o, pese a que todas estas caracter�sticas eran contrarias a la realidad, como tambi�n ocurri� con el se�alamiento del otro asaltante, siendo as� como se cont� con una prueba �nica deficiente que no se soport� en otras probanzas.

Adujo el Apelante, para reclamar la aplicaci�n del in dubio pro reo que �pensar que un simple se�alamiento, sin similitud alguna con la descripci�n inicial o sea contradictorio y sin ning�n otro elemento probatorio que confirme la incriminaci�n es suficiente para condenar es lo mismo que decir que en nuestro ordenamiento penal basta acusar para condenar, lo dem�s no interesa�. 5.2.

Por su parte, el representante judicial de YHON JAIBER ARIAS, inici� su argumentaci�n planteando que el Juez admiti� indeterminaci�n en esta causa al reconocer que el monto de lo hurtado no hab�a quedado acreditado, exponiendo que si ello ocurri� por no creerse en las palabras de la se�ora Uribe cuando se pronunci� sobre este t�pico, no hab�a motivos para dar por cierta la ocurrencia del hurto porque ella en solitario lo expresase, raz�n por la que en este proceso no se acredit� siquiera la tipicidad del il�cito.

Para el Censor hubo una indebida valoraci�n de la prueba, ya que eran m�s s�lidos los elementos que fung�an a favor de su prohijado, quien nunca fue relacionado con el otro procesado, jam�s se supo que tuviera alg�n v�nculo con el supuesto veh�culo que lleg� hasta la residencia donde ocurri� el hurto, nunca se determin� que tuviese elementos hurtados en su poder, como tampoco que se hubiese lucrado desde el momento de los hechos, cont�ndose �nicamente con un se�alamiento que, antes que dar certidumbre, generaba la duda necesaria para absolver, pues Do�a Clemencia Uribe no tuvo nunca la claridad necesaria para decir qu� tipo de personas atentaron contra su propiedad.

Critic� el Defensor que no se tuviera en cuenta que la mujer habl� de un sujeto delgado pero extra�amente tambi�n lo calific� en otras oportunidades como grueso, que admiti� en juicio ser mala para describir personas, que se omitiera que estaba nerviosa y bajo amenazas durante el latrocinio y que, al ser enfermera, no se dedujera que la falta de claridad para describir los rasgos f�sicos de los delincuentes era una actitud indicativa de que no los observ� fidedignamente, lo que se ratifica con el policial que particip� del reconocimiento fotogr�fico, quien afirm� en juicio que la v�ctima le dijo que le quedaban dudas de su se�alamiento, lo cual era l�gico al haber pasado dos a�os desde la ocurrencia de los hechos.

Acerca del reconocimiento en fila de personas se refiri� el Censor a una ilegalidad, puesto que pese a haber manifestado la v�ctima no reconocer a ninguna de las personas que tuvo en frente, lo cual se consign� en el acta, posteriormente se obtuvo una manifestaci�n adicional y contraria, seg�n la cual, uno de los delincuentes s� estaba en la fila de personas, pero que no lo hab�a se�alado con contundencia por su cambio de fisonom�a, alteraci�n de versi�n que ocurri� por fuera de la diligencia, en violaci�n al derecho de defensa, quedando como una manifestaci�n privada, secreta, lo que el Juez no tuvo presente ya que indebidamente lo admiti�, dando tambi�n por sentado, de manera equivocada, que el procesado se hab�a cambiado su fisonom�a, sin prueba sobre el particular.

Sobre este reconocimiento en fila de personas tambi�n puso en tela de juicio la probidad del investigador que estuvo a cargo. De esta manera, plante� el Defensor como ir�nico que la testigo dijese que el rostro nunca se le habr�a de olvidar pero que cuando se le coloc� de frente vacilara y dijese no reconocerlo, siendo ello sustrato para deprecar la absoluci�n del se�or YHON JAIBER ARIAS, quien no fue se�alado en una fila de personas.

De manera subsidiaria, en el evento de confirmarse el fallo de condena, reclam� el apoderado una readecuaci�n de la pena, arguyendo que al tasarse se tuvo en cuenta en dos ocasiones el incremento de la Ley 890 de 2004, siendo as� como la pena no ser�a de 170 meses y 20 d�as de prisi�n, sino de 113 meses y 16 d�as. 6. CONSIDERACIONES. La se�ora Clemencia Uribe de Trujillo denunci� haber sido v�ctima de un hurto al interior de su residencia, cuando tres personas ingresaron mediante violencia y se apropiaron de varios de sus bienes.

La afectada neg� haber reconocido a uno de los asaltantes (una mujer), como no ocurri� respecto de los dos restantes, pues manifest� haber percibido y rememorar las caracter�sticas f�sicas del par de hombres que, vali�ndose de armas, la intimidaron y protagonizaron el il�cito despojo. Por tal aparente recordaci�n de la morfolog�a de dos de los autores del latrocinio, se realizaron retratos hablados, se hicieron reconocimientos fotogr�ficos y en fila de personas, que permitieron presentar acusaci�n en contra de YHON JAIBER ARIAS MAR�N y LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO, sujetos que tambi�n fueron referidos como responsables por la v�ctima en la audiencia de juicio oral.

La Defensa critic� la contundencia del se�alamiento realizado por la v�ctima del hurto, planteando que como �nica testigo de los hechos presentaba deficiencias que imped�an quebrar la presunci�n de inocencia; deficiencias que ser� las que esta Sala deber� verificar si son reales, aparentes o inexistentes, para lo cual realizar� una nueva estimaci�n de la cauda probatoria, direccionando el an�lisis a partir (i) del valor suasorio de la prueba �nica y, de otra parte, (ii) las formas y relevancia probatoria de los reconocimientos fotogr�fico y en fila de personas. 6.1.

Del testigo �nico. Variados son los medios de conocimiento que se han establecido por la Legislaci�n Penal para lograr llevar al juez al convencimiento, m�s all� de toda duda razonable, acerca de la materialidad de la conducta y la determinaci�n de su art�fice o responsable o, por el contrario, para desmontar los supuestos f�cticos adverados con la acusaci�n. Entre ellos se encuentra la prueba testimonial, la cual tiene como base de informaci�n la fuente humana, en tanto se practica o lleva a cabo a trav�s de una persona que, prestando juramento, asiste ante el encargado de resolver la litis [inmediaci�n] para aportarle la informaci�n que gracias a sus sentidos haya percibido directamente, consistiendo entonces �en el relato que un tercero le hace al juez sobre el conocimiento que tiene de hechos en�general�.

