Micelio

SENTENCIA — Tribunal Superior de Pasto

Radicado: 2013-09150 – 01 N.I. 9280

Sala: SALA PENAL

Ponente: Franco Solarte Portilla

Fecha: 2017-12-04

Sujetos procesales: PROCESADO: JÉFM

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FUNCI�N DE LA PENA EN EL ESCENARIO DE LA EJECUCI�N � La resocializaci�n del reo es el fin establecido por el legislador para quienes se encuentran ejecutando una sanci�n penal. ACUMULACI�N JUR�DICA DE PENAS - Pretende desterrar del ordenamiento jur�dico la posibilidad de que se sumen con proyecci�n aritm�tica las sanciones penales impuestas en varias sentencias.

ACUMULACI�N JUR�DICA DE PENAS - Pautas para determinar la sanci�n penal. / PRINCIPIO DE RAZONABILIDAD � Aplicaci�n por parte del juez ejecutor en la verificaci�n de la utilidad del tratamiento penitenciario y en la determinaci�n de la cantidad de sanci�n indispensable para el logro del objetivo resocializador � Siendo que el fin resocializador de la pena, se compagina con el esquema de un Estado constitucional, porque ya no se ve a la persona humana destinataria de la sanci�n como un medio para alcanzar discutibles objetivos de control social, sino que la ubica como un sujeto destinatario de medidas que logren retornarlo apto para retomar una convivencia social pac�fica, se determina que el funcionario judicial al momento de establecer la sanci�n acumulada no dio aplicaci�n de los par�metros que dicha instituci�n impone para su operancia, tanto de tinte subjetivo como objetivo, en tanto no valor� el comportamiento del condenado, quien ha aprovechado las medidas que el establecimiento carcelario ha implementado para procurar el prop�sito resocializador, lo cual denota la intenci�n de someterse a las reglas institucionales establecidas; no encontrando justificaci�n alguna el severo c�lculo punitivo realizado, el cual se encuentra m�s cerca de la acumulaci�n aritm�tica que del apego a la acumulaci�n jur�dica, siendo procedente modificar la decisi�n y fijar un monto de pena razonable y justo. / Tribunal Superior del Distrito Judicial de Pasto Sala de Decisi�n Penal Magistrado Ponente: Franco Solarte Portilla Asunto: Apelaci�n Interlocutorio decide acumulaci�n jur�dica de penas Delito (s): Acceso carnal violento Condenado: J�FM Radicaci�n: 2013-09150 � 01 N.I. 9280 Aprobaci�n: Acta N� 2017 - 258 San Juan de Pasto, diciembre cuatro de dos mil diecisiete Vistos Corresponde al Tribunal resolver el recurso de apelaci�n presentado por la defensora del se�or J�FM, contra el interlocutorio proferido por el Juzgado Segundo de Ejecuci�n de Penas y Medidas de Seguridad de Pasto calendado a 20 de junio de 2017, mediante el cual se decret� la acumulaci�n jur�dica de penas a favor del procesado.

Antecedentes Mediante sentencia del 10 de julio de 2014 proferida por el Juzgado Quinto Penal del Circuito con Funciones de Conocimiento de Pasto, se conden� al se�or J�FM a pena de prisi�n de 78 meses, y la accesoria de interdicci�n de derechos y funciones p�blicas por el mismo t�rmino de la sanci�n principal, al encontrarlo responsable del delito de acceso carnal violento, por hechos sucedidos el 26 de octubre del a�o 2013.

As� mismo fue condenado en sentencia emitida el 4 de agosto de 2014 por el Juzgado Segundo Penal del Circuito con Funciones de Conocimiento de Pasto, al declararlo nuevamente responsable del delito de acceso carnal violento, irrog�ndole 6 a�os y 15 d�as de prisi�n y la accesoria de interdicci�n de derechos y funciones p�blicas por igual t�rmino. De los fallos dictados por los cargos antes se�alados, el Juzgado Segundo de Ejecuci�n de Penas y Medidas de Seguridad de Pasto avoc� su conocimiento.

Para el 14 de junio de la presente anualidad, la defensora de confianza del sentenciado present� solicitud de acumulaci�n jur�dica de penas, que al ser decidida por el Despacho judicial competente, fue impugnada por la profesional peticionaria. Del acto impugnado Mediante interlocutorio del 20 de junio de 2017, proferido por el Juez Segundo de Ejecuci�n de Penas y Medidas de Seguridad de Pasto, se dispuso la acumulaci�n jur�dica de penas impuesta por las titulares de los Juzgados Quinto y Segundo Penal del Circuito de Pasto en contra del se�or J�FM, se�alando el Despacho ejecutor como pena definitiva la de 144 meses y 15 d�as de prisi�n, y la accesoria de inhabilidad para el ejercicio de derechos y funciones p�blicas por igual tiempo que el de la sanci�n principal.

Fundament� su decisi�n, haciendo alusi�n al contenido del art�culo 460 del C�digo de Procedimiento Penal, pues consider� que acorde con la interpretaci�n sistem�tica de la normatividad, en el evento estudiado se cumpl�a a cabalidad con los requisitos objetivos que contempla la norma en menci�n, esto es, que los hechos punibles fueron cometidos el mismo d�a (ejecutados en diferentes horas), ninguno aconteci� con posterioridad a las fechas en que fueron proferidos los fallos, las penas impuestas no hab�an sido ejecutadas totalmente, y las conductas delictivas endilgadas al procesado no se perpetraron mientras ocurr�a la privaci�n de la libertad.

Se�al� que la base de la acumulaci�n jur�dica de penas ser� la sanci�n m�s grave impuesta al condenado, es decir la del delito de acceso carnal violento impuesta por 78 meses de prisi�n, y a ese monto adicionarle 66 meses y 15 d�as, tomados como el �otro tanto� del segundo fallo emitido por similar injusto, atendiendo ello el querer del art�culo 31 del C�digo Penal.

Para sustentar su decisi�n el a quo consider� como puntos determinantes factores tales como: la personalidad del condenado; la lesividad de las conductas por tratarse de delitos contra la libertad, integridad, y formaci�n sexual; el da�o ocasionado a las v�ctimas; la integraci�n del sujeto a la sociedad; la reincidencia y los principios de la pena; siendo as�, estim� ajustado a derecho el establecimiento en definitiva de la sanci�n en 144 meses y 15 d�as de prisi�n como penas acumuladas por los dos delitos antes relacionados.