Y de tal relato no puede hacer el Juez un an�lisis aislado, sino que debe desplegar un complejo estudio en el que diferencie los testigos que conocieron directamente los hechos y quienes no, para tomar lo dicho por los primeros y hacer una evaluaci�n integrada con la cual elucidar las circunstancias de tiempo, modo y lugar que rodearon el il�cito investigado, a lo que se sumar� el mayor valor o descr�dito que le signifiquen los dem�s testimonios. �72.

De tal manera, como cada testigo le imprime a su testimonio una parte de su mundo esencial, particular escala de intereses, habilidades, facultades f�sicas y valores morales, el cr�dito de su atestaci�n est� sometido a la condici�n de que, conforme a criterios l�gicos y experiencia comprehensiva, raz�n aplicada a la pr�ctica, se acompase objetivamente con s� mismo, pero adem�s como elemento de un sistema dentro de la masa del conocimiento del que hace parte, en lo que se ha dado en llamar �razones intr�nsecas y extr�nsecas que conducen a aumentar, a disminuir o a destruir su valor probatorio�, sin que pueda ser atendible un descr�dito general con solo mirar a contraluz disonancias entre una prueba y otra, o entre uno de sus momentos y el siguiente.� Lo precedente resulta aplicable �ntegramente en aquellos eventos en los que se cuenta con pluralidad de testigos directos de los hechos, lo cual debe decirse es un ideal probatorio que no siempre se presenta, pues dada la clandestinidad que por regla general busca el delincuente, no son escasos los eventos en que del delito no se poseen testigos o s�lo se posee uno y, en muchas ocasiones, se trata de la misma v�ctima.

Es aqu�, pues, cuando surge el testigo �nico, el cual hoy se considera puede resultar de inconmensurable val�a en relaci�n con el esclarecimiento de unos hechos criminosos, luego de superada aquella retrograda regla probatoria que imped�a el proferimiento de un fallo de condena vali�ndose de un testigo en solitario, ya que lo ahora importante es que analizada esa �nica prueba se pueda evidenciar en ella verosimilitud, coherencia, consistencia y racionalidad.

En efecto, as� como nada se opone a que no se ajusten a la realidad dos o m�s pruebas, tampoco nada se opone a que un solo documento, una �nica evidencia o un testigo en solitario tengan la aptitud necesaria para representar fidedignamente lo ocurrido. De ah� aquel adagio jur�dico seg�n el cual las pruebas no se suman sino que se pesan, lo cual conspira a favor de la posibilidad de que la v�ctima misma pueda ofrecer en detalle un relato cierto del delito del que result� agraviada y su autor responsable, siendo necesario �nicamente que su versi�n se encuentre libre de vicios, logr�ndose acreditar que no le asiste inter�s malsano de tergiversar la verdad o alguna imposibilidad ps�quica o sensorial para percibir la realidad, todo ello de acuerdo a las reglas legales de apreciaci�n del testimonio.

Acerca del testigo �nico la Corte Suprema de Justicia ha planteado en m�ltiples decisiones: �No se trata de que inexorablemente deba existir pluralidad de testimonios o de pruebas para poderlas confrontar unas con otras, �nica manera aparente de llegar a una conclusi�n fiable por la concordancia de aseveraciones o de hechos suministrados por testigos independientes, salvo el acuerdo da�ado para declarar en el mismo sentido.

No, en el caso del testimonio �nico lo m�s importante, desde el punto de vista legal y razonable, es que existan y se pongan a funcionar los referentes emp�ricos y l�gicos dispuestos en el art�culo 294 del C�digo de Procedimiento Penal [hoy 404 de la Ley 906], que no necesariamente emergen de otras pruebas, tales como la naturaleza del objeto percibido, la sanidad de los sentidos por medio de los cuales se captaron los hechos, las circunstancias de lugar, tiempo y modo en que se percibi�, la personalidad del declarante, la forma como hubiere declarado y otras singularidades detectadas en el testimonio, datos que ordinariamente se suministran por el mismo deponente y, por ende, dan lugar a una suerte de control interno y no necesariamente externo de la prueba. �Con una operaci�n rigurosa de control interno de la �nica prueba (aunque ser�a deseable la posibilidad de control externo que pueda propiciar la pluralidad probatoria), como la que ordena singularmente la ley respecto de cada testimonio o medio de prueba (art. 254, inciso 2� C. P. P.), tambi�n es factible llegar a una conclusi�n de verosimilitud, racionalidad y consistencia de la respectiva prueba o todo lo contrario.

Ciertamente, la valoraci�n individual es un paso previo a la evaluaci�n conjunta, supuesto eso s� el caso de pluralidad de pruebas, pero ello que ser�a una obligaci�n frente a la realidad de la existencia de multiplicidad de medios de convicci�n, no por lo mismo condiciona el camino a la adquisici�n de la certeza posible a�n con la prueba �nica. �En raz�n de lo dicho, desde antes la Corte ha ense�ado: �El testimonio �nico purgado de sus posibles vicios, defectos o deficiencias, puede y debe ser mejor que varios ajenos a esta purificaci�n. El legislador, y tambi�n la doctrina, han abandonado aquello de testis unus, testis nullus.

La declaraci�n del ofendido tampoco tiene un definitivo y aprior�stico dem�rito. Si as� fuera, la sana cr�tica del testimonio, que por la variada ciencia que incorpora a la misma y mediante la cual es dable deducir cu�ndo se miente y cu�ndo se dice la verdad, tendr�a validez pero siempre y cuando no se tratase de persona interesada o en solitario.

Estos son circunstanciales obst�culos, pero superables; son motivos de recelo que obligan a profundizar m�s en la investigaci�n o en el estudio de declaraciones tales, pero nunca pueden llevar al principio de tenerse en menor estima y de no alcanzar nunca el beneficio de ser apoyo de un fallo de condena�. Lo hasta aqu� expuesto, ratificado m�s recientemente en decisi�n 40585 del 27 de febrero de 2013, en la que puntualiz� la Alta Corporaci�n: �En raz�n de lo anterior, si una sola prueba -d�gase testimonial como en este caso se esboza-, comporta suficiente credibilidad y alcance demostrativo, ella por s� misma puede conducir a cubrir las exigencias del art�culo 381 de la Ley 906 de 2004 para definir responsabilidad penal, independientemente de que no existan otras que la respalden o que otras se alcen en su contra, siendo jur�dicamente inaceptable exigir esa especie de prueba de lo probado, como lo pretende el impugnante. �Ello porque si al juzgador de segunda instancia le mereci� credibilidad las afirmaci�n del testigo de cargo en cuanto a su presencia en el lugar de los hechos, tal prueba era suficiente, a la luz de la libertad probatoria, para tenerlo por demostrado, sin que sea exigible, en sana cr�tica, la existencia de otros elementos de juicio para llegar a ese convencimiento.� 6.2.

Del reconocimiento fotogr�fico y reconocimiento en fila de personas. Teniendo en cuenta el marco normativo establecido por el C�digo de Procedimiento Penal vigente, se advierte de entrada que el reconocimiento fotogr�fico y en fila de personas no es considerado como una prueba, ni con vocaci�n aut�noma de tal, pues pas� a ser parte del cap�tulo referente a los m�todos de identificaci�n, esto es, como paso previo o concomitante al inicio de la investigaci�n para lograr esclarecer en cabeza de qui�n, probablemente, radica la responsabilidad penal de una conducta punible.

Es decir, en nuestra legislaci�n resulta di�fano que el reconocimiento bien de fotograf�as, ora en fila de personas, no tiene ahora la categor�a de prueba aut�noma, como se predica del testimonio, la pericia, los documentos, entre otros, en tanto es un elemento que deriva directamente del testimonio rendido por una persona y, por ende, no tiene vocaci�n probatoria independiente, sino que est� ce�ida a un medio de conocimiento, al cual complementa.

Dici�ndose entonces que se trata de un complemento de la prueba testimonial, habr� que sellarse que los reconocimientos in�ciales efectuados por conocedores directos del il�cito tendr�n preponderancia, cuando �stos acuden a juicio oral como testigos de acreditaci�n y se logra introducir tal diligencia en la vista p�blica, ratificando o rectificando el se�alamiento efectuado en la fase de investigaci�n, bajo un escenario de confrontaci�n probatoria, con el contenido de la diligencia investigativa puesta al orden de la controversia propia del sistema adversarial. �El C�digo de Procedimiento Penal de 2004 cataloga como medios de identificaci�n, entre otros, tanto los reconocimientos realizados por medio de fotograf�as o videos, como aquellos efectuados en fila de personas. �Sin embargo, es claro que el acto de reconocimiento se presenta en desarrollo de una declaraci�n, entendida en sus aspectos formal y sustancial.

Sobre lo primero, recu�rdese c�mo con fundamento en los estatutos procesales penales expedidos con anterioridad a la Ley 906 de 2004, esta Corporaci�n ha sido enf�tica en se�alar que los reconocimientos constituyen una prolongaci�n de los testimonios. Y en relaci�n con lo segundo, porque el se�alamiento constituye una afirmaci�n en virtud de la cual una persona identifica a otra como quien llev� a cabo un determinado comportamiento.

(�) �Por lo anterior, si el reconocimiento se realiza durante la etapa de investigaci�n y, adicionalmente, sin garantizarse el derecho de confrontaci�n de la parte contra quien se aduce y luego se incorpora al juicio oral, no existe la menor duda de que el mismo constituye prueba de referencia. �Ahora bien, como el reconocimiento, sea fotogr�fico (incluido el realizado con video) o en fila de personas, adquiere trascendencia s�lo en la medida en que se haga valer en el juicio para demostrar la responsabilidad del acusado, la pregunta que corresponde ahora dilucidar a la Sala es de qu� forma el mismo debe ser introducido al debate oral y si el mecanismo utilizado para el efecto puede o no cambiarle su naturaleza jur�dica. �Procede la Corte a responder estos interrogantes: �De acuerdo con el numeral 5�, literal d) del art�culo 337 de la Ley 906 de 2004, todos los documentos, objetos u otros elementos deben ingresar al juicio a trav�s de los respectivos testigos de acreditaci�n. En el caso de los reconocimientos, se tiene que pueden incorporarse a trav�s de quien realiza el se�alamiento o del funcionario que practica el reconocimiento.

Sin embargo, las implicaciones jur�dicas son diferentes en uno u otro caso. En el primero, como el reconocente rinde testimonio ante el juez de la causa y puede, por ende, ser contrainterrogado sobre las circunstancias en que conoci� los hechos e identific� al acusado como quien particip� en la ejecuci�n del punible, la prueba deja de tener car�cter de referencia para mudar en prueba directa, adquiriendo entonces la misma naturaleza del respectivo testimonio. �El anterior criterio no es novedoso.

Ya la Sala lo expuso en relaci�n con las entrevistas o exposiciones rendidas antes del juicio oral, se�alando que si a trav�s del mecanismo de impugnaci�n de la credibilidad son puestas de presente a quien las rindi� en su momento, el juez las puede valorar en forma conjunta. Por lo dem�s, el tratadista CHIESA tambi�n proh�ja esta postura cuando expresa: �� si el declarante testifica en la vista en que se ofrece su declaraci�n anterior sujeto al contrainterrogatorio de la parte perjudicada, no se considera que se trata de prueba de referencia��. �Si, en cambio, el reconocimiento se introduce a trav�s del funcionario que lo practic� la prueba no pierde su car�cter de referencia��.

As� las cosas, acerca de las actas de reconocimientos fotogr�ficos o en filas de personas habr� que indicarse que su anunciaci�n oportuna, su introducci�n legal en la fase probatoria y su controversia por las partes, las convierte en medios de conocimiento aptos para ser estimadas por el Juez de conocimiento, como componentes paralelos del testimonio que ofrece quien hizo los reconocimientos y asiste a estrado.