Por lo dem�s, indic� que por ausencia de demostraci�n del requisito cuantitativo de que trata el art�culo 64 del C�digo Penal, no era jur�dicamente posible conceder al condenado el subrogado de la libertad condicional, como tampoco, iter�, el sustituto de la prisi�n domiciliaria. De la impugnaci�n La defensora de confianza del se�or J�FM manifest� su inconformidad con la se�alada decisi�n, advirtiendo de entrada que si bien como producto del cumplimiento de los requisitos exigidos por la ley fue decretada por el Juez de primera instancia la acumulaci�n jur�dica de penas impetrada, observa que la disminuci�n de solamente 6 meses a la sanci�n irrogada en la segunda condena, deven�a precaria.

Dijo que tal definici�n resulta ser equivocada y ello se explica en que no tuvo el Juez en cuenta aspectos relevantes dentro del proceso penal como la aceptaci�n de cargos de su defendido, la presunci�n de inocencia que a�n lo cobijaba, con mayor veras si persisten dudas en cuanto a la mism�sima ocurrencia de los hechos, ya que se predican de estos haberse perpetrado en un mismo d�a, pero sobre persona distinta y lugares geogr�ficamente diferentes.

Se�al� que desde el punto de vista filos�fico, la acumulaci�n jur�dica de penas constituye un criterio razonable para la determinaci�n de la punibilidad, por lo que se deb�a dosificar la aflicci�n a favor de su prohijado, acudiendo -sin ahondar en el examen- a �los preceptos legales existentes y el principio de igualdad y favorabilidad�. En este sentido, solicit� que una vez sea dosificada la pena, se proceda a escuchar testimonios y a oficiar al Instituto Penitenciario y Carcelario INPEC-PASTO para que se concedan los subrogados penales.

Consideraciones Sea lo primero anotar que por la previsi�n del numeral 6� del art�culo 34 de la Ley 906 de 2004, esta Corporaci�n es competente en segunda instancia para desatar la tensi�n en esta oportunidad propuesta. Siendo as�, ata�e ser dilucidado en este nivel, si la acumulaci�n jur�dica de las penas decretada por el Juez de primera instancia se compadece con los par�metros que dicha instituci�n impone para su operancia, y de contera establecer si la sanci�n acumulada fue determinada con la debida correcci�n jur�dica.

Con ese norte, es fundamental precisar que la acumulaci�n jur�dica de penas constituye un mecanismo de dosificaci�n punitiva vinculado, en principio, al fen�meno del concurso de conductas punibles, cuya finalidad consiste en establecer, con prop�sitos de limitaci�n, un criterio razonable para la determinaci�n de la punibilidad en eventos de concurso ideal o material de delitos.

Este mecanismo se opone al sistema de acumulaci�n aritm�tica de las penas, en virtud del cual se impondr�an tantas penas sumadas como delitos cometidos. Dicho instituto se encuentra regulado en id�ntica forma dentro de los dos sistemas procesales vigentes, pues as� lo rezan los art�culos 460 de la Ley 906 de 2004 y 470 de la Ley 600 de 2000, que dictan que las normas que regulan la dosificaci�n de la pena para el caso de concurso de conductas punibles, son tambi�n aplicables cuando se hubieren emitido varias sentencias en diferentes procesos, hip�tesis �sta en la que la pena impuesta en la primera decisi�n se tendr� como parte de la sanci�n a purgar, siendo igualmente cierto que la acumulaci�n no puede ser consentida para reatos cometidos con posterioridad al proferimiento de sentencia de primera o �nica instancia en cualquiera de los procesos, ni penas ya ejecutadas, ni las impuestas por delitos perpetrados durante el tiempo en que la persona estuviere privada de la libertad, as�: �ART�CULO 460.

ACUMULACI�N JUR�DICA. Las normas que regulan la dosificaci�n de la pena, en caso de concurso de conductas punibles, se aplicar�n tambi�n cuando los delitos conexos se hubieren fallado independientemente. Igualmente, cuando se hubieren proferido varias sentencias en diferentes procesos. En estos casos la pena impuesta en la primera decisi�n se tendr� como parte de la sanci�n a imponer.

No podr�n acumularse penas por delitos cometidos con posterioridad al proferimiento de sentencia de primera o �nica instancia en cualquiera de los procesos, ni penas ya ejecutadas, ni las impuestas por delitos cometidos durante el tiempo que la persona estuviere privada de la libertad.� Ahora que, claramente se ve que la norma acabada de transcribir hace renv�o a una disposici�n legal reguladora del tema de concurso de conductas punibles, y esta es, precisamente, la prevista en el art�culo 31 del C�digo Penal que establece que el encartado quedar� sometido a la pena m�s grave seg�n su naturaleza, aumentada hasta en �otro tanto�, sin que fuere superior a la suma aritm�tica de las que correspondan a las respectivas conductas punibles debidamente dosificadas cada una de ellas.

Con fidelidad a lo recontado, veamos: �ARTICULO

31. CONCURSO DE CONDUCTAS PUNIBLES.�El que con una sola acci�n u omisi�n o con varias acciones u omisiones infrinja varias disposiciones de la ley penal o varias veces la misma disposici�n, quedar� sometido a la que establezca la pena m�s grave seg�n su naturaleza, aumentada hasta en otro tanto, sin que fuere superior a la suma aritm�tica de las que correspondan a las respectivas conductas punibles debidamente dosificadas cada una de ellas. <Inciso modificado por el art�culo� HYPERLINK "http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ley_0890_2004.html" \l "1" 1�de la Ley 890 de 2004.

El nuevo texto es el siguiente:> En ning�n caso, en los eventos de concurso, la pena privativa de la libertad podr� exceder de sesenta (60) a�os. � Cuando cualquiera de las conductas punibles concurrentes con la que tenga se�alada la pena m�s grave contemplare sanciones distintas a las establecidas en �sta, dichas consecuencias jur�dicas se tendr�n en cuenta a efectos de hacer la tasaci�n de la pena correspondiente.