Para afianzar tal postura, cuantiosa jurisprudencia ha indicado: �Es palmario que si ante el �rgano de indagaci�n e investigaci�n dijo una cosa y en la audiencia de juicio oral y p�blico dijo otra (u opt� por no responder absolutamente nada �aqu� alg�n testigo tuvo esa actitud), el testimonio como evidencia del juicio que es, articulado con la evidencia que se suministre al proceso (entrevista, documento, acta, reconocimiento, video, etc.), y con el dicho del �rgano de investigaci�n e indagaci�n (Polic�a Judicial, experto t�cnico o cient�fico, testigo acreditado, etc.), ofrecen de hecho un di�logo a partir del cual es leg�timo hacer inferencias probatorias a la luz de la contemplaci�n material de la prueba testimonial, documental, etc.. �Esa es la esencia del papel del juez! (�) �El proceso penal es y sigue siendo un proceso dial�gico (Sentencia del 19/06/2003; rad.

No. 18483) y la esencia del papel del juez radica en auscultar la credibilidad de todos los medios de conocimiento legalmente establecidos (pruebas directas, documentos, testimonios directos e indirectos, videos, cintas magnetof�nicas, pruebas de referencia, inferencias l�gicas, etc.) todo ello dentro del marco de la Constituci�n, la ley y el respeto de los derechos fundamentales (Auto de casaci�n del 02/11/2006, rad.

N�m. 26089). �Por ello, la Sala expresa su criterio en el sentido de que las pruebas legalmente aducidas a la audiencia del juicio oral y p�blico por el representante del �rgano de Indagaci�n e Investigaci�n a trav�s de testigos de acreditaci�n, despu�s de aportadas leg�timamente y puestas a la orden de la controversia, son pruebas del proceso y por consiguiente apreciables seg�n los criterios de cada medio de convicci�n, tanto como el testimonio de persona renuente, cuya contemplaci�n material es susceptible de conjurarse con la versi�n que suministre el testigo de acreditaci�n. �Es por ello por lo que formatos de entrevistas, las actas de reconocimiento fotogr�fico, las actas de reconocimiento a trav�s de fotograf�as, los videos relativos a reconocimientos a trav�s de fotograf�as y en fila de personas (Arts. 205, 206, 252, 253, 275) que fueron aducidos y admitidos por el Juez como prueba en la audiencia del juicio oral, son medios de conocimiento susceptibles de apreciaci�n por el juez del caso a trav�s de las reglas que rigen cada medio de convicci�n en concreto�. (Resaltado nuestro). 6.3.

An�lisis del caso en concreto. Producto de las disquisiciones te�ricas hasta aqu� desarrolladas, sea oportuno descender al estudio del asunto en particular, haciendo inicialmente hincapi� en que, tal como desde el inicio se conoci�, de los hechos criminosos materia de juzgamiento �nicamente se obtuvo como testigo a la misma mujer que fue reconocida como v�ctima, puesto que ninguna otra persona que desfil� por estrados dio cuenta de las circunstancias que rodearon el latrocinio del d�a 5 de agosto de 2009.

En efecto, varios fueron los servidores de la Polic�a Nacional que comparecieron como declarantes a la vista p�blica, pero para dar fe de las actuaciones investigativas, mas no para aportar conocimiento directo de los hechos, lo cual hizo exclusivamente la se�ora Clemencia Uribe, tal y como era de esperarse, pues trat�ndose de un rapto que se desarroll� al interior de su residencia, a la que ingresaron los asaltantes de forma sorpresiva, resulta totalmente probable colegir que nadie de afuera conoci� del il�cito, m�xime cuando los delincuentes, en palabras de la v�ctima, fueron cautelosos para ingresar y todo lo hurtado les cupo en una maleta que resultaba manejable con facilidad y, es v�lido admitir, no levantaba mayores sospechas sobre su origen.

En esa medida, este s� es un caso en el que se encuentra la Colegiatura de cara a una testigo �nica, en la que concurre tambi�n la calidad de v�ctima, lo cual implica mayor rigor en su an�lisis como deponente. Pues bien; acerca de la se�ora Clemencia Uribe lo primero a se�alar es que en este proceso no se supo que ella conociera de antes a los procesados o que con ellos hubiese tenido alg�n tipo de v�nculo o relaci�n, aspecto que siempre ha sido y seguir� siendo trascendental, pues ante la falta de un conocimiento previo entre v�ctima y victimario comienza a desdibujarse la eventual existencia de un ladino motivo para lanzar una falsa inculpaci�n. En otras palabras, cuando se advierte que la supuesta v�ctima y el supuesto victimario son conocidos, allegados o han tenido alg�n lazo que los relaciona, debe tenerse la cautela de verificar que no exista un oculto motivo para tergiversar la verdad y presentar una falsa denuncia, lo que dif�cilmente ocurrir� en un escenario en el que los implicados no se conocen entre s�, nunca antes han cruzado palabra o nunca se han visto, tal y como ocurre con los procesados ARIAS MAR�N y SALAZAR JARAMILLO respecto de la se�ora Clemencia Uribe, al dilucidarse en la vista p�blica que �sta nunca antes hab�a tenido contacto con aqu�llos, hasta el d�a en que entraron a su morada, aserto nunca abatido con probanza alguna.

Y es quiz� por lo anterior que cuando se ausculta la forma como ofreci� su testimonio la v�ctima, se halla a una mujer que no dej� entrever malas intenciones, ni se mostr� dubitativa ni confundida para expresarse, sino que, al contrario, cuando se le escucha se percibe objetiva, ecu�nime y segura en el relato de lo ocurrido y en los se�alamientos que hace, sin que surja margen de duda alguna en torno al hecho de que el d�a 5 de agosto de 2009 s� fue presa de un hurto al interior de su residencia. En verdad su deponencia es virtuosa en t�rminos de credibilidad, toda vez que no presenta baches o deficiencias propias de quien est� ofreciendo una falacia, fantas�a o invento, sino que en su relato se encuentra a una mujer que, en t�rminos coloquiales pero claros, narra con confianza, convencimiento o convicci�n el paso a paso de la fat�dica tarde en que vio afectado su patrimonio.

As� pues, al igual que el a quo, esta Sala cree en las palabras de la se�ora Uribe cuando dio cuenta del hurto, esto es, cuando ofreci� las palabras necesarias para dar por acreditada la materialidad de la conducta, sin que pueda ahora avalarse la postura defensiva, seg�n la cual, si no se le otorg� cr�dito para determinar el monto de lo hurtado (superior a $100`000.000), tampoco deb�a creerse en sus palabras acerca del il�cito, por lo que no hab�a prueba siquiera de la tipicidad.

Lo anterior se dice por cuanto no se considera que el a quo no haya agravado la conducta por el monto de lo hurtado porque hubiese considerado que la v�ctima ment�a o porque le hubiese generado recelo su narraci�n, sino porque ella hablaba de forma gen�rica de muchas joyas, alhajas, relojes y admin�culos similares que, subjetivamente, avaluaba en m�s de cien millones de pesos, pero sin contar con una estimaci�n pecuniaria t�cnica y pormenorizada que diese certidumbre sobre el particular.

La Sala no razona que el Juez le crey� a Clemencia cuando refiri� que hab�a sido v�ctima de un hurto y que, correlativamente, la determin� mentirosa cuando habl� del monto de lo hurtado, sino que, producto del an�lisis de los argumentos del a quo, lo que se avizora es que, si bien resultaba cre�ble cuando daba cuenta de los elementos que le sustrajeron, no la consider� id�nea para realizar una apreciaci�n monetaria de lo hurtado en concreto, puesto que, adem�s de que hizo alusi�n gen�rica a sus joyas, sin una clara caracterizaci�n o especificaci�n, no estaba en posici�n para avaluar con certidumbre sus p�rdidas.

Este Juez Ad quem tiene un an�logo criterio, toda vez que trat�ndose de m�ltiples objetos que fueron il�citamente sustra�dos, y que se trataban b�sicamente de joyas, no ostentaba do�a Clemencia Uribe la condici�n de perito o experta en orfebrer�a o prender�a como para dar fe que los objetos, que no compr� sino que le fueron regalados a trav�s del tiempo, eran genuinos. Es decir, no ten�a la testigo la habilidad t�cnica para asegurar que lo que ten�a por diamante, oro, plata o similar, realmente se trataba de tal, mucho menos para determinar su precio, por lo que resultaba desafortunado acreditar el monto de lo hurtado atendiendo la opini�n subjetiva de la v�ctima, quien era factible que hubiese tenido muchas joyas sin facturas que acreditaran su precio, como suele ocurrir en la vida cotidiana, en la que gran cantidad de elementos que conforman el haber de un hogar no est�n respaldados por recibos o facturas en los que se certifique su compra.

Pero ciertamente ello no es indicativo de mendacidad de parte de Clemencia Uribe, sino de ineptitud para pronunciarse sobre un aspecto t�cnico con importantes repercusiones punitivas como lo era el agravante consagrado en el art�culo 267 del C�digo Penal. Ahora bien, pasando a otro t�pico, pero a�n haciendo referencia a la v�ctima-testigo, sea del caso se�alar que fue contundente cuando expres� que desde el momento en que la mujer toc� a la puerta hasta el momento en que el tr�o de asaltantes partieron de la residencia, estuvo consciente y al tanto de todo el acontecer il�cito que al interior se desarrollaba, teniendo siempre a la vista a la mujer y a los dos hombres que nunca cubrieron sus rostros, sino que siempre obraron permitiendo ser vistos por la v�ctima, la que nunca neg� haber sido presa del miedo y sentirse muy nerviosa, pero explicando que nunca le gener� ello un estado de shock, consternaci�n u obnubilaci�n que le impidiesen aprehender la cruenta realidad que estaba experimentando.

Es m�s, la testigo especific� en juicio que la asaltante de g�nero femenino fue quien la amordaz�, que el m�s delgado de los asaltantes le apuntaba con un arma y le daba malos tratos de palabra, y que el otro, m�s grueso y de cejas pobladas, era el que tra�a una navaja en su mano, pero quien mejor la trataba, detalladas atestaciones que ratifican, sin lugar a hesitaci�n alguna, que la mujer siempre estuvo al tanto del desarrollo del hurto y, por consiguiente, s� estuvo habilitada sensorialmente para percibir la configuraci�n f�sica de quienes lo desplegaban.

Atendiendo, pues, lo expuesto hasta aqu�, es dable concluir que la testigo �nica se mostr� segura en sus palabras en juicio, nunca vacil� y, por el contrario, la espontaneidad de sus asertos genera el convencimiento de que la informaci�n que aport� se corresponde con la realidad, es verdad. En s�ntesis, no se advierte motivo alguno que permita colegir que la mujer minti�, as� como tampoco lo hay para aseverar que no tuvo la oportunidad de ver y grabar en su memoria las caracter�sticas morfol�gicas de los tres asaltantes, siendo as� como la primera de las conclusiones a las que arrima esta Sala, en correspondencia con el Juez de primer nivel, es que la se�ora Clemencia Uribe fue sincera, lo cual desdice los argumentos defensivos encaminados a restarle cr�dito, que no se soportan ante la contundencia de la mujer, al pronunciarse tanto acerca de los hechos delictuosos como de las caracter�sticas de sus responsables.

Comienza a perfilarse entonces que las palabras de la v�ctima deb�an y deben calificarse como veraces, siendo ahora necesario, una vez determinado que ella no ment�a, proceder a examinar si quiz� tuvo alguna laguna mental, present� alguna inexactitud en su memoria o incurri� en un error cuando hizo el se�alamiento de los se�ores YHON JAIBER ARIAS y LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO.

Pues bien, ya es conocido que varias fueron las oportunidades en que la se�ora Uribe hizo alusi�n a los autores del latrocinio y sus rasgos caracter�sticos: al interponer la denuncia, al mostr�rsele un banco de im�genes por parte de la SIJIN, en la diligencia de reconocimiento fotogr�fico y en la subsiguiente de reconocimiento en fila de personas, culminando con su pronunciamiento sobre el particular en la audiencia de juicio oral.