PARAGRAFO. �En los eventos de los delitos continuados y masa se impondr� la pena correspondiente al tipo respectivo�aumentada en una tercera parte.� Gran relevancia entra�a saber de qu� manera se logra establecer con acierto jur�dico el monto del �otro tanto�, ya que en puridad ello se erige sin dudarlo, por naturales razones, en la cuesti�n de mayor inter�s para el condenado.

Y si bien puede concebirse esa tarea como el fruto de una potestad discrecional del juez, que desde luego no puede trasuntar en arbitrariedad o capricho, porque adem�s del deber de respetar unos l�mites de orden objetivo -como que en todo caso el resultado de esa operaci�n no puede superar la suma aritm�tica de las penas, ni el doble de la m�s grave, ni los 60 a�os de prisi�n- la jurisprudencia ha impuesto al operador judicial la verificaci�n de otros t�picos que emergen del abordaje de un ejercicio de tinte subjetivo, como se desprende de este precedente: �En el mismo sentido, y con el prop�sito de fijar pautas claras que definan la facultad del juzgador para determinar la pena en estos eventos, aplicables tambi�n a los casos de acumulaci�n jur�dica de penas, la Corte unific� su jurisprudencia, a partir de la cual se resuelven los problemas de hermen�utica suscitados con la entrada en vigencia del art�culo 31 del C.P. - Ley 599 de 2000 -, norma que omiti� hacer referencia a criterios puntuales orientadores de la actividad jurisdiccional como s� acontec�a en el Decreto Ley 100 de 1980, inciso 2� del art�culo 61.

(�) De ah� que, cuando el funcionario ha fijado las penas por cada delito concurrente, escoge la sanci�n m�s grave y la incrementa en raz�n del concurso, no s�lo tiene el deber de considerar l�mites num�ricos como el hasta otro tanto, la suma aritm�tica o el m�ximo de sesenta (60) a�os de prisi�n, sino a la vez puede invocar aspectos valorativos como la cantidad de conductas y la mayor o menor gravedad de los comportamientos, as� como las modalidades bajo las cuales fueron ejecutadas las acciones, en aras de que el resultado guarde armon�a con los fines del derecho penal de amparar bienes jur�dicos, evitar sanciones excesivas e impedir en las decisiones judiciales el subjetivismo o la irracionalidad.�(Las negrillas fuera del texto original).

La exigencia de adelantar un ejercicio valorativo, como lo demanda el aparte del precedente acabado de memorar, hay que decirlo con toda franqueza, tristemente no es abordado con la indispensable connotaci�n en las sentencias, seg�n ya lo viene advirtiendo el Tribunal, desd�n que no se justifica porque la debida argumentaci�n judicial no se agota en los t�picos atinentes, verbigracia, a la verificaci�n de los elementos estructurales del injusto culpable o en el examen suasorio de las pruebas, seg�n sea el caso, sino que se extiende al punto nodal referido a la sanci�n, cuanto m�s que una vez establecida la responsabilidad penal, el ser humano condenado por la comisi�n de un delito, merece saber de las razones que alentaron a su juez para irrogarle una pena y m�s concreto a�n, cu�l es el fundamento jur�dico que el operador tuvo para determinar cuantitativamente la aflicci�n.

Ahora bien, procurando cumplir con esa ineludible carga y con la intenci�n de resolver con el mayor acierto jur�dico la tensi�n en esta oportunidad propuesta, la Sala a continuaci�n expondr�, con apoyo en una visi�n sistem�tica de la normatividad que regula lo concerniente a la individualizaci�n de la sanci�n penal, las motivaciones necesarias con las que pretende a la postre legitimar la decisi�n que asumir� en un tema de la mayor sensibilidad como el que ahora nos convoca.

Una labor de ese talante impone, de entrada e indefectiblemente, fijar la atenci�n en los postulados descritos en los art�culos 3� y 4� del C�digo Penal, que se erigen, nada menos que en �normas rectoras de la ley penal colombiana� y que, por poseer esa prevalente condici�n, no solamente constituyen un imperativo de cumplimiento sino que establecen hitos de interpretaci�n judicial en materia criminal, como que en esa clase de normas est� impresa como una impronta la ideolog�a de Estado en una materia de la mayor importancia, relativa al dise�o y desarrollo de una pol�tica direccionada al control social a trav�s del instrumento de m�xima severidad, como es el sistema penal.

Conviene reproducir, entonces en su fidelidad textual, los contenidos de las susodichas disposiciones: �Art. 3�.- La imposici�n de la pena o la medida de seguridad responder�n a los principios de necesidad, proporcionalidad y razonabilidad. El principio de necesidad se entender� en el marco de la prevenci�n conforme a las instituciones que la desarrollan�. �Art. 4�.- La pena cumplir� las funciones de prevenci�n general, retribuci�n justa, prevenci�n especial, reinserci�n social y protecci�n al condenado.

La prevenci�n especial y la reinserci�n social operan en el momento de la ejecuci�n de la pena de prisi�n�. (Destaca el Tribunal) Como no podr�a ser distinto, de forma aun desprevenida se otea que tales normas jur�dicas develan la adscripci�n del sistema penal colombiano a un modelo de corte constitucional, propio de la teor�a social y democr�tica de derecho de nuestra vigente Carta, y de contera repudian, en el punto, aquella desterrada concepci�n apegada a la tesis del retribucionismo �tico de las penas, la que en clara confusi�n con la moral, en sus entra�as encuba y alimenta la idea de la aplicaci�n para los d�scolos de sanciones, sin m�s consideraciones que las que emergen de la verificaci�n del hecho objetivo de haber violado las reglas de convivencia.

Sin ahondar -al ser innecesario por ahora- en todo el discurso atinente al tema de las teor�as de las penas, su evoluci�n y cr�ticas, d�gase que seg�n el esp�ritu del legislador explicitado en normas moduladoras, el ordenamiento penal colombiano est� matriculado a la corriente del pensamiento que ve a la sanci�n penal como un instrumento preventivo (teor�a relativa), vale decir, su aplicaci�n no responde a la idea de causar un mal por la realizaci�n de otro, no se detiene a mirar hacia atr�s, sino que es visionaria, en tanto se legitima solamente en la medida en que cumple un objetivo socialmente �til, eso s�, sin soslayar que quien es destinatario de esa dr�stica medida es un ser humano, que ni su condici�n de delincuente tiene la capacidad de arrebatarle su dignidad, acorde ello con la filosof�a que inspira la inscripci�n del Estado a un modelo social de derecho.