En esta �ltima oportunidad, claramente, fue que se garantizaron los principios procesales-probatorios de la inmediaci�n y la publicidad, en los que el Juez m�s all� de lo que se le inform� acerca de la investigaci�n, sostuvo contacto directo con la agraviada para conocer sus se�alamientos y evaluar la forma como los hac�a, esto es, si con la contundencia propia de quien goza de seguridad o, por el contrario, con la vacilaci�n que se ha sugerido con la impugnaci�n. El Juez primigenio concluy� que la v�ctima denotaba seguridad y este Juez Plural, en esta oportunidad, arrima a la misma conclusi�n, ya que al escucharla en la sala de audiencias, f�cilmente logra advertirse que no le asist�an dudas acerca de los asaltantes, puesto que en cada una de sus respuestas, antes que generar recelo, daba mayor convicci�n a su incriminaci�n, siendo enf�tica al informar que por lo gravoso del evento lo recordaba muy bien, as� como de igual manera hab�a interiorizado las caracter�sticas de aquellos que lo protagonizaron.

Basta escuchar los registros de la audiencia de juicio oral para descubrir la seguridad y clareza de una v�ctima que afirm� que �eso son caras que no se le olvidan a uno�, lo cual le permiti� ofrecer caracter�sticas especiales a la hora de realizar los retratos hablados que, a la postre, permitieron formar un banco de im�genes en el que se�al�, categ�ricamente, a YHON JAIBER y a LUIS EDUARDO, aduciendo con total contundencia durante el juicio que �ste �ltimo estaba sentado al frente suyo, en una silla de ruedas, as� como al primero tampoco lo olvidaba, hasta el punto de haberlo visto en la ma�ana en el edificio de la judicatura y volver a remembrarlo, acompa�ada del mismo temor que sinti� el d�a de los hechos. �Pero ser� que la se�ora Clemencia Uribe se apresur� en sus se�alamientos y quiz� incurri� en alg�n error? Para la Sala la respuesta es negativa, en tanto, no cabe duda que esta mujer fue cuidadosa y responsable a la hora de sindicar a cualquier persona, hasta el punto que en la diligencia de reconocimiento en fila de personas, a pesar de creer haber identificado a un asaltante, ante las dudas opt� por no se�alarlo y expresar a las autoridades su inseguridad, la que no la acompa�� en las dem�s diligencias en las que fue enf�tica en indicar que los asaltantes fueron YHON JAIBER ARIAS y LUIS EDUARDO, a trav�s de una plena correspondencia de las im�genes que le mostraban con su recuerdo.

Es decir, si cuando tuvo dudas lo expres�, debe considerarse que su acentuada convicci�n al indicar a los protagonistas del hurto en el banco de im�genes, en el �lbum fotogr�fico y ratificar todo ello, con absoluta contundencia, en la audiencia de juicio oral, no era producto de una actitud irresponsable o apresurada, sino como consecuencia de la seguridad que la acompa�aba.

Prueba adicional de su sinceridad, probidad y cautela para los se�alamientos es que cuando se le mostraron numerosas im�genes, admiti� que all� no se encontraba el retrato de la mujer que ingres� a su casa, como s� lo estaban las de los dos hombres que la acompa�aban, a quienes, it�rese, categ�ricamente se�al�. As� las cosas, debe concluirse entonces que antes que ser la dubitaci�n de la v�ctima en la diligencia de reconocimiento en fila de personas un aspecto para restarle cr�dito, tal particularidad realza su seriedad, sinceridad y objetividad, pues de esta manera demostr� que no hac�a se�alamientos al garete y que, de haber dudado en otras oportunidades, no hubiese tenido inconveniente en admitirlo.

Sin embargo ello no ocurri� y, al contrario, en juicio ratific� como desde un comienzo tuvo la claridad mental necesaria o suficiente para interiorizar la morfolog�a de los asaltantes, sin que dudase al se�alarlos en un banco de im�genes que le pusieron de presente y en el que, para fortuna de la investigaci�n, estaban los rostros de ambos asaltantes, quienes ya ten�an un prontuario delictivo que los hac�a pertenecer al archivo digital de rese�as delincuenciales de la Seccional de Investigaci�n Criminal de Caldas.

Pero �por qu� dud� la se�ora Clemencia Uribe en el reconocimiento en fila de personas si en ella efectivamente estaba JHON JAIBER ARIAS? La misma testigo lo explic� con suficiencia, respaldada por los gendarmes encargados de la diligencia, cuando inform� que hab�a uno de ellos que se le parec�a a uno de los asaltantes, pero respecto del cual no se sinti� con la seguridad para se�alarlo, por verlo totalmente rapado y un poco m�s robusto.

Ello no se considera que haya llegado al conocimiento del Juez por atenci�n a la extensi�n ilegal del acta de reconocimiento en fila de personas, como si se le plasmara m�s contenido a escondidas, tal y como lo sugiri� la Defensa, sino que a tal informaci�n se arrib� gracias al testimonio serio de la se�ora Clemencia Uribe, toda vez que en tal escenario de confrontaci�n inform� con detalles que ella dijo que no reconoc�a al asaltante, pero que tal negaci�n no la hizo por considerar que ninguno de los siete que conformaban la fila se pareciera, sino porque a quien advirti� parecido le observ� cambios en su fisonom�a que la hicieron dudar y, ante tal dubitaci�n, consider� sano abstenerse de hacer un se�alamiento.

En efecto, adujo en juicio la testigo �yo no pod�a decir con certeza, porque el se�or se hab�a rapado y fuera de eso estaba m�s gordo; y hab�an pasado dos a�os�, refiriendo m�s adelante que su conciencia no le permit�a se�alar a alguien sin tener seguridad de que si fuese uno de los delincuentes, aspecto que realza la objetividad y sensatez de un testimonio que conduce a esta Sala a comprender y admitir que, en verdad, no estamos ante un reconocimiento en fila de personas que desbord� la legalidad y estuvo maculado por el obrar indebido de un investigador que quer�a respaldar a toda costa la incriminaci�n, puesto que para esta Sala la realidad es que estamos de cara a una v�ctima que, dada su indemnidad moral, tuvo la sensatez suficiente para abstenerse de se�alar a una persona que ten�a diferencias f�sicas respecto a la persona que ella recordaba, coloc�ndose en el acta que no reconoci�, cuando la realidad fue que viendo a YHON JAIBER ARIAS cambiado vacil� y no quiso incurrir en errores.