As� de ese modo, fuerza precisar que la manera como est� concebido el texto del aludido art�culo 4� Sustancial no responde a un aspecto de mera forma o a un estilo casual de redacci�n, sino que entra�a toda una estructura dogm�tica de la pena inspirada en una profunda filosof�a de Estado que impone unos prop�sitos inequ�vocamente explicitados en la norma, pero adem�s y esencialmente, que el constituyente derivado se dio a la tarea de dejar en claro que cada uno de los fines atribuidos a la sanci�n penal tienen un escenario espec�fico de aplicaci�n. En efecto, si el aludido canon en el inciso 2� advierte que �la prevenci�n especial y la reinserci�n social operan al momento de la ejecuci�n de la pena de prisi�n�, al tiempo est� aclarando que los otros fines dispuestos con aquellos en el inciso 1�, estos son, la prevenci�n general, la retribuci�n justa y la protecci�n al condenado, tienen �mbito de aplicaci�n en otros estadios de operancia punitiva.

De conformidad con ello: �La pena tiene en nuestro sistema jur�dico un fin preventivo, que se cumple b�sicamente en el momento del establecimiento legislativo de la sanci�n, la cual se presenta como la amenaza de un mal ante la violaci�n de las prohibiciones; un fin retributivo, que se manifiesta en el momento de la imposici�n judicial de la pena, y un fin resocializador que orienta la ejecuci�n de la misma, de conformidad con los principios humanistas y las normas de derecho internacional adoptadas�. Al margen de profundizar y tomar partida en las distintas cr�ticas formuladas a las teor�as de la prevenci�n general (positiva y negativa), la prevenci�n especial (negativa) y la retribuci�n justa, lo cierto es que en lo que s� parece existir pac�fico consenso, es en cuanto concierne al fin resocializador de la pena, en la medida en que ese prop�sito se compagina con el esquema de un Estado constitucional, porque ya no se ve a la persona humana destinataria de la sanci�n como un medio para alcanzar discutibles objetivos de control social, sino que la ubica como un sujeto destinatario de medidas que logren retornarlo apto para retomar una convivencia social pac�fica.

Ahora bien, saber que en los art�culos 3� y 4� del C�digo Penal est� inmersa toda una pol�tica estatal en el manejo de las penas para los condenados por la comisi�n de delitos, no es solamente descubrir que tal esencial y determinante tem�tica est� regulada en Colombia, sino que adem�s y fundamentalmente que aflora la exigencia irrefragable para que toda la institucionalidad que de alguna manera tiene el deber funcional de aplicarla lo haga ce�ida a esos par�metros y desde luego, eso s�, dependiendo del escenario en que surja la obligaci�n de hacerlo, porque como se ver� enseguida, trat�ndose de momentos distintos de aplicaci�n con dis�miles prop�sitos, el tratamiento asimismo debe diferir.

En efecto, si concebimos la obligatoriedad de observar el contenido del mentado art�culo 3�, las autoridades p�blicas deber�n en rigor y sin excusa, adelantar examen de necesidad, proporcionalidad y razonabilidad cada vez que por la fuerza de su rol oficial deban atender un asunto que encarne la posibilidad de proferir una decisi�n que implique una sanci�n penal.

Pero es lo cierto que tales ejercicios deber�n estar indisolublemente atados al cumplimiento de los prop�sitos expl�citamente concretados en el art�culo 4� ib�dem, pues aquellos principios no se explican sino en la medida en que buscan alcanzar los fines dispuestos en la �ltima norma citada. Huelga decir, que el examen de cada uno de los aludidos principios puede y en efecto debe tener preponderancia respecto de los otros, nuevamente, seg�n el momento en que se imponga el deber del an�lisis.

De la mano de la doctrina: �En definitiva, el C�digo Penal colombiano, en materia de teor�as de la pena, acoge la teor�a mixta (art�culo 4�) y obliga a diferenciar entre los distintos momentos o etapas que desarrollan la instituci�n: (i) la etapa de su creaci�n, a cargo del legislador, en donde ha de predominar la prevenci�n de naturaleza general;

(ii) la etapa de su imposici�n (art�culo 3�), en la cual debe darse prioridad a los efectos retributivos (proporcionalidad) a la luz de la magnitud del injusto y el grado de culpabilidad penal, sin soslayar los criterios de necesidad y razonabilidad; y (iii) el momento de la ejecuci�n de la pena, en el cual sobresalen los fines de prevenci�n especial y reinserci�n social, seg�n lo dispuesto en el inciso segundo del art�culo 4��. El superlativo inter�s que despierta esta tem�tica lleva a la tentaci�n de ahondar en los detalles atinentes a la forma como es deber del Parlamento dar aplicaci�n a los principios del art�culo 3� con direcci�n a los fines del 4� en el proceso de criminalizaci�n primaria, donde por fuerza deba ver enfrentadas tensiones de bienes jur�dicos, unos, los llamados a tutelar con el c�lculo de un determinado monto de sanci�n, y otros, los pertenecientes a los destinatarios de esa amenaza de imposici�n punitiva.

O ya en el momento de imponer en concreto la sanci�n a quien haya sido declarado individualmente responsable de la perpetraci�n de una conducta punible, en donde el juez de conocimiento se ver� asimismo avocado a realizar un balanceo de bienes jur�dicos en contienda, como son los que en concreto han sido objeto de transgresi�n, los que son anejos a las v�ctimas y los que dimanan del agente activo del delito luego de haber adelantado el indispensable juicio de culpabilidad, y de ah� extraer con la mayor ponderaci�n y equilibrio la cantidad de pena que luzca al fin necesaria, proporcional y razonable.

Mas, consciente la Sala del reducido espacio en el que nos encontramos, fuerza limitar nuestro examen al punto alusivo a la funci�n de la pena en el escenario de la ejecuci�n, porque es ese el surco que para el caso en examen est� dispuesto, como que de lo que se trata es de establecer cu�l es la sanci�n que deber� soportar en lo ulterior el condenado de este proceso en el marco de la acumulaci�n jur�dica de penas, por cuanto en contra de �l pesan dos sentencias condenatorias con los requisitos necesarios, hay que decirlo sin ambages, para hacerse acreedor a los indudables influjos ben�ficos de la susodicha figura. De especial utilidad de lo recontado supra, es que dada la funci�n espec�fica atribuida por designio legal a las penas en el momento de creaci�n de la norma impositiva o cuando el juez de conocimiento la impone en concreto y habida cuenta de la existencia clara de tensiones de bienes jur�dicos en pugna, se impone de manera indefectible en ambos episodios, cuanto menos, un serio y responsable test de proporcionalidad, ello, sin soslayar, en ning�n momento, que tal ejercicio mental tiene por norte, as� sea preponderantemente, la prevenci�n general para el legislador y la retribuci�n justa para el juzgador.

Solo de esa manera puede arribarse a un monto punitivo que se estime justo y leg�timo. Pero cuando el examen se circunscribe a calcular con esas mismas connotaciones una cantidad de aflicci�n para quien condenado por la comisi�n de un delito se encuentra ya en la etapa de la ejecuci�n de la pena, ya no es del resorte del operador judicial encargado procurar legitimar su funci�n con una mirada retrospectiva, abordando t�picos que circunscritos a otros prop�sitos estatales fueron �o al menos en teor�a ya debieron ser considerados- pues que reiterar en aspectos atinentes a la culpabilidad o a todas las circunstancias que confluyeron en la comisi�n del injusto, es tanto como, de un lado, hacer doble desvalor a unos elementos de convicci�n que pueden fluir negativos, pero de otro, desconocer la ret�rica filos�fica de Estado que ense�a que es la resocializaci�n del reo el �nico fin establecido por el legislador para quienes se encuentran ejecutando una sanci�n penal.

Si ello es as�, si en puridad la visi�n del juez ejecutor tiene fijada una espec�fica misi�n y esta es la verificaci�n de la utilidad del tratamiento penitenciario para el caso particular de un condenado y en suma el establecimiento de la cantidad de sanci�n indispensable para el logro del objetivo resocializador, en esos �mbitos ser� el principio de razonabilidad al que deber� acudir aqu�l operador judicial en aras de cumplir con apego a derecho esa magna pero delicada tarea puesta en sus manos. Mas, huelga decirlo, cuanto mayor correcci�n jur�dica lograr� la aludida operaci�n, tanto m�s el funcionario conozca de que se trata.

No ignora el Tribunal que el concepto de razonabilidad ha sido materia de profundas discusiones principalmente al seno de la doctrina, pero por considerar que se aviene a los prop�sitos de este estudio, acogemos aquella teor�a que lo ve como �interdicci�n de la arbitrariedad�, seg�n la cual �una decisi�n razonable es una decisi�n no arbitraria, es decir, fundada en una raz�n jur�dica leg�tima.

(�) Este principio proh�be los ejercicios del poder p�blico que son abiertamente irrazonables, es decir, ejercicios de un poder que no tenga ninguna motivaci�n y que no tenga en consideraci�n los individuos afectados por el mismo. En este sentido, un acto del Estado ser� irrazonable cuando carezca de todo fundamento, cuando no tienda a realizar ning�n objetivo jur�dicamente relevante�.

Entonces, �c�mo aplicar este principio para el caso de verificar el fin de la resocializaci�n del condenado? Los siguientes apuntes con seguridad se constituyen en una gran ayuda: En el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Pol�ticos, adoptado por el ordenamiento nacional mediante la Ley 74 de 1968, en su art�culo 10.3 se establece que �el r�gimen penitenciario consistir� en un tratamiento cuya finalidad ser� la reforma y readaptaci�n social del penado�.

Consecuente con ello, el art�culo 10 de la Ley 63 de 1995 estatuye que el tratamiento penitenciario procura �alcanzar la resocializaci�n del infractor de la ley penal, mediante el examen de su personalidad��. (Destaca la Sala). De vieja data, la Corte Constitucional ha dicho que el tratamiento penitenciario tiene un car�cter progresivo, lo que se explica por cuanto en �l est� inmersa la idea de procurar el objetivo de la reeducaci�n del socialmente d�scolo; por eso, �lo que compromete la existencia de la posibilidad de resocializaci�n, no es la dr�stica incriminaci�n de la conducta delictiva, sino m�s bien la existencia de sistemas que, como los subrogados penales y los sistemas de redenci�n de la pena, garanticen al individuo que rectifica y enruta su conducta, a la efectiva reinserci�n en sociedad�.

Sin dudarlo que aqu� cabe tambi�n el ejemplo de la acumulaci�n jur�dica de penas. Y en una reciente providencia, el alto Tribunal de cierre constitucional dej� sentado sin dubitaciones que: �Profundizando puntualmente en la ejecuci�n de las penas, conviene se�alar que el sistema penal consagra como funciones de la pena la prevenci�n general, la retribuci�n justa, la prevenci�n especial, la reinserci�n social y la protecci�n al condenado.

No obstante, solo la prevenci�n especial y la reinserci�n social son las principales funciones que cobran fuerza en el momento de la ejecuci�n de la pena de prisi�n (art. 4� del C�digo Penal), de tal forma que como lo ha reconocido la jurisprudencia constitucional desde sus inicios, en el Estado social de derecho la ejecuci�n de la sanci�n penal est� orientada hacia la prevenci�n especial positiva, esto es, en esta fase se busca ante todo la resocializaci�n del condenado respetando su autonom�a y la dignidad humana como pilar fundamental del derecho penal.

De ah� que la teor�a actual de la pena refiera a que el tratamiento penitenciario deba estar dirigido a la consecuci�n de la reeducaci�n y la reinserci�n social de los penados, y deba propender por hacer que el condenado tenga la intenci�n y la capacidad de vivir respetando la ley penal, en desarrollo de una actitud de respeto por su familia, el pr�jimo y la sociedad en general.