Por ello fue que ni la testigo, ni el gendarme encargado de la diligencia negaron en el juicio oral el contenido del acta en la que se dec�a que aquella no era capaz de reconocer al victimario, pero ello debe mirarse no de forma aislada o abstracta, sino acompasada con el hecho de que el par de deponentes tambi�n se esforzaron en la vista p�blica por esclarecer que tal incapacidad no obedec�a a que ninguno de la fila correspondiera con el asaltante, sino que quien se parec�a hab�a cambiado y, pasados aproximadamente dos a�os desde el d�a de los hechos, generaba dudas para que una persona razonable hiciese tan grave se�alamiento.

Misma razonabilidad que le permiti�, a conciencia, ser rotunda al ofrecer los rasgos caracter�sticos de sus victimarios en un principio, los que, en t�rminos generales, siempre tuvo presente y ratific�, pues cuando se le escucha en juicio oral, en correspondencia con lo expresado por ella en las diligencias de reconocimiento previas, se abstrae que invariablemente ha expresado acerca de YHON JAIBER ARIAS que era muy flaco, quien tra�a consigo el arma de fuego, quien m�s la trataba mal de palabra, y que LUIS EDUARDO era un poco m�s grueso de contextura, siendo particular en �l sus cejas pobladas y su mirada penetrante.

En verdad, del cotejo integral de las oportunidades en que la se�ora Clemencia Uribe se refiri� a los asaltantes, no se halla una incongruencia palmaria o un desatino rampante, sino que, al contrario, logra advertir el receptor de su informaci�n que uno de los autores del latrocinio era muy delgado y el otro, sin ser obeso, ten�a un poco m�s de contextura, teniendo ambos distinta forma de comportarse, porque mientras el primero exterioriz� sus nervios trat�ndola mal y amenaz�ndola con un arma de fuego, el segundo fue m�s c�lido y, aunque esgrim�a una navaja, no acudi� al maltrato sino que intentaba dar calma a la v�ctima, quien de manera persistente inform� que �ste ten�a como particularidad una mirada penetrante, aspectos b�sicos que indican que s� observ� a los ladrones y, por consiguiente, s� estaba habilitada y en efecto pudo se�alarlos cuando los vio en un banco de im�genes que se le mostr� con prontitud al momento de los hechos, esto es, cuando a�n ten�a su memoria fresca para hacer un se�alamiento que goz� de claridad, la cual certificaron en juicio los gendarmes que participaron de la investigaci�n y que vieron como Do�a Clemencia indicaba a YHON JAIBER ARIAS MAR�N y a LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO, y no a otros, como los responsables del latrocinio.

Il�cito apoderamiento que siempre observ� la v�ctima a plenitud, sin que ocultaran su rostro los victimarios durante el considerable lapso que estuvieron al interior de la morada (no inferior a 15 minutos), clara suerte de circunstancias que, en sana l�gica, le permitieron a aquella, como a cualquier persona medianamente sensata, guardar en su memoria caracter�sticas b�sicas pero relevantes de los sujetos, independiente de que el observador se trate de una enfermera o no, pues este rol no le generaba mayor precisi�n para aprehenderlos, como tampoco demanda saber con certeza la estatura de aquellos que, no puede obviarse, fueron percibidos en medio de conmoci�n que, si bien no obnubil� a la v�ctima, s� debi� afectarla y restarle certidumbre, la que no le falt� para recordar y se�alar el rostro de los dos sujetos aqu� procesados, de quienes habr� de confirmarse el fallo condenatorio proferido en su contra. 6.4.

Tasaci�n de la pena. Con el escrito impugnatorio presentado por el apoderado judicial del se�or ARIAS MAR�N se deprec�, de manera subsidiaria, que se revisara la tasaci�n de la pena hecha en primera instancia, acusando que indebidamente se tuvo en cuenta dos veces el incremento punitivo de la Ley 890 de 2004. Pues bien, al hacer un cotejo de la labor dosim�trica del sentenciador de primera instancia se halla que, en realidad, no hubo un doble incremento por virtud de la mentada ley; no obstante, s� se avizoran dos defectos que es necesario mencionar para luego proceder a desarrollar los correctivos que sean viables.

El primero de los defectos se contrae a desconocer que las normas atinentes al delito de hurto calificado y las circunstancias agravantes sufrieron modificaci�n punitiva con ocasi�n de la Ley 1142 de 2007, la cual ten�a por prop�sito coadyuvar en la prevenci�n y m�s ardua represi�n de las actividades delictivas con impacto para la convivencia y seguridad ciudadana, siendo as� como tal ensanchamiento de penas, dada su fecha de sanci�n, hac�a ya inaplicable la Ley 890 de 2004.

Es decir, dada la modificaci�n legislativa del a�o 2007 la pena para el delito de hurto calificado por la violencia ejercida sobre las personas oscila entre 8 y 16 a�os, sin que sea aplicable un incremento previo que t�citamente fue suprimido. En esa medida err�neo result� que el a quo, luego de definir la pena para el delito de hurto calificado agravado, realizara un incremento punitivo m�s atendiendo la Ley 890 de 2004; como tambi�n fue desacertado que al agravar el delito de hurto calificado se incrementara el m�nimo en una tercera parte, pues al tenor literal del art�culo 241 del C�digo Penal, se tiene que �la pena imponible de acuerdo a los art�culos anteriores se aumentar� de la mitad a las tres cuartas partes�.

Advertidos los anteriores defectos en la tasaci�n de la pena, proceder� entonces la Sala a corregir, no ambos, sino �nicamente el primero de ellos, en tanto, en atenci�n a la primac�a del principio de la no reformatio in pejus sobre el de legalidad, �nicamente podr� corregirse por el Juez Ad quem, en casos de Defensa como apelante �nico, aquellos errores que perjudicaron al procesado, debi�ndose abstener de correcciones que hagan m�s gravosa su situaci�n, tal como lo es ensanchar la pena por indebida lectura del art�culo 241 del C.P. As�, cuando el Juez tom� el hurto calificado y lo agrav�, el tope m�nimo de 96 meses debi� ensancharse en la mitad, para que quedara en 144 meses, mas no en 128 meses por un indebido incremento de s�lo una tercera parte, como finalmente qued� y como no podr� modificarse atendiendo lo l�neas atr�s expuesto, y que se afinca en variados pronunciamientos de la Corte Suprema de Justicia, entre ellos un proceso que tambi�n conoci� este Tribunal y en el que, casando parcialmente, concluy� que pese a que la correcci�n de varios defectos en la labor dosim�trica reduc�an el total de la pena, no pod�a el Tribunal corregir aquellos que aumentaban la sanci�n y que la Fiscal�a, ni el Ministerio P�blico, como tampoco la Representaci�n de las v�ctimas, reclam� que fueran corregidos.

Tal pronunciamiento tuvo por esencia: �Tambi�n bajo los lineamientos del sistema de procesamiento acusatorio la Corte ha insistido en que ha de prevalecer el principio de la no agravaci�n o de no reforma en perjuicio sobre el de legalidad, de ah� que la situaci�n del apelante �nico puede mejorarse pero nunca hacerse m�s gravosa, en claro acatamiento del art�culo 20 de la Ley 906 de 2004 limitante de la competencia del superior�. En consecuencia, para los se�ores YHON JAIBER ARIAS y LUIS EDUARDO SALAZAR la pena m�nima para la ilicitud por ellos perpetrada, en definitiva, es de 128 meses de prisi�n, la que atendiendo los criterios del Juez de primer nivel ser� la que se les habr� de imponer, como quiera que las circunstancias del caso hac�an ubicarla en el tope inferior del cuarto m�nimo de movilidad; manteni�ndose la imposibilidad de conceder alg�n suced�neo punitivo, dado el delito y el monto de la sanci�n. Por todo lo precedentemente discurrido, el TRIBUNAL SUPERIOR DE MANIZALES, SALA DE DECISI�N PENAL, administrando justicia en nombre de la Rep�blica y por autoridad de la ley, RESUELVE 1.

CONFIRMAR la sentencia proferida el d�a 21 de junio de 2012 por el Juzgado S�ptimo Penal del Circuito de Manizales, Caldas, en cuanto encontr� responsables a los se�ores YHON JAIBER ARIAS MAR�N y LUIS EDUARDO SALAZAR JARAMILLO la conducta punible de HURTO CALIFICADO AGRAVADO que la Fiscal�a les atribuy�, MODIFIC�NDOLA en cuanto la pena a purgar, pues habr� de ser de ciento veintiocho (128) meses de prisi�n, monto frente al cual no procede el otorgamiento de ning�n subrogado o sustituto punitivo. 2.Contra la presente decisi�n procede el recurso extraordinario de Casaci�n. Notif�quese y C�mplase: Los Magistrados, GLORIA LIGIA CASTA�O DUQUE DENNYS MARINA GARZ�N ORDU�A JOS� FERNANDO REYES CUARTAS Johana Franco Herrera Secretaria  Las actas de las dos audiencias de legalizaci�n de captura, formulaci�n de imputaci�n y solicitud de medida de aseguramiento se halla a folios 10 y 28 del cuaderno principal.  El acta de la audiencia de formulaci�n oral de la acusaci�n se encuentra entre los folios 79 a 81 del cuaderno principal.

El escrito de acusaci�n obra a partir del folio 29.  El acta de la audiencia preparatoria se encuentra entre los folios 107 y 110 cuad. ppal.  Concepto gen�rico adoptado por la doctrina, tomado en esta oportunidad del Manual de Derecho Probatorio del profesor Jairo Parra Quijano.  Entre otras, la providencia 25820 del 29 de julio de 2008.  Art�culos 252 y 253 del C�digo de Procedimiento Penal.  Cfr. Sentencia del 17 de septiembre de 2003, radicaci�n 17803.

En el mismo sentido, autos del 24 de febrero de 2011, radicaci�n 32277 y del 9 de marzo de 2011, radicaci�n 35466.  Corte Suprema de Justicia. Sentencia 38773 del 27 de febrero de 2013. MP: Mar�a del Rosario Gonz�lez.  Corte Suprema de Justicia, Sala de Casaci�n Penal, sentencia de 8 de septiembre de 2007. Radicaci�n 26.411.  Corte Suprema de Justicia, Sentencia 40062 del 6 de marzo de 2013.

MP: Julio Enrique Socha Salamanca. En esta oportunidad se trat� un tema an�logo al que aqu� se presenta, en el cual hab�a dos errores en la tasaci�n de la pena, uno desfavorable para el procesado y otro favorable. La Alta Corporaci�n, atendiendo el principio de la no reforma en peor, determin� que deb�a realizarse la correcci�n que aminoraba la pena, dejando inc�lume el defecto favorable y que no fue apelado.     PAGE  P�gina  PAGE 2 de  NUMPAGES 36 Sentencia Ley 906, 2009-01512-01 YHON JAIBER ARIAS y LUIS EDUARDO SALAZAR Hurto Calificado Agravado Confirma condena y modifica pena Rep�blica de Colombia  Tribunal Superior de Manizales Sala Penal P�gina  PAGE 1 de  NUMPAGES 36 Sentencia Ley 906, 2009-01512-01 YHON JAIBER ARIAS y LUIS EDUARDO SALAZAR Hurto Calificado Agravado Confirma Rep�blica de Colombia  Tribunal Superior de Manizales Sala Penal 67Jes{�������/ 9: B u | � � � � ; < m n � � � � ���鶠������n�`R`n`n�`�`R`n`n�`h�\�CJOJQJ^JaJh�vCJOJQJ^JaJ h��h�vCJOJQJ^JaJ#h��h�v5�CJOJQJ^JaJh�v5�CJOJQJ^JaJ+h�Oh�O5�CJOJQJ^JaJmH sH +h�Oh�v5�CJOJQJ^JaJmH sH (h��h�vCJOJQJ^JaJmH sH h�vmH sH +h��h�v5�CJOJQJ^JaJmH sH  67Je������� � � � � � � � 78���������������������$��dh`��a$gd�v $dha$gd�v ��dh^��gd�vgd�v$dh&d P�� a$gd�v $dha$gd�v� � � � � � A B V � � � � � � � � �      � � � � �5��ѿ��⠒�v��v�vhvZv�vhvhvLvh�Z�CJOJQJ^JaJh�wECJOJQJ^JaJh�sjCJOJQJ^JaJhCZ.CJOJQJ^JaJh�\�CJOJQJ^JaJhV�CJOJQJ^JaJhv+�CJOJQJ^JaJ 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