Es lo que se conoce como la humanizaci�n de la pena a partir del postulado de la dignidad humana que establece el art�culo 1� de la Constituci�n Pol�tica�. (Destaca el Tribunal). Por manera que una decisi�n judicial que implique en la etapa ejecutiva de la sanci�n penal valorar cuantitativamente un determinado monto punitivo, no puede soslayar que por tratarse del m�s dr�stico mecanismo de control social conocido, cual es la restricci�n a libertad personal, que desde luego lleva impl�cito el sufrimiento corporal y espiritual, cualquier ligereza que ofrezca riesgo del exceso va en contrav�a de la m�s profunda concepci�n axiol�gica consignada como impronta en nuestra Carta, que ubica al ser humano como el centro y un fin en s� mismo; adem�s, que toda decisi�n de esa naturaleza restrictiva que luzca por fuera de lo estrictamente indispensable, habr� de ser considerada funcionalmente arbitraria y por esa senda, desp�tica.

Pero �c�mo hacer que una tarea de semejante talante, que indefectiblemente contiene una carga de subjetivismo, no quede anclada en la simple ret�rica y avance en cambio hacia su realizaci�n material y objetiva? Sin desconocer la dificultad de un ejercicio que satisfaga esa exigencia, quiz�s pueda encontrarse respaldo en conceptos de autoridad, como los expuestos en el precedente �ltimo tra�do a colaci�n, as�: �Ahora bien, muchas veces se presentan tensiones entre la prevenci�n general, entendida como la tipificaci�n legal de los hechos punibles que pretende desestimular conductas lesivas de bienes jur�dicos dignos de ser tutelados por el derecho penal otorgando criterios retributivos y de proporcionalidad entre delito-pena, y la prevenci�n especial positiva.

Tales tensiones se materializan en que la prevenci�n general aconseja penas m�s severas, mientras que la prevenci�n especial positiva parte de la base de pol�ticas de resocializaci�n que sugieren penas bajas�. (Destaca el Tribunal). Este aserto comulga en inequ�voca armon�a con la teleolog�a que inspir� al legislador para la creaci�n de la figura de acumulaci�n jur�dica de penas, la que con innegable pretensi�n human�stica, quiso desterrar del ordenamiento la posibilidad de que se sumen con proyecci�n aritm�tica las sanciones penales impuestas en sendas sentencias a una persona por la comisi�n plural de delitos.

Hasta aqu� se tiene como directriz la magnanimidad o si se quiere la benevolencia que el juez natural debe tener cuando aborde la labor de decidir sobre la acumulaci�n jur�dica de penas, que en todo caso es distinta, por lo acabado de ver, que cuando desarrolla la tarea de calcular el monto de sanci�n en otros estadios o etapas en donde se desempe�e. Pero si se quiere encontrar fundamentos de mayor objetividad para procurar el acierto en sus decisiones de la especie examinada, en la misma jurisprudencia podemos hallar esos soportes; veamos: �De acuerdo con lo expuesto, a t�tulo de s�ntesis, la Sala estima que s�lo son compatibles con los derechos humanos la ejecuci�n de las penas que tiende a la resocializaci�n del condenado, esto es, a su incorporaci�n a la sociedad como sujeto capaz de respetar la ley penal.

Por consiguiente, adquiere preponderancia la pol�tica penitenciaria ejecutada por el INPEC y vigilada por el Juez de Ejecuci�n de Penas y Medidas de Seguridad, pues es a �ste �ltimo en asocio con los conceptos del INPEC, a quien le corresponde evaluar seg�n los par�metros fijados por el legislador, s� es posible que el condenado avance en el r�gimen progresivo y pueda acceder a reg�menes de privaci�n de la libertad de menor contenido coercitivo (libertad condicional, prisi�n domiciliaria, vigilancia electr�nica, entre otros subrogados penales), logrando la readaptaci�n del condenado�.

(Destaca la Sala). Con ello en mente, corresponde entonces enseguida revisar cu�l es la informaci�n que revela la actuaci�n procesal surtida en curso de la ejecuci�n de la pena, respecto al condenado J�FM: Obra una primera constancia suscrita por el director y coordinador de la oficina de investigaciones disciplinarias de internos del centro carcelario de esta ciudad, de fecha 16 de julio de 2015, donde se certifica que el aludido condenado �no registra antecedentes disciplinarios�.

Certificado de c�mputos de trabajo, estudio y ense�anza, donde se da cuenta acerca de la dedicaci�n del encartado durante algunos meses de 2014 y de 2015 a labores de c�rculo de productividad artesanal en madera, con resultados en todas las fechas de evaluaci�n de �sobresaliente�. Calificaciones de conducta consignadas en la cartilla biogr�fica, desde el mes de noviembre de 2013, fecha desde que FM se encuentra privado de la libertad, el a�o completo de 2014 y hasta mayo de 2015, con calificaci�n entre �buena� y �ejemplar�.

Certificado emitido por la directora de investigaciones disciplinarias del establecimiento carcelario de Pasto del 22 de febrero de 2016, con constancia de ausencia de antecedentes de esa �ndole para la referida persona. Certificado de c�mputos por trabajo, estudio y ense�anza durante el segundo semestre de 2015 y los primeros meses de 2016, donde consta una actividad laboral en intramuros en madera por el condenado con calificaci�n �sobresaliente�.

Certificaci�n de conducta correspondiente a algunos meses de 2014, otros de 2015 y algunos de 2016. Aqu� es importante remarcar que dicha calificaci�n ofrece un reporte en ascenso, de �buen� comportamiento en 2014 a �ejemplar� en algunos reportes de 2015 y 2016. Certificado de ausencia de antecedentes disciplinarios para el penado, fechado el 22 de febrero de 2017.

Certificado de c�mputos por trabajo, estudio y ense�anza de J�F, donde consta acerca de la dedicaci�n de �ste en los c�rculos de productividad artesanal en madera, durante el a�o 2016 y lo que va de 2017, con calificaci�n �sobresaliente�. Calificaciones de conducta del referido condenado que revela claramente c�mo la misma ha ido en ascenso, de �buena� en algunos meses de 2014, �buena� y �ejemplar� en 2015 y siempre �ejemplar� durante el a�o de 2016 y lo que va siendo escrutado en 2017.

La informaci�n procesal acabada de relacionar es azas elocuente. Sin dificultad se otea que J�FM viene haciendo el mejor acopio de las medidas que el establecimiento carcelario donde aqu�l se encuentra purgando pena tiene implementado para procurar el prop�sito resocializador de los condenados, como que viene ocupando activa y productivamente el tiempo laboral en el mism�simo encierro, logrando siempre una calificaci�n �sobresaliente�, s�ntoma que no puede sino denotar la intenci�n que le asiste de someterse a las reglas institucionales establecidas.

Es la misma inferencia l�gica que se deriva de valorar la ausencia de motivos que hayan llevado a la administraci�n del centro carcelario a adelantar en contra del referido interno investigaciones disciplinarias, seg�n lo anuncian las sendas constancias en ese sentido emitidas, pero adem�s y muy especialmente, que nunca fue calificado negativamente en su comportamiento, destac�ndose en contraste que dicha calificaci�n fue en ascenso con el paso del tiempo en encierro, como que de �buena� conducta al principio de su reclusi�n, pas� a �ejemplar�, seg�n las �ltimas certificaciones proferidas, aspecto �ste indicativo de que la naturaleza progresiva de la resocializaci�n se viene cumpliendo.

Como viene de verse y ya para concluir, no se atisba un solo argumento que con legitimidad justifique en este caso un severo c�lculo punitivo como lo hizo el a quo, m�s cerca de la acumulaci�n aritm�tica que del apego a la acumulaci�n jur�dica, si en lugar de hallar motivos razonables que inviten a pensar en la adopci�n como medida de un prolongado e innecesario encierro, lo que surge es la persuasi�n de que el condenado en cuesti�n viene asimilando con actos positivos y objetivamente verificables su deseo de tornar reeducado a la sociedad.

No es ligero vaticinar, que una extensi�n de la pena en la forma como lo hizo el Juez de primer grado, podr�a desestimular la intenci�n resocializadora del penado, logr�ndose de ese modo un resultado contrario al institucionalmente procurado. De modo que para el Tribunal resulta razonable y justo, dadas las particulares circunstancias suficientemente resaltadas, amen que estamos hablando del n�mero plural m�nimo de sentencias proferidas, que la pena que finalmente deber� purgar el condenado J�FM por virtud de la acumulaci�n jur�dica en esta ocasi�n pedida, sea de 96 meses de prisi�n, que resulta de tomar la sanci�n mayor impuesta en la sentencia del 10 de julio de 2014 emitida por el Juzgado Quinto Penal del Circuito de Pasto (78 meses), la que se incrementa en 18 meses por cuenta de la pena impuesta en el fallo del dictado por el Juzgado hom�logo Segundo de esta ciudad el d�a 4 de agosto de la misma anualidad.

Como misi�n adicional a desarrollar, corresponde a la Sala verificar si con las reformas que se har� al fallo del primer nivel seg�n lo anunciado, puede abrirse paso la concesi�n de alg�n mecanismo sustituto de la prisi�n en intramuros, como que, adicionalmente, fue ese tambi�n pedido que elev� la recurrente en esta oportunidad. Dado el estadio procesal en el que nos encontramos, ser�an dos los suced�neos que ameritan ser estudiados: la prisi�n domiciliaria regulada en el art�culo 38 G del C�digo Penal y la libertad condicional prevista en el art�culo 64 ib�dem.

Respecto a la primera figura, sin necesidad de entrar en mayores consideraciones la misma se descarta, no m�s con la verificaci�n objetiva de la prohibici�n contemplada en la susodicha norma para quienes han perpetrado delitos de la especie por la cual fue condenado el se�or FM en los procesos referenciados; si la exigencia es que para que proceda tal beneficio los requisitos previstos deben ser concurrentes, deviene en inoficioso adentrarse en el examen de las dem�s condiciones all� consagradas.

Tampoco resulta procedente el subrogado de la libertad condicional, habida cuenta que, atendiendo la informaci�n brindada en el plenario hasta ahora, desde el d�a en que el hoy condenado fue privado de su libertad, esto es el 8 de noviembre de 2013 hasta la presente fecha ha purgado una pena de prisi�n de 48 meses, siendo que por virtud del mentado art�culo 64 el tiempo que efectivamente deber�a haber estado recluido efectivamente son 57 meses y 18 d�as, que constituye las 3/5 partes, ya tomando como referente la sanci�n modificada en esta providencia de segunda instancia. Finalmente, no obstante que la decisi�n aqu� asumida result� compaginarse parcialmente con las pretensiones de la abogada recurrente, precisa la Colegiatura que no fue ello por compartir los argumentos de la aludida profesional, por el contrario los rechaza por ser abiertamente inoportunos, pues es extempor�neo irrogar alegaciones a estas alturas del proceso atinentes a la responsabilidad penal del condenado o debatir la presunci�n de inocencia cuando ya obran sentencias condenatorias ejecutoriadas y menos propender en este estadio por la aducci�n probatoria.

Decisi�n En m�rito de lo anterior, el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Pasto en Sala de Decisi�n Penal, Resuelve: Primero. - Modificar el numeral 2� de la parte resolutiva del auto apelado, en sentido de fijar en 96 meses de prisi�n como pena definitiva que por concepto de acumulaci�n jur�dica de penas debe purgar el sentenciado J�FM, de conformidad con lo expuesto en la parte motiva de esta providencia. Por igual t�rmino se irroga la accesoria de interdicci�n para el ejercicio de derechos y funciones p�blicas.

Segundo.- Confirmar en lo dem�s Contra esta providencia no procede recurso alguno. Notif�quese y C�mplase. Franco Solarte Portilla Magistrado Blanca Lidia Arellano Moreno Silvio Castrill�n Paz Magistrada Magistrado Juan Carlos �lvarez L�pez Secretario  Corte Constitucional Sentencia C-1086 de 2008  Ley 906 de 2004 Corte Suprema de Justicia, AP, Rad. 47.158, del 10 Dic 2015  En plurales pronunciamientos la Corte ha exigido la motivaci�n del juez en el punto de la dosificaci�n punitiva y este Tribunal asimismo lo ha demandado.

Ver providencia del Tribunal Superior de Pasto, radicado N.I. 11177, del 24 septiembre de 2014. Pero es lo cierto que es esa una obligaci�n legalmente impuesta, como que as� lo demanda el art�culo 59 del C�digo Penal.  Que habla de los principio que gobiernan a las sanciones penales  Que determina las funciones de la pena  Se trae a colaci�n a S�neca, al concebir �ste �que la pena se impone y justifica a s� misma porque se ha pecado (quia pecatum), por el mal o da�o cometido por el hombre�.

Con detalle, consultar a Diego Araque Moreno en Lecciones de Derecho Penal, Bogot�, Editora Ib��ez, p�gina 25 y siguientes.  Ver en detalle, Teor�as de la pena, Gloria Luc�a Bernal y Edwin Mauricio Cort�s S�nchez, Universidad Santo Tom�s, Editora Ib��ez, Bogot�.  Corte Constitucional, Sentencia C-430 de 1996  Ver Diego Araque Moreno, Lecciones de Derecho Penal.

Introducci�n y fundamentos de imputaci�n de responsabilidad penal. Ib��ez. Bogot�. P�ginas 48 y 49.  En efecto, se trata de dos condenas con penas de la misma naturaleza, por conductas cometidas antes de dictarse la primera sentencia, y ninguna ha sido ya ejecutada, seg�n lo prev� el art�culo del 460 de la Ley 906 de 2004.  �El concepto de proporcionalidad comprende tres conceptos parciales: la adecuaci�n de los medios escogidos para la consecuci�n del fin perseguido, la necesidad de la utilizaci�n de esos medios para el logro del fin (esto es que no exista otro medio que pueda conducir al fin y que sacrifique en menor medida los principios constitucionales afectados por el uso de esos medios), y la proporcionalidad en sentido estricto entre medios y fin, es decir, que el principio satisfecho por el logro de este fin no sacrifique principios constitucionales m�s importantes�.

Sentencia C-022 de 1996.  Ver El Derecho de los derechos, Carlos Bernal Pulido, Universidad Externado de Colombia, Bogot�, p�gina 6 y siguientes.  Ib�dem, p�gina 69  Sentencia C-565 de 1993, ratificado en C-430 de 1996.  Sentencia C-233 de 2016  Sentencia C-233 de 2016  La Sala Penal de Corte Suprema de Justicia ha sido enf�tica en se�alar que en casos de concurso de delitos �el incremento punitivo no puede corresponder a la simple acumulaci�n de sanciones, sino que tiene que representarle una ventaja sustancial al procesado�.

(Resalta el Tribunal). Ver entre otras sentencias: SJPSP 47588-2016  Sentencia C-233 de 2016  Folio 12  Folio 10  Folio 8  Folio 23  Folio 21  Folio 19  Folio 35  Folio 36  Folio 33 vta.     Apelaci�n interlocutorio Ejecuci�n de Penas Radicaci�n: 2013-09150-01 NI 9280 M.P. Franco Solarte Portilla PAGE  PAGE 20  #$JKt{�����į����t_tJ3,h�D�h�P�5�B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h�d B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h}YiB*CJOJQJ^JaJph )h�D�h�Y�B*CJOJQJ^JaJph h�rh��CJOJQJ^JaJ)h�D�h��B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h%B*CJOJQJ^JaJph,h�D�h��5�B*CJOJQJ^JaJph #h�rh%5�CJOJQJ^JaJ#h�rh��5�CJOJQJ^JaJ ��= > � � �����4_�������������������� �L�6�^�L`�6�gd�tgdU4d�gdU4 $dXa$gdh6] $dha$gdh6]gdh6]$&d P�� a$gd�k$�9��[$\$]�9a$gdU$a$gd�S-$a$gdf!���������:; < = > ��Ů����oZE.,h�D�hz�5�B*CJOJQJ^JaJph )h�D�hf!�B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h ?B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h�5B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h1P�B*CJOJQJ^JaJph )h�D�hzbcB*CJOJQJ^JaJph,h�D�h�Y�5�B*CJOJQJ^JaJph #h�rh%5�CJOJQJ^JaJ#h�rh�5�CJOJQJ^JaJ,h�D�h�5�B*CJOJQJ^JaJph > ^ f � � � � � C G � � � � � ��DzǝNjybKb4b,h�D�h�v�5�B*CJOJQJ^JaJph,h�D�h�B5�B*CJOJQJ^JaJph,h�D�h� �5�B*CJOJQJ^JaJph #h�rh� �5�CJOJQJ^JaJ#h�rh��5�CJOJQJ^JaJ)h�D�hz�B*CJOJQJ^JaJph )h�D�h�BB*CJOJQJ^JaJph )h�D�hUB*CJOJQJ^JaJph h�rh�5CJOJQJ^JaJ#h�rh�Q�5�CJOJQJ^JaJ� � � � 2 5 ? @ A � � � � ��������p[F1)h�D�h�*�B*CJOJQJ^JaJph 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V�/���V U4� T�tulo 1 Car&5�CJOJQJ\�^JaJmHsHtH V�/��V U4� T�tulo 2 Car&5�CJOJQJ\�^JaJmHsHtH F>@F U4�Puesto$dha$5�CJ$OJQJ\�R�/��!R U4� Puesto Car&5�CJOJQJ\�^JaJmHsHtH ZB@2Z U40Texto independiente$dha$ CJ OJQJf�/��Af U40Texto independiente Car CJOJQJ^JaJmHsHtH RQRR U40Texto independiente 3�xCJaJj�/��aj U40Texto independiente 3 Car CJOJQJ^JaJmHsHtH B @rB U40 Pie de p�gina  ��8!Z�/���Z U40Pie de p�gina Car CJOJQJ^JaJmHsHtH <)`���< U40N�mero de p�gina^J<@�< U40 Encabezado  ��8!T�/���T U40Encabezado Car CJOJQJ^JaJmHsHtH B^@�B U40 Normal (Web)�d�d[$\$@@�@ U40Texto nota pieCJaJ\�/���\ U40Texto nota pie Car CJOJQJ^JaJmHsHtH F&`���F U40Ref. de nota al pieH*^JVCV !�l�0Sangr�a de texto normal ��x^�n�/��n  �l�0Sangr�a de texto normal Car CJOJQJ^JaJmHsHtH &�/��!& �l�i_aj16�R�`��2R �l� Sin espaciado#CJ^J_HaJmH sH tH @U`��A@ �0 Hiperv�nculo>*B*^Jph�H�@RH Z� P�rrafo de lista %��^��m$L�bL 'u �0Texto de globo&CJOJQJ^JaJ\�/��q\ &u �0Texto de globo Car CJOJQJ^JaJmHsHtH 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